¡Ups! ¡No me equivoqué! 2. COMO PUDISTE HACERME ESTO
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2. COMO PUDISTE HACERME ESTO

ALESSANDRO:

El disparo retumbó como un trueno en mi cabeza. No reaccioné de inmediato; el tiempo se alargó en un abismo gélido, donde cada segundo parecía durar una eternidad. Miré sus hermosos ojos verdes fijos en mí, pero no sé si realmente me vio. ¿Me miró? ¿Fui acaso lo último que alcanzó a contemplar?

Un grito desgarrador emergió de mi garganta; apenas lo reconocí como mío mientras rasgaba el aire. Y luego vino todo lo demás: un torbellino de sangre, ráfagas y cuerpos desplomándose como si el mundo entero se precipitara en una cascada hacia el mismísimo infierno.

Vi a Damián cayendo también bajo la ira de Demon, aferrado aún a la pistola de Lilian mientras intentaba detener aquella locura antes de desplomarse en el suelo, marcado por las manchas carmesí.

Otro hombre atrapó a mi esposa en el aire, mientras el guardia de seguridad se lanzó tratando de proteger a su jefe, sacrificando su propia vida con determinación.

Y ella, mi Lili, mi amor, mi todo; allí estaba. No podía apartar la mirada de esos lindos ojos verdes apagados, cayendo lentamente hasta postrarse en un charco de sangre, teñido de rojo como una muñeca rota que yace inmóvil.

En ese instante, el mundo se apagó por completo para mí.

Mi mente dejó de registrar las balas que silbaban, los gritos de las gargantas agónicas de mis hombres, el estruendo de las armas...

todo. Ya no importaban los vivos ni los muertos.

Ya no había guerra. No había Demon. No existía un "nosotros".

Solo un único punto fijo: ella, tendida, como si alguien hubiera extinguido su luz de un chasquido.

A su lado, el cuerpo desvanecido de Damián yacía bajo uno de sus hombres, quien lo cubría con su cuerpo, mientras otro apuntaba a Demon para mantenerlo a raya.

Me sentía cayendo al vacío, una y otra vez.

Mi corazón no estalló; simplemente se detuvo.

Se congeló en un instante eterno de incredulidad, incapaz de aceptar lo que estaba ante mis ojos.

Demon cayó de rodillas, mirando incrédulo a Lilian. Movía la cabeza con negación, como si no pudiera comprender por qué ella había preferido acabar con su vida antes de convertirse en su mujer.

—¿Por qué, Leslie, por qué? —clamó con todas sus fuerzas.

Todo ocurrió en milésimas de segundo, un instante en que sentí cómo mi mundo entero se desmoronaba.

Y con la misma rapidez, el dolor inmenso que me embargó se transformó en una furia ciega.

Mi cuerpo reaccionó al escucharlo. Antes de que pudiera pensar o hablar, ya estaba encima de Demon, abalanzándome sobre él como un animal descontrolado.

Sentí mis puños golpeando su mandíbula, el crujido de sus huesos bajo mi furia desatada.

Él intentó cubrirse, resistirse, pero en ese momento yo había dejado de ser humano.

Me había convertido en un torrente de rabia pura que solo se calmaría con su sangre.

—¿¡CÓMO TE ATREVISTE!? —grité con mi voz reventada, sin detenerme.

Lo seguí golpeando incluso cuando su resistencia desapareció.

Su rostro estaba desfigurado y cubierto de sangre, pero mi fiereza no se detenía.

Al final, sin vacilar, vacié mi arma en su cabeza.

Los restantes enemigos habían bajado las armas, pero la furia no menguaba; les disparé también, sintiendo que solo sus vidas podrían aplacar esta agonía infernal que me consumía. Rufo corrió hacia Lilian y la examinó.

—¡No está muerta todavía, Alessandro! ¡Vamos rápido! ¡Tenemos que llegar a un hospital cuanto antes! ¡Alessandro Minetti, reacciona, vamos!— me grita Rufo al ver que me había quedado congelado después de matar a todos, en lo que envuelve la cabeza de Lilian.

No está muerta. Esas palabras resonaron una y otra vez en mi mente mientras trataba de reaccionar y corría a su lado.

Mis piernas, torpes, resbalaron en el reguero de sangre, pero logré avanzar.

Mi corazón volvió a latir con fuerza al ver que sus labios, entreabiertos, aún emitían un tenue aliento, aferrándose con una voluntad sobrehumana.

—¿¡No está muerta?! ¿De veras... Rufo? —Apenas podía hablar. Mi voz sonaba rota. Tan desgarrada que ni siquiera me reconocería en ella—. No puede estar viva… ¿Cómo puede ser?

—No lo sé, parece que la bala no fue letal.

Pero aún respira, ¡resiste! ¡Necesitamos operarla ya o morirá!

Hace falta un helicóptero para atenderla a tiempo.

—Rufo respondía con extrema urgencia mientras envolvía la cabeza de Lilian con la bufanda que ella llevaba puesta—. Déjame tu camisa, Alessandro.

Varias camisas —incluyendo la mía— fueron arrancadas y entregadas por los hombres que aún permanecían en pie, ayudando a Rufo a cubrir las heridas de los sobrevivientes.

—¡Dame a Lili y coordina el helicóptero! —le ordené, implorando en silencio que tuviera razón—. Deberíamos avanzar hacia el todoterreno mientras llega.

—El helicóptero del señor Damián está cerca, señor Minetti —gritó Ignacio, hombre de confianza de Damián, mientras daba instrucciones para atender a los heridos—. Síganme, hay una explanada próxima. El piloto está listo para despegar, incluso con esta niebla.

La tomé en brazos, envolviéndola con amor y miedo, queriendo protegerla del mundo que la había destruido mientras yo no estaba.

Mientras corría hacia el todoterreno, con su cuerpo frío pegado al mío, sentí una humedad cálida en mi camisa.

Una mancha rojiza se extendía por todo mi pecho.

Su vida estaba escapando, y yo estaba a un susurro de perderla para siempre.

—¡¿Cómo pudiste hacer esto, Lilian?! —murmuré, dejando que el rugido contenido de mi dolor se desbordara en un susurro—. ¿Cómo pudiste siquiera pensar que yo no llegaría? ¡¿Cómo pudiste pensar que yo te dejaría sola?!

Mis piernas avanzaban con una rapidez que mi entrenamiento permitía, ahora hecho vigor por ella y su sobrevivencia. No, Lilian. No voy a permitir que te vayas. No puedes dejarme. Rufo corría a mi lado, ajustándole los vendajes y susurrándome instrucciones que apenas lograba entender.

—Trata de mantenerla recta, Alessandro. ¡No debemos moverle mucho la cabeza! ¡Más rápido!

Corrí a través de la neblina, siguiendo a Ignacio entre las rocas que se interponían, rumbo a la explanada. Sentía cómo el aire helado mordía mi piel, pero eso no me importaba, pues ella seguía desvaneciéndose entre mis brazos.

—¡Aguanta, por favor, amor! —gruño entre jadeos, esquivando un tronco caído y ajustando su peso en mis brazos.

Se siente tan ligera que me asusta. —¡Perdóname por llegar tarde, cariño, perdóname!

Todo es mi culpa, mi culpa. Pero no debiste hacer eso, amor, no debiste.

¡Solo tenías que esperar dos minutos! ¡Dos malditos minutos por mí!

¿Cómo se te ocurrió quitarte la vida? ¿No sabes que si mueres de ahí no puedo rescatarte?

¡No lo hagas, Lili, no te atrevas a irte y dejarme solo!