¡Ups! ¡No me equivoqué! 1.UNA DECISICIÓN IMPULSIVA
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¡Ups! ¡No me equivoqué!

¡Ups! ¡No me equivoqué!

Por BRISMAIDA MORFITI

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1.UNA DECISICIÓN IMPULSIVA

LILIAN:

Pienso en mamá, en su rostro dulce que siempre me decía que era fuerte, que siempre hallaría la manera. ¿Es esto ser fuerte? ¿O estoy fallándole?

Pienso en Luci. Su risa. Sus abrazos. Sus gritos infantiles recorriendo la casa. Quiero que me recuerde tal y como era antes, no como alguien rota, destruida por esto.

Y pienso en Ale. Mi Ale. Mi todo. Ese hombre que perdió todo una vez y ahora yo lo voy a romper de nuevo.

Pero no puedo dejar que muera por ser su debilidad.

Lo siento tanto, Ale. Casi puedo sentir sus manos cálidas acariciando mi rostro, sus promesas susurradas al oído, su sonrisa cuando todo parecía perdido. Pero, sobre todo, su promesa:

—Espera por mí, te encontraré, Lili —dijo cuando lo llamé.

Pero esta vez no quiero que me encuentre. No quiero que deje de ser quien es por mi culpa. Tampoco quiero que vea en qué me van a convertir si me dejo agarrar por Demon. Lo siento, Ale... Prefiero que me recuerdes como era, no como lo que estos monstruos quieren que sea.

La puerta se abre con violencia, pero ni siquiera giro la cabeza. El estruendo se une al caos de disparos y gritos, pero mi foco no cambia. No dejo de mirar a ese terrible hombre que se alza como la muerte misma y avanza decidido a atraparme. Demon sonríe, y su gesto me hiela: sabe que ya ganó.

—Basta, Lilian, este es el fin —pienso con la última brizna de fuerza que me queda. Mi mano tiembla mientras intento soltar el agarre desesperado de Damián, que trata de sostenerme, de detenerme de este abismo al que he decidido saltar.

—Perdóname —susurro con mis labios.

Esta es mi batalla. O gano, o desaparezco en las garras de este hombre. Y prefiero lo segundo. Le sonrío, al tiempo que mi mano se libera y subo mi arma hasta mi sien. Me doy permiso para una última bocanada de aire. Cierro los ojos. Es el fin, aprieto el gatillo.

...Y el sonido hueco llena el aire.

El ruido sordo del gatillo aún resuena en mi cabeza, como un eco lejano envuelto en una niebla densa.

Algo cálido y espeso corre por mi rostro, pero no puedo reaccionar.

Todo se siente confuso, distante, como si mi cuerpo ya no me perteneciera.

No sé si estoy viva o muerta. No sé dónde estoy. Solo escucho... voces.

Un estallido tras otro sacude el ambiente.

Gritos, órdenes, caos... Es como si todo sucediera a la vez y yo estuviera atrapada en una pesadilla, flotando en ese limbo entre la realidad y la inconsciencia.

Siento que me sostienen, que algo presiona contra mi cabeza.

Alguien me llama, pero la voz es lejana, como un murmullo bajo el agua.

—¡No está muerta todavía, Alessandro! ¡Vamos rápido!

Esa voz... Rufo, creo. ¿Por qué grita? ¿Por qué me suena tan desesperado?

Quiero abrir los ojos, decirle que no se preocupe, que estoy bien, pero no puedo.

Algo me ata, me pesa, me hunde. Mis párpados me pesan mucho, parecen ser de concreto, como si mi cuerpo entero estuviera envuelto en cadenas invisibles. Entonces lo oigo a él.

—¡¿Cómo pudiste hacer eso, amor?! ¡¿Cómo?! —grita con una furia temblorosa, tan cerca de mi oído que por un segundo mi corazón quiere responder, palpitar con más fuerza, pero sigue siendo un eco lejano.

Escucharlo me rompe mi interior, se cuela por cada grieta y me araña el alma, trayendo consigo un torrente de culpa y amor al mismo tiempo.

Él está aquí. Contra todo pronóstico. Ha venido por mí, tal como lo prometió.

Fue mi juramento quien falló, no el suyo.

Y ahora lo siento tan cerca, tan derrotado, y yo...

yo solo quiero decirle que lo siento. Que todo esto fue por él. Que todo fue por amor.

Quiero gritarlo, pero mis labios no se mueven. Sólo puedo escuchar, solo puedo estar aquí, atrapada dentro de esta penumbra que me envuelve, mientras sus palabras caen sobre mí como golpes desgarradores.

—¿Es que nunca vas a aprender que yo siempre llego? ¡No te atrevas a dejarme! —sigo escuchando esa voz familiar en la lejanía.

El calor de su pecho me envuelve. Reconozco ese aroma que tanto he amado, esa mezcla de su colonia y pólvora que alguna vez fue un refugio y que ahora se mezcla con el cobre de mi propia sangre.

¿Estoy soñando? ¿Estoy muerta? No lo sé.

Solo sé que él está aquí, y por un momento quiero olvidarme de todo.

Una parte de mí quiere rendirse, dejar que esta oscuridad me arrastre y me consuma. Tal vez sería lo mejor. Sería tan fácil... pero al fondo de esa negrura hay más. A mi mente viene un recuerdo.

—Espera por mí, te encontraré, Lili.

Ale... Siempre dijo que me encontraría. Siempre supo cómo llevarme de regreso, incluso cuando yo me perdía en la tormenta de pensamientos oscuros.

Pero esta vez, ¿cómo me encontraría? Lo he traído aquí al final de todo.

Si pudiera llorar, lo haría, pero ni siquiera para eso tengo fuerzas.

Lo único que tengo ahora es su calor, esa presión firme de sus brazos, como si estuviera intentando meterme de nuevo en su pecho.

Las voces se entremezclan. Todos parecen desesperados, pero hay algo en la voz de Ale que me mantiene atada, que no me deja ir.

—Aguanta, mi amor. No te atrevas a soltarme —resuena por encima de todo.

Trato de mover mi mano, aunque sea un poquito, algo para hacerle saber que lo escucho, pero mi cuerpo no responde. Me siento encerrada en un cascarón frágil y roto. No sé qué pasará. No sé si despertaré de esta pesadilla, si podré volver a verlo bien, como quiero recordarlo.

El movimiento me acuna. Puedo sentir que estamos corriendo, que estoy en sus brazos. Cada paso suyo parece venir cargado del latido de su corazón, bombeándome vida como si con su amor pudiera devolverme algo que ya creía perdido.

El frío comienza a calar, o tal vez sea mi percepción naufragando en la nada. Pero hay algo que sé... Algo que me aferra. Si sigo escuchando su voz, tal vez haya esperanza. Si sigue hablando, si sigue rogando, no me perderé.

Con un último esfuerzo, trato de enfocarme en su voz. Esa voz que siempre fue mi ancla, mi luz. No permitan que me duerma, parecen decirme los ecos. No te vayas. Aún no. Estoy aquí.

Y entonces, sus lágrimas caen sobre mi rostro. El calor salado traspasa las capas de sangre y me golpea en lo más hondo. Esos son... sus lágrimas. Ale nunca llora. Nunca. Por primera vez, la oscuridad parece menos fuerte.

"No me voy, Ale", intento susurrar, aunque mis labios no emitan sonido. "No me iré." Pero la oscuridad me envuelve por completo.