¡Ups, me equivoqué papá, me equivoqué! (SERIE ¡UPS! nº 3) EPÍLOGO I LO QUE LA VERDAD DEJA ATRÁS
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EPÍLOGO I LO QUE LA VERDAD DEJA ATRÁS

ALESSANDRO:

Ha pasado un tiempo desde que sucedieron los hechos.

Al final casi todos aceptaron integrarse a la nueva organización, aunque algunos decidieron seguir con la antigua.

Yo renuncié a esa vieja estructura y decidí dedicarme a dirigir a los jóvenes hasta que ellos mismos pudieran asumir sus puestos.

Cian asumió oficialmente el cargo de Capo mayor de Milano.

El Lobo regresó a Rusia con Gregory, a quien está castigando severamente él mismo.

—Ale, tienes que aceptarlo. Sigues siendo el Capo di tutti i capi y yo el Consigliere.

No podemos desaparecer y descuidar eso —me dice Rufo una vez más—.

Desaparecimos las estúpidas leyes de los viejos dragones, pero no la organización como tal.

Aunque el objetivo cambió, hemos logrado hacer cosas buenas y podemos seguir haciéndolas para mantener el equilibrio de los más jóvenes. Me gusta el nuevo nombre: Neo Dragones.

—Los nuevos dragones necesitan un nuevo Uno, pero Kenet no quiere serlo, y es a él a quien todos le juraron lealtad.

Todavía no confían en tu hijo Alexander —le digo pensativo—.

Rufo, ese muchacho es un genio, igual que tú.

Ya viste en la votación cómo lo eligieron como el Consigliere de mi hijo, por mucho que traté de impedirlo. No puedo hacer nada.

—Sigues siendo tú el Uno, como todos te pidieron, y yo el dos.

No me vas a negar que confían en nosotros; tenemos el poder económico y moral.

A lo mejor, poco a poco, logramos salirnos de todo esto —pone en palabras el deseo de los dos—.

Tenemos que averiguar hasta dónde tus padres entregaron nuestros dragones a los Yakuza.

No podemos dejar que se adueñen de nuestro territorio.

¿Cómo no nos dimos cuenta antes de que nos traicionaban? Tuvimos muchas señales.

—Porque eran mis padres, y no quisimos desconfiar de ellos —contesto—. Los aceptamos con sus rarezas, pensando que estaban medio locos. ¿Papá cómo está?

Guardamos silencio pensativos. La operación de mi padre ha sido un éxito.

Si lo hubiera dicho antes, ese tumor que tenía en la cabeza no habría avanzado tanto.

Ahora le quedarán grandes secuelas. Rufo no cree que vuelva a hablar bien, le costará mover la parte izquierda del cuerpo, y tiene la memoria seriamente afectada.

—Lo siento mucho, Ale, en verdad nos esforzamos mucho —dice Rufo—. Está vivo de milagro, pero no creo que dure mucho más tiempo; tienes que preparar a tu abuelo.

Tomo aire pensativo. No es que no me duela lo que le sucede a mi padre, pero siento más pena por mi abuelo. Tanto tiempo buscando a su hijo y al final era una marioneta en las manos de mi madre.

—De cierta manera quiero creer que nos traicionó por el tumor, tanto como por ese elixir raro que tomaba —digo con un suspiro—. ¿Al fin averiguaste qué era?

—Es una droga extraña, todavía no sabemos bien qué es ni qué provoca; la seguimos analizando —contesta Rufo—.

Debía tener dolores de cabeza terribles.

Estoy seguro de que todo ese tiempo que pasaba acostado era porque convulsionaba o perdía la memoria.

Es una lástima, pero al menos vivirá lo que le queda sin sufrir.

—Sí, allá en Valencia está bien, no quiere regresar —contesto mirando por la ventana.

—¿No vas a enterrar a tu mamá en el panteón familiar? —pregunta algo que todavía no he decidido—. Todavía la tienes en la morgue, te lo recuerdo.

Lo miro sin decir nada. Esa mujer me trajo al mundo, pero fue capaz de atentar contra mi vida y la de mis hijos.

Tampoco quiero ir contra los deseos de mi abuelo, que se niega a que la entierre en el panteón familiar, y lo entiendo.

Ni siquiera quiso que le hiciera un funeral, solo estuvimos nosotros.

—No puedo ir en contra de los deseos de mi abuelo.

Mamá intentó matarnos. No lo entiendo, ¿qué tipo de persona era?

Todos estos años la tratamos con cariño, soportamos sus rarezas, y mira lo que nos hacía —sigo diciendo pensativo—.

Sabes, Rufo, no siento ninguna pérdida y eso me desconcierta.

Aunque vivió todos estos años conmigo, siguió siendo una extraña; nunca formamos una relación de madre e hijo.

Ahora sé por qué: mamá no me quería. ¿Sabes lo que me dijo Alfonso Conti?

—¿Qué pudo decirte el viejo ese? —pregunta interesado.

Me giro para mirarlo fijamente. Alfonso Conti primero quiso convencerme de que estaba equivocado, de que Alexander era mío y no de Rufo.

Luego admitió que todo había sido obra de mi mamá: que ella planeó desde que nací casarme con su hija Adelina Conti, con la promesa de que la primera hija nuestra se la diéramos a ella para ese macabro plan.

—Pobre abuelo, tanto que luchó y sufrió para salvarlos, para al final descubrir que sus sospechas eran ciertas —digo y me dejo caer en el sillón—. Con lo del tumor de papá creo que siente alivio, pensando que todo fue por eso. Sé que se autoengaña, pero lo dejo estar.

Le cuento por encima lo demás: que Katrina, la hija de Oleck, ya no está encerrada porque el Lobo me la pidió y se la di, no me interesa para qué la quiere.

—Olenska me tiene respeto, y Adelina, con su demencia, vive feliz tejiendo en la casa de mis padres —dice Rufo con un suspiro—. Alexander adora a su madre, la abraza y besa a cada rato.

—¿Y Migue? —pregunto preocupado.

—Casi bien. Ese cuchillo lo hirió de verdad, y el veneno que tenía lo estoy desintoxicando —contesta con alivio—. Alexander también me ayuda; se la pasan allá con mis padres. Creo que nos iremos a vivir con ellos. ¿Qué opinas?

Suspiro, me he acostumbrado a que vivamos todos juntos como una gran familia. Pero lo entiendo. Por suerte ahora Gianpiero vive con nosotros.

—¿Sabías que el sinvergüenza de mi yerno nos hizo creer que había hecho mujer a Alessia, y no es cierto? —recuerdo lo que había descubierto—. No lo han hecho todavía, y se los prohibí. Pero dudo que me hagan caso esos dos. Son fuego, si vieras cómo se miran.

—Deja de meterte en su vida, solo debemos hacerles la boda —me regaña como siempre Rufo—. ¿Cuándo vamos a Sutera? No entiendo la manía de Franco de ir a limpiar aquello, es un lugar olvidado por todos.

Yo sí lo entiendo, Franco es un militar y no deja nada sin terminar.

Vamos a ir el otro fin de semana. Creo que podemos hacer allá un buen lugar de entrenamiento y refugio.

Bosco asegura que existen grandes cuevas donde se ocultan los que decían ser seguidores del dragón de fuego.

Es algo que no hemos terminado de resolver, y debemos hacerlo por la seguridad de su hijo.

Las montañas también sirven para escalar, lo recuerdo de cuando éramos jóvenes.

—Ya veo, la quieres de isla de recreo —dice como si leyera mi pensamiento—. Está bien, iré; es verdad que tengo que eliminar a todos los enemigos de mi hijo.

—No solo de recreo. Creo que el castigo que le di a Alessia allá fue el mejor de todos, y podría hacerse extensivo a los demás chicos —digo con una sonrisa—.

No está mal mandarlos a vivir sin electricidad, internet ni teléfonos, una vez al año.

Un buen baño de realidad para esta nueva generación. ¿Qué opinas?

—No es mala idea. Solo habría que hacer unas cuantas cabañas —está de acuerdo—. Franco y Ray son los más indicados. Por cierto, ¿averiguaron cómo mi madre se hizo con Alexa? Es algo que me tiene intrigado.

—Sospecho que antes de que Terón los encerrara, ella podía salir, pero no lo hacía, buscando el tesoro —dice para mi sorpresa—. En una de esas salidas se robó a Alexa a propósito.

—¿Crees que sabía quién era ella todo este tiempo? —pregunta Rufo pensativo.

—Sí. Estoy seguro de que quería usarla después de que tomaran el poder y nos eliminaran —digo la conclusión a que había llegado—. Quería exigir la herencia de los Rinaldi que estaba en nuestros bancos.

Está de acuerdo, eso tiene lógica. Mamá nunca se dio cuenta de la buena vida que tenía y de cómo todos la queríamos.

Las personas como ella viven queriendo ser reconocidas por esos señores que se autoproclaman de la realeza.

En aquel mundo debió de ser despreciada: primero por ser hija de quien era, luego por ser elegida para dar un heredero y no poder.

Dedicó su vida entera a eso, a que la reconocieran como valiosa, sin percatarse de que lo era para nuestra familia.