3. NO TE ATREVAS A IRTE Y DEJARME SOLO
ALESSANDRO:
Sigo hablando con Lilian mientras avanzamos desesperados detrás de los hombres de Damián que también es llevado gravemente herido. Por suerte no está tan lejos, está justo detrás de la cabaña.
—Por favor, resiste, Lili, no me puedes dejar, resiste —le ruego al sentir cómo su sangre corre por mi cuerpo—.
No soy nadie sin ti, cariño. No sabes lo que he hecho para que seas mía, no puedes hacerme eso, amor, tienes que vivir para mí, para ti.
Por favor, cariño, resiste, nunca más te dejaré sola, nunca más.
Por fin, después de lo que parece eterno, alcanzamos la explanada que Ignacio mencionó.
El helicóptero ya está allí, con las hélices girando y el piloto esperándonos, atento a cada movimiento.
No me detengo. Sigo corriendo directo hacia la puerta que Rufo sostiene abierta, mientras los demás heridos son cargados uno por uno.
Montamos a todos los heridos y salimos rumbo al mejor hospital de Marsella.
—Alessandro, llama a quien tengas que llamar —me saca de mis pensamientos Rufo. —Pero solo yo puedo salvar a Lilian.
—¡Entra con ella! —le digo con firmeza. —¡Tú la vas a operar hoy o dejo de llamarme Alessandro Minetti!
Saco el teléfono de emergencias de la nueva organización “Los Dragones”, marco el número en lo que ya estamos aterrizando en la terraza del hospital, donde nos están esperando algunos doctores y camilleros.
—Sí —responde una voz fría.
—Soy el UNO, mira dónde está este teléfono, necesito toda la asistencia que tengamos para salvar a mi esposa ahora —ordeno con voz fría—. ¡LO NECESITO AHORA!
—Sí, jefe, ahora mismo mandamos a los nuestros —escucho cómo cambia la voz al otro lado de la línea. —Haga lo que tenga que hacer ahí, nosotros lo asistiremos.
Descendemos por el elevador con Lilian en una camilla, Rufino marca el piso del salón de operaciones. Por suerte, él conoce todos estos hospitales. Para nuestra molestia, uno trata de impedirlo.
—¿Qué hace? —pregunta el doctor que nos esperó en la terraza—. ¡Tenemos que ir hasta el primer piso!
—Debemos operarla ahora o morirá —responde Rufo, y empuja al tipo.
Tiramos de la camilla al abrirse la puerta del elevador en un piso, mientras el doctor trata de impedirlo. Estoy a nada de volarle la cabeza, pero me aguanto ante la mirada de advertencia de Rufo. Por lo que opto por darle un empujón lanzándolo lejos de nosotros.
—¡No pueden hacer eso! —insiste, corriendo detrás de nosotros—. ¿Quién se ha creído que son? ¡Seguridad, seguridad!
—Rufo, no lo escuches, sigue tú que yo me hago cargo —ordeno, sacando mis armas.
Le apunto con mis dos armas al doctor mientras seguía corriendo detrás de la camilla.
Los guardias de seguridad llegaban y trataban de impedirlo, pero nada podía detenernos ante todas nuestras armas afuera.
Al ir a entrar al salón de operaciones, el doctor otra vez vuelve a interponerse, tratando de impedir nuestra entrada.
—¡No pueden pasar! ¡Debemos llevarla a emergencias de inmediato! —insiste el doctor con profesionalidad. —Tenemos que examinarla y decidir qué hay que hacer.
Me adelanto sin dejar de apuntar a todos los que nos han rodeado. Coloco el cañón de mi arma en medio de la frente del doctor mientras hablo.
—¡Soy Alessandro Minetti, el Capo di tutti i capi! —le ordeno al tiempo que aprieto mi arma contra su frente, quitando el seguro—. ¡Apártate o te meto un tiro en la cabeza!
—¡No pueden entrar, sea quien sea, señor!
—me grita con valentía el doctor. Y por un momento no puedo creer que se mantenga firme.
Le quito el seguro a mi arma viendo cómo cambia de color—.
Señor, entienda, tienen que llevar a la paciente a urgencias para ver qué es lo que tiene.
No podemos operar a nadie sin saber qué es lo que sucedió. ¡Seguridad, seguridad!
—Esa que está ahí es mi esposa, y ese es Rufino, el mejor neurocirujano de Italia.
Si eres un doctor, debes saber quién es —señalo, sin que él deje de avanzar hacia el interior del salón de operaciones—.
Y solo él va a operar a mi mujer. No necesita a otro que la examine; él dice que necesita una operación y eso es lo que hará.
Expliqué sin dejar de apuntarle y de avanzar.
Observo cómo se acercan corriendo más guardias de seguridad, muevo mi cabeza y los hombres que nos acompañaron les cierran el paso, apuntándoles con sus armas.
Al mismo tiempo llegan otros que no conozco, pero inclinan la cabeza ante mí.
Luego se ponen de mi parte, rodeando la camilla de Lilian, con las armas listas.
Se arma tremendo corre-corre. Las enfermeras ayudan a los pacientes a esconderse en sus habitaciones, mientras me miran con expresión de terror.
Nosotros avanzamos ahora corriendo con la camilla, y las demás rodeadas de hombres armados que apuntan a todos.
Llegamos a la entrada del salón. Pero el primer doctor se mantiene firme y me encara, junto a cinco hombres de seguridad que cierran el paso.
—¡Señor, no puede pasar! —luego se gira para Rufo y le dice—. ¡Ningún doctor extranjero puede venir a operar a nuestro hospital, sea quien sea!
—Jefe, ya viene el nuestro —me dice en francés uno de los hombres que llegó de apoyo.
—¡No podemos esperarlo, Alessandro! Cada minuto que pasa Lilian pierde la oportunidad de sobrevivir —me explica Rufo.
—¡Apártense si no quieren que los mate a todos! —les pido al escucharlo.
Estoy a nada de vaciarle mi arma en la cabeza, pero Rufo me hace señas de que no.
Todos mis hombres ahora empujan a los de seguridad, llegamos a la antesala del salón.
No hemos dejado de avanzar, quitando a todos del medio.
Ya vamos a entrar a Lilian hacia donde deben operarla, cuando el mismo doctor corre junto a dos de seguridad, se interponen en la puerta sin dejar que la camilla ni Rufo entren.
Él también ahora saca furioso su arma y le apunta, junto con todos nuestros hombres. Y mi paciencia llegó a su límite.
—¡Estás muerto y no lo sabes! —le grito y le coloco de nuevo el cañón en la frente del doctor—. ¡Llama a tu jefe ahora mismo, antes de que les ordene a todos mis hombres que empiecen a disparar a todo el que se oponga! ¡Entra, Rufo!
Disparo rozándole la oreja al doctor, que se aparta asustado mirándome con terror. Creo que no tiene ni idea de con quién se estaba metiendo y quiso hacerse el héroe. Los hombres que llegaron le hablan en francés y se lo llevan. Los guardias de seguridad, al escucharlo, me observan con curiosidad.
—¡Entra ahora, Rufo, y el que se interponga juro que lo mato! ¿Me escuchan? ¡Daré orden de matar a todo el que trate de impedir que operen a mi esposa! ¿Capisci? —apunto a todos los trabajadores del salón uno por uno, que se encogen y asienten —. Tienes que salvarla Rufo, por favor.