7. NADIE PUEDE INTERPONERSE
FLORENCIA:
Después de que salimos de la reunión, entro junto a Rodrigo al despacho, que tira todo a su paso, furioso. Lo habíamos planeado bien y, una vez más, Minetti se nos adelantó. Es como si estuviera diez pasos por delante de nosotros; lo prevé todo con una claridad pasmosa.
—¿Qué vamos a hacer ahora, Rodrigo? —inquirí, preocupada. —Pensé que era una impostora, pero no, es ella. La manera burlona en que me miró es la misma de allá en el simposio cuando me obligó a llamar a Alessandro por "señor Minetti".
—No lo sé. ¿Cómo no se dieron cuenta de que la mujer que llevaba Damián no era Lilian? —rugió, colérico, Rodrigo. —Llama a Demon; a lo mejor es verdad eso que dijo Loreta. Adviértale que me deje afuera de todo.
—He tratado; sin embargo, no responde, ni su padre tampoco —repuse, mirando la enorme cantidad de llamadas que tengo en mi teléfono. —¿Por qué no llamas a los que colaboran contigo?
Se sienta detrás de su buró, observando su computadora, mientras me informa que lo hizo, pero igual nadie de ellos responde.
La madre de Demon le dijo que se habían ido a Marsella.
Mientras murmura que la situación no le está gustando, jamás supuso que Minetti aceptara ser el número “UNO" de “Los Dragones".
—¿Qué es eso? —pregunté, interesada; nunca antes había escuchado hablar de ello.
—¡Nada, nada! —se apresuró a afirmar, como si despertara. —No puedo revelarte. Vete a ver qué hace tu marido; tal vez le esté lamiendo los zapatos al viejo zorro de Minetti. Estoy seguro de que todo es obra de él; ella no tiene todavía el poder ni el conocimiento para hacer esto.
—Vamos, Rodrigo, no seamos ciegos —protesté, molesta con él. —Tenía embobados a todos los hombres en la sala. No sé qué le ven.
—¡Florencia, lo último que necesito son tus celos estúpidos ahora!
—me miró y pude ver la burla y el desprecio en su mirada.
—Ella es linda, carismática y tiene esos ojos verdes que hipnotizan.
Hasta yo caí por ellos. Pero, sobre todo, sabe que es hermosa y lo utiliza muy bien; parecía una reina, toda segura en su trono.
Y lo es, lo es, tiene un poder que tú no te imaginas ahora que su esposo juró.
Así que te lo advierto, ¡no te metas con ella o acabará contigo con solo mover un dedo!
Suelta una carcajada, mientras le digo que no sea ridículo.
Aunque debo admitir que Lilian es verdaderamente encantadora.
Eso no lo puedo negar. Doy la vuelta frente a él con suficiencia; sé que soy una mujer que rompe corazones y que todos los hombres se ponen de rodillas a mis pies.
Rodrigo se recuesta en su silla con una sonrisa sarcástica.
—Tú eres hermosa, Florencia, pero estás devaluada por acostarte con todo el que te solicita —dijo fríamente y con desprecio.
—Ella no; Lilian es pura y logró casarse con Alessandro Minetti sin la ayuda de nadie.
¿Lo entiendes? Es la Prima Donna de la mafia italiana y más.
¡Cuidado con ella; no es una gatita como te imaginas!
Sé que es muy inteligente como doctora y tiene una fortuna que no te puedes imaginar.
Pueden librarse de nosotros ahora sin problemas.
—No exageres, Rodrigo —me apresuré a responder. —Nuestra farmacéutica es la principal distribuidora de Minetti; nunca podrá sin nosotros.
—En eso te equivocas —replicó de inmediato con firmeza. —Mejor infórmate sobre quién es en realidad Lilian Minetti. No solo tiene belleza; es una heredera muy poderosa.
Me reí mientras me burlé de él y de todos los hombres.
Ven unos ojos lindos y caen por ellos. Me alejé, todavía riendo, para encontrarme de lleno con Loreta, que mira al frente.
Giro mi cabeza solo para ver que se acerca Lilian con ese amigo de ella llamado Miguel de la mano.
No hay escape; enderezo la espalda y espero que lleguen con una sonrisa profesional.
—¿Se puede saber qué hace usted aquí en mi empresa? —preguntó Lilian a Loreta, que se pega más a mí, pero me adelanto para enfrentarla.
—Vino a verme a mí, Lilian —dije con firmeza.
—¿Cómo me dijiste, Florencia? —preguntó con una arrogancia que hizo que me detuviera en seco—.
Señora Minetti para ti, o mejor, presidenta.
No quiero que mi nombre se ensucie al pasar por tu boca.
Y para la próxima, si la hay, deberás bajar a hablar con tu amiga en la cafetería.
Queda totalmente prohibido que personal ajeno a la empresa suba a las oficinas. ¿Capisci?
—Sí, sí, señora presidenta —respondí inmediatamente, inclinando un poco la cabeza ante ella, sobre todo al ver cómo dos guardaespaldas se posicionan detrás de ella y nos miran con cara de querer expulsarnos vergonzosamente.
—Eso está mejor. Acompáñala a la salida —ordenó con frialdad. Luego se giró hacia su amigo y, con una gran sonrisa, le dijo: —Migue, vamos a ver ese anillo que tanto te gustó; te lo regalaré.
—¡Pero es muy caro, amiga! —respondió Miguel, mirándome con burla. —¿Tu esposo no te regañará?
—Ale me dio permiso para comprar y gastar todo lo que quisiera —contestó mientras se alejaban, pero sus voces seguían llegando a nosotras. —Vamos, esos pocos millones no significan nada para mí; con tal de darte esa alegría, no protestes más. Sabes que al final te lo compré.
—Lili, no seas así; bueno, está bien —les seguimos rumbo al elevador, escuchando su conversación. Para mi sorpresa, escuché cómo Miguel le preguntaba: —¿Y me vas a comprar el Porsche que me prometiste?
—¿Para qué te voy a comprar uno? —respondió Lilian con arrogancia. —Escoge el que más te guste de mi garaje; Ale me los regaló todos, puedo hacer con ellos lo que quiera. Anda, vamos y deja de protestar; estoy aburrida.
Y se introducen riendo en el elevador, sin dejar que nosotras entremos con ellos; sus guardias nos lo impidieron. Loreta y yo nos quedamos furiosas, mientras esperábamos el otro elevador para bajar.
—Eso fue genial —escuchamos cómo se ríen divertidos de nosotras—. ¿Viste la cara que pusieron esas dos? Mi amiga, me tienes de lo más asombrado; no sabía que podías ser tan buena. Ja, ja, ja…
Me quedé mirando la puerta del elevador que se cerró con esa sonora carcajada. La rabia me consume, ¿quién se cree ella para venirme a humillar de esa manera? Loreta me aprieta la mano nerviosamente. Está tan furiosa como yo, aunque se acuesta con Minetti, sabe mantener su lugar.
—¿Crees que en verdad Minetti le haya dado tanto dinero? —preguntó para mi desconcierto. La miré rabiosa mientras entraba en el elevador. —Tenemos que eliminarla, Florencia; si no, perderemos nuestros beneficios.
—¡Cállate! —le dije furiosa; no dejaré que nadie se interponga entre Minetti y yo. ¡Nadie!