6. SALIENDO AIROSA DE LA PRUEBA
LUCILA:
Miro a Rodrigo fijamente por unos instantes con una tenue sonrisa. Luego le comento que debe revisar más seguido el correo. Léalo, así podrá enterarse de lo que dejó establecido mi esposo, el presidente de esta compañía.
—Y ahora vayamos a nuestro asunto. Señor Rodrigo, ¿me puede informar por qué citó a todos nuestros inversionistas?
—inquirí con frialdad, como si estuviera disparando contra él.
—Que yo sepa, no hay ninguna queja de ellos por las ganancias y regalías que hemos obtenido este año.
Sobre el motivo de por qué invertimos en pequeños proyectos en el simposio, acabo de explicárselos y todos están de acuerdo con nosotros.
—¿Qué quiere decir? —cuestionó Rodrigo, incómodo, apartando la mirada de Luci, que lo observa fijamente mientras habla.
—Lo que ha escuchado. Por favor, vamos a repetir la votación. Los que estén de acuerdo con las decisiones que se tomaron en el simposio por parte de mi esposo, Alessandro Minetti, dueño y presidente de esta compañía, y de mi persona, que levanten la mano —exigí con voz firme, mirando a los demás.
Se hace un silencio y todos levantan la mano sonrientes, mientras miran a Rodrigo con burla. Es evidente que todos lo desprecian.
—Un momento, yo todavía no he expuesto los beneficios que nos pueden atraer los proyectos que Florencia y yo escogimos, junto con su esposo —interviene Rodrigo, visiblemente molesto—. De todos es sabido que somos nosotros los encargados de ese trabajo. Solamente este año fuimos impedidos de hacerlo.
—Porque, como les expliqué a los inversionistas —lo interrumpí—, este año no vamos detrás de las grandes transnacionales.
Como debe estar muy bien informado, señor Rodrigo, soy la dueña de una de las empresas farmacéuticas más grandes del mundo.
Y hemos decidido ir detrás de una vacuna, la más factible.
Y creemos que esas pequeñas clínicas van más adelantadas.
—¿Eso lo hace por su hermana? —replicó, molesta, Florencia, creyendo que intentaba evidenciar que no lo hacía por la empresa, sino por motivos personales.
—¡Exacto, señora Florencia! —acepté de inmediato, viendo cómo abría los ojos sorprendida.
Le sostuve la mirada mientras continuaba diciendo que acababa de informarle todo a los inversionistas. También les había pedido que se sintieran libres de salir de la inversión si no estaban complacidos.
—No nos hacen falta, pero por respeto hacia ellos y la palabra empeñada por el abuelo, aquí presente, los mantendremos con nosotros. Y no creo que estén molestos con la suma que ingresará a sus cuentas. ¿Verdad, amigos? —sonreí, girándome hacia los hombres, que no dejan de mirarme y sonreírle.
—¡Pero ellos no han escuchado nuestras propuestas! —volvió a afirmar, molesto, Rodrigo, al ver cómo ella ya ha ganado a todos a su favor, sin dejar espacio para que entren en la duda.
Lo observé fijamente como si fuera un insecto que puedo pisotear en cuanto quiera. Luego vuelvo a recorrer con la mirada a todos los presentes mientras le respondo.
—¿Si se refiere a esas ofertas que recolectaron en el simposio tratando de robárnoslas? Oh, ya les hablé de ellas. Son suyas, como les dije antes; no retenemos a nadie, son libres de irse con quien ustedes crean mejor —repliqué con voz muy firme, retándolo con la mirada.
—Muy bien —intervino el abuelo—. Todo el que quiera escuchar las propuestas de Rodrigo y Florencia se puede quedar. A nosotros no nos interesan. Vamos, Lili, esta reunión está terminada para nosotros.
—Discúlpennos ahora —sonreí encantadoramente, mirando a los ojos a los hombres—. Sin embargo, ser la señora Minetti conlleva mucho trabajo, sobre todo cuando el esposo no está y uno duerme sola en la cama. Ya saben a lo que me refiero, ¿verdad? ¡Hasta luego, chicos!
—¡Hasta luego, señora Minetti! —respondieron todos, poniéndose de pie y sonriéndome, saliendo detrás del abuelo con paso firme y sonriente.
Caminamos despacio y, para nuestra sorpresa y complacencia, vemos que todos salen detrás de nosotros, con Rodrigo y Florencia tratando de que se queden. Llegamos al despacho y cerramos bien la puerta.
—¡Bravo, hija, bravo! ¡Eres una Minetti!
—exclamó el abuelo, poniéndose de pie y abrazándome—.
No pensé que lo fueras a hacer tan bien, estoy seguro de que ni Lili lo hubiera hecho así.
Eres una negociante nata. Te enseñaré muy bien, hija, muy bien.
Para que ayudes a ese muchacho. Porque lo va a necesitar, lo va a requerir aunque tenga a Rufo.
—¿Qué es lo que me está escondiendo, abuelo? ¿Lili está bien? ¿Ale ya la encontró, abuelo? —pregunté asustada al ver cómo se limpiaba una lágrima.
Me da la espalda y regresa a sentarse en su silla de ruedas, tembloroso. No quiero presionarlo, voy hasta él y lo abrazo muy fuerte. He aprendido a amar a este anciano como si fuera mi verdadero abuelo.
—No puedo decirte aún, hija —finalmente respondió—. No puedo porque todavía Alessandro no la tiene con él.
—Ojalá y la encuentre rápido, abuelo, estoy realmente asustada —confieso, arrodillándome frente a él y tomando sus manos temblorosas.
Y para calmarlo un poco, cambio de tema y me subo las mangas—.
Mire cómo estoy de los nervios porque con el apuro olvidé tomar la medicina; creo que debo ir a comprar una.
—¿Quieres que mande a Susel? —de inmediato se preocupa.
Me niego de inmediato porque llevaría mucho tiempo. Sugiero que mejor voy con Migue, diciendo que necesito aire, y es verdad. Estoy tan asustada de perder a mi hermana que sé que mi enfermedad me dará un duro golpe.
—Regresamos rápido, voy a llegarme al apartamento de Lili a coger su computadora —le indiqué, mirando a James con la mirada de que cuidara de él. Asintió de inmediato.
—Lleva guardaespaldas —me pide el abuelo.
Acepto enseguida para que se tranquilice.
Le beso la mejilla mientras le digo que se porte bien, asegurando que regresaría enseguida.
Le hago una señal a Migue, que sigue intentando comunicarse con Rufo o Lili sin resultados, y salimos del despacho.
El ambiente en la empresa es diferente. Todos me miran e inclinan la cabeza con una sonrisa ante mí.
—Esto de ser la señora Minetti es muy agradable —digo, sintiendo complacencia de poder salir de mi cueva al mundo.
—Eso puede ser verdad hasta que sus enemigos te rapten o te maten —expresó Migue, con los ojos fijos en su teléfono y las lágrimas a punto de rodar por sus mejillas—. Oh, perdón, Luci, es que estoy muy asustada.
—¿Crees en verdad que acaben con la vida de Lili? —susurro, sujeta de su brazo para esconder el temblor que me recorre el cuerpo—. Si eso sucede, perderé a mamá y creo que yo no me recuperaré nunca más. Vamos rápido, tengo que encontrar a mi hermana.
—Endereza la espalda, mira quién viene allí —me señaló Migue. Esto es lo único que nos faltaba ahora.