5. REPRESENTANDO A LILIAN
LUCILA:
El abuelo me sigue explicando que son las empresas mías y de Lilian. Si Rodrigo logra que los financiadores retiren sus inversiones, se va a demorar el trabajo investigativo de esas que escogieron, y de verdad cree que prometen.
—Tenemos que demostrar que hicimos buena elección y, sobre todo, aclarar rápido que lo hicimos por ti, Luci —sigue explicando el abuelo—.
Es el arma que tienen Rodrigo y Florencia.
Quieren demostrar que lo hacemos sin pensar en sus intereses, sino en los nuestros personales.
Eso lo hacen para adueñarse de los mayores inversores.
—Si es eso, no se preocupe, abuelo. Me estudié bien todo y sé cada detalle. No permitiré que se salgan con la suya —aseguro con firmeza—. ¿Realmente necesitamos a esos financiadores, abuelo?
—No, pero son mis amigos; no quiero decepcionarlos —contesta muy serio—. Puedes utilizar eso a tu favor; yo te ayudaré.
—Está bien, abuelo. ¿Quién es Rodrigo? —pregunto, queriendo conocer a mi enemigo.
Me cuenta que Rodrigo es un traidor que mantiene a Alessandro en la empresa para averiguar a través de él quiénes mataron a Celia y su hijo, porque sabe que está involucrado.
—Además, sabe que a Lilian se la llevó Damián.
Por eso tienes que ser convincente; solo vio la noche en la cena que hice en la casa y estaba disfrazada, así que no tiene idea real de cómo es.
Tú te pareces mucho a ella —me cuenta muy serio—.
Diremos que Alessandro viajó y está haciendo unos arreglos, pero que te mandó a ti en su lugar, por lo imprevisto de esta reunión.
Tienes que convertirte en una Prima Donna, Luci.
Le tomo la mano para que deje de temblar; me doy cuenta de que todo el lío del rapto de mi hermana lo ha descontrolado y su enfermedad ha avanzado mucho. Le aseguro que seré muy convincente. Me asegura que James y él me asistirán en todo.
—Está bien, no se preocupen, traje mi computadora —mostré mi laptop que nunca dejo atrás.
—Quiero que les impidas que los del consejo aprueben su propuesta.
Si es posible, que ni la lleguen a escuchar —sigue guiándome en lo que debo hacer.
Asiento a todo lo que me pide; por suerte, sé actuar muy bien.
—Cuídate de Florencia; de seguro debe haberse encontrado con Lili en el simposio. No sabemos nada de lo que pasó allá.
—Sí sabemos, abuelo. Migue me contó todo —le digo, viendo cómo sonríe.
—¡Bravo! Siéntete segura y dueña, porque lo eres, Luci, eres dueña de esas empresas junto con tu hermana —me recuerda con firmeza—. Y las mías son de tu hermana también, son de la familia; defiéndelas con uñas y dientes.
El abuelo está realmente nervioso y preocupado. Mira a cada segundo su teléfono; sé que espera la llamada de Alessandro. Nunca me ha visto actuando, y por ello no sabe que puedo hacerme pasar muy bien por mi hermana. No es la primera vez ni la última que lo hago.
—Luci —interviene Miguel—, mira a todos esos viejos a los ojos sonriente, enseña tu belleza y hazlos sentir que confías en ellos, guíñales el ojo, hazlos tus cómplices, sé coqueta.
—¡Eso no va a ser necesario, Miguel! —lo regaña furioso el abuelo.
—Abuelo, yo sé lo que le digo —insiste Migue, guiñándome el ojo—. Luci, hazme caso y verás.
Sonrío y asiento sin que me vea el abuelo, que sigue regañando a Miguel.
Llegamos a la empresa y nos bajamos en la entrada.
Camino elegantemente, pisando firme. Yo sí sé caminar con tacones; aunque no saliera, mi juego favorito era este: vestirme y modelar imitando a los demás.
Siempre tuve el sueño de ser una modelo.
Todos nos miran asombrados y murmuran entre ellos.
FLORENCIA:
Estoy en la oficina de Rodrigo junto a mi esposo y otro inversionista cuando Loreta llega corriendo. Abre la puerta violentamente y entra sofocada.
—¡Vaya, Loreta! ¿Qué maneras son esas? —le grito molesta.
—No lo van a creer —inicia a hablar, respirando agitada—. Deja que me tome un vaso de agua, subí por las escaleras.
—¿Qué es ahora, Loreta? ¿No me digas que Minetti está aquí? —pregunta Rodrigo, sonriendo.
—Minetti no, pero Lilian Minetti sí —aclara enseguida—. Acaba de llegar junto al abuelo.
—¿Qué? ¡Eso es imposible! ¡A ella se la llevó Damián! —exclamo, sintiendo cómo la preocupación se apodera de mí.
—Eso le hicieron creer a todos; ha estado todo el tiempo escondida en su casa. Minetti, al parecer, solo hizo el paripé de que iba como loco tras de ella —siguió contando Loreta—. ¿Algo se trae entre manos? De seguro fue a eliminar a todo el grupo de Demon.
—¡Eso es imposible! —vuelvo a decir con incredulidad—. ¡Yo misma vi cuando ella se montó en el auto de Damián! Yo fui quien se lo dijo a Demon. Lo vieron en el aeropuerto subir a una mujer a su avión rumbo a Francia.
—Sí, pero iba tapada. Todo fue un truco —aclara Rodrigo—. De seguro Damián y Minetti, todo este tiempo, han estado colaborando para encontrar quién fue el que mató a Celia y al bebé. ¡Lo deben saber! Yo escuché que Demon se lo iba a decir a Damián, para ayudarlo a entrar en el simposio.
Rodrigo se cruza de brazos mientras se recuesta en la silla, diciendo que no lo creerá hasta que no la vea con sus propios ojos; debe ser una farsante. En ese momento, la secretaria toca la puerta e introduce su cabeza.
—Señor Rodrigo, no se olvide de la junta; ya empezaron sin usted —anuncia para nuestra sorpresa.
—¿Empezaron sin nosotros? —pregunta Rodrigo, asombrado e incrédulo, poniéndose de pie.
—La señora Minetti adelantó la hora —siguió diciendo la secretaria—. Apúrense; ya empezaron hace diez minutos.
—Vamos a desenmascarar a esa impostora que nos trajo el viejo Minetti —dice, levantándose con molestia.
Al llegar a la sala de juntas, vemos a todos los financiadores muy sonrientes, embelesados, mirando a ¿Lilian?, que los saluda uno a uno, estrechándoles las manos y saludándolos por su nombre.
—Buenos días —saludamos al llegar y nos dirigimos a nuestros asientos—. ¿Por qué adelantaron la hora, si se puede saber?
—Señor Rodrigo, disculpe el inconveniente, pero debo hacer muchas cosas hoy y decidí terminar con esta reunión en primer lugar. ¿A qué se debe esta reunión que usted se tomó el atrevimiento de solicitar sin consultarme? —pregunta Luci, muy segura, mirando a Rodrigo fijo a los ojos.
—¿Y por qué habría de consultar con usted? ¿Dónde está su esposo? —responde Rodrigo, molesto.
—Veo que ha estado como siempre sin leer los correos que se envían por la dirección de la empresa —responde fríamente la señora Minetti—. Susel, querida, ¿por casualidad olvidaste mandar el del señor Rodrigo?
—No, señora Minetti, todos fueron enviados y respondidos. Solo él y Florencia no lo hicieron —respondió la secretaria—. Señor Rodrigo, ¿es que no sigue las órdenes del señor Minetti de revisar cada día antes de irse su correo?