254 . UNA NOCHE CARIÑOSA
ALESSIA:
Después de la gran batalla en el campo de golf, tiro de Gian hacia la casa con la intención de curar sus heridas.
Mamá se ha ido al hospital con el tío Rufo, por lo que decido seguirlos.
Al llegar, lo atienden de inmediato; aunque sus heridas no son graves, están en lugares delicados que pueden abrirse con facilidad.
Al regresar a casa, lo llevo directo a mi habitación.
Todavía hay muchos integrantes de la nueva organización rondando por la propiedad.
Por suerte, papá ya ha dado su consentimiento y, en esencia, estamos casados.
Pero mi intención es cuidarlo, mientras que mi recién estrenado esposo tiene otras ideas en mente.
Corre detrás de mí intentando atraparme para que me acueste con él.
—Suéltame, no vas a hacer nada. Ya escuchaste a mamá: ahí donde tienes la herida te puedes abrir los puntos fácilmente —me río sin hacer mucha fuerza, logrando escaparme de sus brazos—. Confórmate con que, a partir de ahora, vamos a dormir juntos.
—Ven… no me hagas salir a atraparte —dice sentándose en la cama—. No me importa lo que diga tu mamá, de hoy no pasa que te haga mi mujer.
—¡Soy tu mujer con todos los permisos! —respondo riendo, manteniéndome a una distancia prudente—. No me mires así, que todo el mundo piensa que ya me hiciste tuya.
Río divertida, aunque en realidad estoy un poco asustada. Lo he visto y lo he tocado; es muy grande. Ya he leído un poco sobre el tema y me aterra la idea de que me duela mucho. Además, sus heridas aún sangran con cada movimiento. No podemos hacer nada esta noche.
—Alessia, ven acá —me llama con tono más serio—. Y no te estés poniendo tanta ropa, que te la voy a romper toda.
—¡No harás tal cosa! —lo enfrento divertida mientras me pongo un conjunto de dormir bastante recatado—. Prometiste que iríamos despacito, que me ibas a enseñar poco a poco. Aún siento que no estoy lista para eso.
—¡Eres mi mujer ante los ojos de todos! —vocifera, para mi sorpresa, intentando ponerse de pie para venir a atraparme—. ¡Escuchaste a tu papá decir que estaba de acuerdo en que te hiciera mujer! Prometo que lo haré suavecito, ven, linda.
Lo miro hacer una mueca de dolor al intentar incorporarse. Sé que me desea tanto como yo a él, pero estando herido no debe hacer ningún esfuerzo. Me acerco despacio mientras le explico con dulzura:
—No se trata de papá, sino de mí. Amor, por favor entiéndeme. Eres mi primer novio y ahora mi esposo, pero quiero aprender poco a poco. No seas malo.
—No lo soy —protesta muy serio—. Es que si sigues siendo virgen, corres mucho peligro si alguien se entera.
La puerta de la habitación se abre de golpe en ese preciso instante. Me quedo paralizada al ver a mi padre junto a mamá, deteniéndose en el umbral y mirándonos a los dos con absoluta incredulidad.
—¿Qué dijiste? ¿Eres virgen? —pregunta papá avanzando hacia mí—. ¿No han hecho nada todavía?
—¡No es eso, papá, entendiste mal! ¡Sí lo hicimos! —me apresuro a decir, intentando sostener la mentira—. Hablábamos de otra cosa. ¿Y por qué entran sin tocar?
Cambio de tema de inmediato intentando que no se concentre en mi virginidad, pero sé que con él eso es casi imposible.
Mis padres entran despacio, observándonos fijamente.
Miro a Gian, quien se limita a encogerse de hombros y me tiende una mano pidiendo que me acerque.
Lo hago y me siento en la cama a su lado.
En verdad no quiero que papá nos separe.
—La puerta estaba entreabierta y, como Gian está herido, vengo a curarlo —interviene mamá mientras avanza hacia la cama—.
Deja ver tu herida… Te dije que no hicieras movimientos bruscos.
Mira, se te zafaron dos puntos. Nada de sexo ni otros juegos en toda la semana, o tendré que ingresarte. Si se infecta, puede ser muy peligroso.
Mamá le vuelve a tomar los puntos en la herida mientras me mira de reojo.
Intento evitar la mirada de mi padre, quien permanece de pie, con los brazos cruzados y en absoluto silencio.
Cuando al fin terminan de atenderlo, se hace un silencio pesado.
Ante mi mirada suplicante, mamá toma a papá de la mano y lo hace caminar hacia la salida, pero justo antes de cruzar la puerta, él se gira para mirarnos.
—No crean que me engañaron —dice papá con el ceño fruncido—. Sé perfectamente que no han hecho nada, y ahora tienen prohibido hacerlo hasta que se casen formalmente, aunque no pueden decírselo a nadie. ¿Capisci?
—¡Papá! ¡Soy su esposa! —protesto, furiosa conmigo misma por no haber cedido antes a los deseos de Gian.
—No lo eres. Tienen que casarse legalmente; que hayan firmado esos papeles ayer no significa nada. Recuerda que ya abolimos la marca de posesión —aclara con una expresión firme que me estremece—. Solo lo hicimos por si fallaba lo demás. Así que Gianpiero… ¡despacito con lo que haces!
—Sí, mi Capo —acepta Gian enseguida, bajando la cabeza.
Me percato de que mamá le ha puesto un somnífero en la curación por la forma en que se le van cerrando los ojos.
Suspiro resignada, aunque muy en el fondo les agradezco a ambos que no me dejen consumar el matrimonio todavía.
Quiero esperar a que Gian esté completamente sano y, de paso, ganar un poco más de confianza.
—Recuerden que mañana será el velatorio de tu abuela —me recuerda papá bajando el tono de voz—. Será aquí en la casa, solo con la familia.
Un nudo se me forma en la garganta al recordarlo.
Camil, la mujer que debió amarme, murió intentando destruirme.
Todavía siento el frío de su pistola en mi nuca si cierro los ojos, y aun así algo en mí se niega a odiarla del todo; fue mi abuela antes de ser mi enemiga.
No sé bien qué sentir por ella todavía, quizás nunca lo sepa del todo.
Pero miro a mamá y encuentro paz en sus ojos.
—Ale, hija… —me susurra mamá con preocupación—. No hagas una locura. Ya no estás presionada por nadie. Tómate tu tiempo.
—Buenas noches, mamá. Buenas noches, papá. Y no les prometo nada, ya estoy casada —digo, cerrando la puerta tras ellos.
Me quedo unos minutos con la cabeza apoyada en la madera hasta que escucho cómo se alejan sus pasos. Luego me giro para mirar a Gian, fingiendo molestia.
—¿Por qué tenías que decir esa palabrita, "virgen"? —protesto, pensando que mis padres siempre tienen un radar para llegar en el momento justo.
—¿Y por qué no le pusiste cerrojo a la puerta? —pregunta él a cambio—. Ven aquí… No importa lo que dijo mi suegro, eres mi esposa y…
—Gian… mejor dormimos. Cuando estés bien te prometo que lo haremos, sin importar lo que diga papá —digo acostándome a su lado mientras veo cómo el sedante hace su efecto—. Estás casi dormido. ¿Te duele?
—Un poco, pero no me impide nada… —contesta abrazándome con torpeza—. Cuando despierte…
—Duérmete, te prometo que lo haremos —digo acomodándome con cuidado junto a él—. Pero no aquí en la casa. Me da pena que me duela, grite y todos me oigan… Por eso no quiero hacerlo aquí.
—Ah, entiendo —sonríe entrecerrando los ojos mientras me rodea con el brazo—. Está bien, linda. En cuanto me recupere te llevaré a un lugar hermoso donde estemos completamente solos. Duerme, no te haré nada.
Me acurruco en sus brazos suspirando. Me parece mentira estar al fin acostada con mi amado en mi propia cama y con la bendición de mi padre. Jamás imaginé que viviría un momento así. Me siento profundamente feliz.
¿Durará para siempre o será solo un sueño? ¿Me habré equivocado otra vez? No lo creo; esta vez, mi corazón sabe que estoy en el lugar correcto.
FIN