251 . EL INICIO DE TODO
ALESSANDRO:
El día está nublado como si presintiera lo que se avecina.
Los inmensos campos de entrenamiento de la finca Los Minetti están abarrotados de hombres y mujeres.
Yo les he pedido a todos que tengan paciencia, porque estamos esperando a todos los integrantes.
Cuando llega el último avión son más de las doce del día.
Mis padres están furiosos igual que la cúpula de la organización: la décima, los cincuenta que les siguen, y la centena.
Mis padres se encuentran sentados en sillones elegantemente vestidos en una improvisada tarima que mandé a hacer. Todos los demás están en el campo. Se han instalado grandes altavoces.
—¡Esto es imperdonable! —protesta mi madre Camil—. Si no estuviera nublado no sé cómo iban a aguantar tanto tiempo.
—No diga eso, señora Camil —le dice un dragón integrante de la décima—. Al menos los jóvenes están practicando. No sabía que había tantos. ¿No había dicho que solo eran cuatro?
—Es que mi hijo Alessandro creyó que no era justo y mandó a buscar a todos —explica mi padre.
—Creo que es lo correcto —opina otro sentado más allá—. Hay muchos jóvenes con grandes habilidades, pero para ser justos, creo que los hijos del capo Cian de Milán son los mejores. ¿Quiénes son esos chicos con capas?
—Todos traen capas o abrigos que los cubren —contesta mamá mirando hacia el campo—. ¿A cuál se refieren?
—Parece que va a iniciar —los interrumpe otro—. Ya se acerca el Uno con sus hijos.
Se escucha un sonido de alerta que emite mi cuñada Lucila por los grandes altavoces, seguido de varios drones que vuelan a gran velocidad por encima de todos, todos se forman y esperan pacientemente que lleguemos a la presidencia.
Hoy voy vestido completamente de negro, a mi lado mi hijo y heredero Kenet de igual manera.
Al otro lado, mi esposa Lilian de rojo y por último mi primogénica Alessia que trae una capa dorada que cubre su ropa.
Somos recibidos con grandes aplausos. Detrás de mí viene mi consigliere Rufino en una silla de ruedas con su traje tricolor, lo mismo que su hijo Alexander.
Detrás de ellos, el dragón blanco Xialong y por último Francesco Rinaldi, el dragón azul oscuro.
Nos colocamos en el centro de la tarima sin sentarnos.
—Creo que ya estamos todos —digo bien alto, aunque mi voz es amplificada por un pequeño micrófono que llevo—. Bueno, saben que no me gusta hablar mucho. Así que les doy la bienvenida a mi casa. Agradezco su paciencia y le doy la palabra a mi Consigliere Rufino D'Fiore.
—Bienvenidos todos a la guarida del dragón negro —inicia Rufo a hablar, grandes aplausos se desatan entre los integrantes—.
Hoy es un día muy especial, pues se va a decidir el destino de esta organización.
Tengo aquí en mis manos el reclamo de muchos que vamos a resolver ahora.
Por favor, a todos los que firmaron esta petición, que se pongan a este lado.
—¿Qué haces, Alessandro? —pregunta mi madre Camil molesta—. Hoy no podemos hacer otra cosa que la competencia.
Me giro despacio hacia ella, ante el silencio que todos han hecho al escucharla. Sin bajar la voz le llamo la atención.
—Mamá, solo eres una consejera, por ser la antigua Consigliere, por favor compórtate y deja que dirija mi organización —mi voz es fría y muy firme.
—¿Tú organización? —pregunta con sarcasmo poniéndose de pie y caminando a mi encuentro.
—¡Mamá! —grito sin poder contenerme.
Hoy no estoy para soportar sus ínfulas de grandeza. Giro la cabeza haciendo que Humberto la regrese a su asiento. Al ver cómo la miro, obedece, luego le indico a Rufo que continúe con lo que hacíamos.
—Muy bien, veo que son todos los jóvenes —continúa Rufo sonriente, al ver cómo se han alineado al lado derecho del campo a una señal de Kenet todos los hijos de los Capos mayores.
—¡Un momento! —interrumpe un anciano de la décima de los dragones—.
Dijeron que solo se iba a realizar la competencia para obtener el derecho a casarse con sus hijos, mi Capo.
¿De qué están hablando? Nadie nos ha solicitado una audiencia.
Todas las peticiones deben pasar por nosotros antes de llegar a ustedes, si creemos que valen la pena.
—Eso es cierto —respondo girando despacio para mirarlo de frente—. Pero esta vino directa a mí, y yo la acepté porque se trata de mi cargo y de todos los demás.
—¿Su cargo? ¿Qué quiere decir? —insiste el anciano—. ¿De qué se trata todo esto?
No contesto, recorro con la mirada a la gran cantidad de hombres que están en mi campo de golf, justo donde los quiero.
En ese momento se levanta una gran cantidad de ellos, que estaban en medio de los más viejos y avanzan hasta colocarse casi enfrente de mí.
Sonrío satisfecho y levanto una ceja. Al momento Franco alza una mano y detrás de los ancianos aparecen muchos hombres con armas largas.
Detrás de mí se posicionan en el aire cuatro drones listos para disparar.
—¿Qué creen que hacen? —pregunta el padre poniéndose de pie—. Vamos a entrar en el tema principal de hoy y por el que hiciste venir a todos los jóvenes, que es la mano del dragón dorado. Alessia avanza. Después que se haga esto, podemos analizar cualquier petición que te hayan hecho.
Alessia me mira asustada, le sonrío y asiento.
Ella avanza hasta colocarse en el centro de la tarima y se quita la enorme capa dorada que la cubría dejando ver su verdadero color, ante la sorpresa de todos.
Porque no está de dorado como todos esperaban, está vestida hermosamente con un elegante juego de pantalones morado y amarillo, con adornos en negro y un cinturón dorado.
Camil la mira asombrada, y viene corriendo a su lado.
—¿Qué haces vestida así? Tienes que vestirte de dorado. ¡Eres el dragón dorado, Alessia! —y trata de colocarle la capa que ella había dejado caer—. No puedes ponerte otro color un día como hoy que no sea dorado.
—No, abuela —le dice Alessia soltándose de su mano—. Ya no soy un dragón dorado, dejé de serlo.
—¡Tú no puedes hacer eso! —mi madre pierde el control y grita con la capa dorada en sus manos—. Ponte la capa, Alessia.
—¡SILENCIO! —las mando a callar—. Mamá ve a sentarte con papá. Alessia ven aquí.
—¡No puedes hacer eso, Alessandro! —sigue gritando mamá—. Alessia es el dragón dorado, todos lo saben. ¡No puedes!
Mi madre vocifera mientras papá tira de ella hacia sus asientos.
Mi hija me obedece y camina con una gran sonrisa hasta colocarse a mi lado.
Y sin esperar a más, le paso el brazo por los hombros, le hago una señal a mi esposa Lilian, vestida de rojo que se coloque a mi lado.
Junto a ella avanza nuestro hijo Kenet, vestido de negro como yo.
Sonrío orgulloso al verlos, son lo mejor de mi vida.
—¡NO! Alessandro Minetti, no puedes hacer eso —insiste mamá, fuera de sí, ante las miradas de todos que no entienden bien lo que sucede—. Esta organización la formamos nosotros, no tú. ¡NO PUEDES!
Al verla así, de entre los que se suponía eran los padres de los chicos que participaran en la competencia, siguen poniéndose de pie armados muchos hombres más. La sonrisa de satisfacción de mi madre Camil se hace grande.
—¿En verdad crees que esta organización es tuya? Ja, ja, ja… —ríe mi madre histéricamente—. ¡En tus sueños!