EPÍLOGO II. EL REGRESO A SUTERA
ALESSIA:
Sutera sigue tan tranquila como siempre a pesar de que la gente ya se ha enterado de todos los últimos acontecimientos.
El silencio del pueblo es roto por el ruido de varios helicópteros que aterrizan justo en el centro, casi frente a la casa del alcalde.
Todas las personas dejan lo que están haciendo y salen atropelladamente a ver qué sucede.
Descendemos rodeados por hombres armados y vestidos con ropa de campaña que aseguran de inmediato el perímetro para dar paso a la familia. Todos bajamos detrás de nuestros mayores.
—Oye, Ale —dice mamá mirando a todas partes—. ¡Te pasaste con el castigo de Alessia! ¡Esto es un pueblo de mala muerte!
—Mamá, baja la voz —le pido entre risas—, aunque a mí me gustó. Filo, ven, vamos a ver a tu cuñada.
Quiero ver la cara que pondrá Marena, la hermana de Bosco, cuando nos vea llegar.
Pero papá nos detiene. Nos adentramos en la casa del alcalde, quien sale corriendo de su despacho completamente sudoroso.
Por la forma en que una chica sale detrás de él secándose las lágrimas, es evidente que lo hemos interrumpido haciendo una de sus fechorías.
—¡Papá! —exclama Bosco, visiblemente apenado.
—¿Bosco? ¿Franco? —se sorprende. De inmediato reacciona y le grita a su hijo—: ¿Qué haces aquí, traidor?
—Hola, alcalde —saluda Franco—. Veo que no pierdes las malas mañas.
—No es lo que creen, se los juro —contesta, temblando al fijarse bien en nosotros.
En ese momento Marena entra corriendo. Se queda congelada al vernos vestidas con una elegancia que ella jamás podrá costear. Luego corre hacia Bosco.
—¡Bosco, traidor! —le grita—. ¿Cómo te fuiste con ellos y ahora tienes la cara de venir?
—¡Cállate, Marena! —le ruge su padre.
—Papá, te presento al Capo di tutti i capi, el Uno, Alessandro Minetti —habla con serenidad Bosco—. Ella es su esposa, Lilian Minetti.
—¿Qué… qué… qué dijiste? —tartamudea el alcalde—. ¿El Capo di tutti i capi y el Uno?
—Lo que escuchaste —continúa Bosco—. A mi suegro lo conoces como Franco, pero su verdadero nombre es Francesco Rinaldi.
—¿Rinaldi? —se le escapa un grito al alcalde, cayendo de rodillas.
—Es el legítimo heredero de la millonaria familia Rinaldi —prosigue Bosco—. A mi prometida Filomena, su hermana Alexcía, mi suegra Annette, Ray los conoces, y ella es su hermana Alexa Rinaldi.
El alcalde tartamudea todavía de rodillas. Marena nos mira con la boca abierta, negando con la cabeza sin poder creerlo. Filomena y yo nos deleitamos con su reacción.
—Ella es Alessia Minetti, y su esposo, Gianpiero D'Milano —sigue presentándonos Bosco.
—¿Alessia Minetti? Yo… yo… —Marena, aterrada de verdad, se pone de rodillas frente a mí—. Perdón, Alessia, yo no sabía… Fue sin querer, ¡no quería quemarte!
—¿Qué quieres decir con quemarte, Alessia? —interviene papá de inmediato, fijando su mirada en mí.
—No es nada, papá, el tío Franco se hizo cargo del asunto —contesto rápidamente mientras me levanto la pierna del pantalón—. ¿Ves? No me quedó ninguna marca.
—Eso vamos a hablarlo después. Nadie se mete con mi hija sin sufrir las consecuencias. Termina las presentaciones, Bosco —sentencia papá con una voz helada que hace que a Marena casi se le escape el pis del miedo.
Bosco presenta a mi hermano Kenet, el líder de los nuevos dragones, y a su prometida Alexcía Rinaldi. A mis primos Lucien y Laurent. Al Consigliere Rufino, a su pareja Miguel y a su hijo Alexander Rufino D'Fiore.
—Creo que no se me queda nadie —termina Bosco—. Mi Capo, él es mi padre, el alcalde; mi hermana Marena y mi mamá.
—Gracias, Bosco. Ahora puedes retirarte a enseñarles el pueblo a los chicos. Franco y yo tenemos asuntos que tratar con el alcalde —le ordena papá con un tono tajante.
Es evidente que Bosco quiere quedarse, y al mismo tiempo estar lo más lejos posible de un padre como el suyo. Toma a Filomena de la mano y nos pide a todos que lo sigamos.
—¿A dónde quieres ir, Filo? —pregunto caminando a su lado.
—Al instituto —contesta Filo—. Marena nos va a hacer un recorrido y a presentarnos a todos en la escuela.
—Estoy de acuerdo —apoyo entusiasmada—. Alexcía, ven a ver dónde estudiamos tu hermana y yo… bueno, a donde solo fuimos dos veces. Gian, creo que te va a interesar conocer a un tipo que anda diciendo por ahí que soy suya.
Reímos divertidas. Gian me toma la mano y me pide que le enseñe al chico. Ray trata de detenernos queriendo llevarnos a dar un paseo por Sutera.
—¿Tienes novia, Ray? —pregunta de pronto Marena con tono insinuante.
Sin embargo, retrocede asustada ante Alexa, quien de inmediato esconde a su hermano detrás de ella mientras mira a Marena con ferocidad.
—¡Ni se te ocurra, zorra! —la amenaza furiosa—. ¡No mires a mi hermano porque te sacaré los ojos! ¿Capisci?
—Disculpa, solo era curiosidad… —se retracta Marena, acobardada, corriendo a esconderse detrás de Bosco.
Todos reímos con la situación. Mi primo Laurent mira a Marena de forma insinuante. Su hermano Lucien lo sigue en la broma diciendo que no es fea.
—Vamos, chicos, que es mi hermana —pide Bosco muy serio.
—Parece una ratita asustada —opina mi cuñado Giancarlos entre risas y se acerca a Marena—. ¡Uf!
—¡Oye! —grita Marena, sobresaltada.
—Chicos, dejen las bromas —vuelve a pedir Bosco, un poco incómodo con la situación.
De pronto, mi primo Alexander se le acerca, y para nuestro asombro Marena se queda congelada cuando la saluda diciendo que tiene una deuda que pagar con él.
—¡Alexander! ¡No… no… no quise hacerlo! —titubea ella, nerviosa.
—¿De qué hablas, Alexander? —se interesa Bosco—. ¿Qué te hizo mi hermana?
Alexander, con la frialdad que heredó del tío Rufo, echa a andar mientras dice que Marena lo sabe muy bien y que él nunca deja de cobrar sus deudas, dejándonos a todos intrigados.
—Marena, ¿qué le hiciste? —pregunta Bosco.
—No es nada, nada… —se limita a decir ella antes de echar a correr detrás de Alexander.
Todos nos paseamos por el pueblo bajo la mirada asombrada de los habitantes, acompañados siempre por nuestros guardias de seguridad. Al llegar a la escuela, Gian agarra al hermano de Benedetto por el cuello y lo obliga a pedirme disculpas delante de todos.
Sutera entera queda conmocionada cuando aparecen más de nuestros hombres trayendo a todos los maleantes del pueblo y los ponen de rodillas en la plazoleta. Al fin, luego de ejercer justicia —degradando al padre de Bosco y enviándolo a la cárcel—, acompañamos al tío Franco a lo que fue su casa.
Todo ha sido consumido por las llamas. Él observa los escombros con nostalgia; al fin y al cabo, fueron felices en ese lugar. Luego nos lleva a sus bodegas de vino, las cuales, aunque fueron saqueadas, conservan un compartimento secreto donde guarda botellas excelentes.
—Oye, Franco, creo que puedes integrarte al negocio de vinos con nosotros —le sugiere papá—. ¿Crees que nos dure mucho esta paz y felicidad?
—Vamos a hacer todo lo posible para que así sea —responde el tío Rufo—. Y ahora que estamos aquí, creo que es una excelente idea venir una vez al año. Nos hará bien a todos.
Mientras ellos continúan conversando, Gian me toma suavemente de la mano y me pide que lo siga. Caminamos hasta llegar a uno de los helicópteros, el cual nos lleva hasta la costa, donde nos aguarda un imponente yate.
—¿Y esto? —pregunto sorprendida.
—Esto, vida mía, es el inicio de nuestra luna de miel —contesta sonriente.
—¿Luna de miel? —pregunto incrédula—. ¡Pero si no nos hemos casado de verdad! Dijiste que ibas a esperar hasta la boda.
—Estuve de acuerdo en no tocarte en tu casa. Aquí, en medio del mar, puedes gritar todo lo que quieras —dice con una sonrisa traviesa.
—Gian, papá se va a molestar si nos escapamos. Regresemos, es muy peligroso estar solos en medio de la nada —digo mirando el océano—. Hagámoslo todo bien esta vez.
Lo miro fijamente. No va a ceder, quiere estar conmigo. Es verdad que nunca estamos solos. Se acerca y comienza a intentar convencerme sin detener la marcha del yate.
—No me beses, que no vas a conseguir nada… —digo tratando de escapar.
—¿Segura? Apostemos… —dice sonriente. ¡Cielos, es muy guapo mi esposo!
—Gian, dije que no —me río sin hacer mucho esfuerzo para salir de sus brazos—. Me haces cosquillas… No vas a lograr nada… ¡Cielos, amor, saca la mano de ahí!
—¿Segura que no quieres? —susurra en mi oído.
—Ajá… —respondo apenas con un gemido.
Cierro los ojos y me dejo acariciar y mecer por sus besos mientras Gian comienza a quitarme la ropa con suma ternura.
—Te amo, Alessia… Di que sí… Déjame hacerte feliz el resto de nuestras vidas.