250 . EL PLAN DE CAMIL
CAMIL:
Mi esposo se queda observándome con recelo. Nos quedamos en silencio; luego me levanto y lo abrazo diciendo que todo estará bien, que ya casi cumplimos su objetivo y que podrán salvar al mundo entero.
—Verás que podrás beber de ese elixir y sanarás —le digo acariciando su cabeza.
—Ya estoy perdiendo las esperanzas —dice mi esposo—. Debí atenderme hace mucho con Rufo; él me dijo una vez que tenía cura médica.
—¿Cuándo le preguntaste? —me separo de él con recelo.
—Hace unos años. No le dije que era yo, pero creo que es verdad.
Él curó a papá: se había quedado paralítico y lo hizo caminar, y solo era hidrocefalia —contesta con los ojos brillantes—.
He estado investigando y es verdad, todos los síntomas que tengo son de esa enfermedad.
Si me opero como hizo papá, de seguro me pongo bien.
No muestro el disgusto que me provoca ver que ha estado consultando al genio de Rufo. Claro que él lo puede curar, es el mejor neurocirujano del mundo. Pero no se lo puedo permitir hasta que mi plan esté completo.
—Alessandro, sabes muy bien lo que tienes.
Fue producto de entrar donde no debías; no hay una sola medicina u operación en el mundo que te salve de eso —me apresuro a decir—.
Solo el elixir que ellos te dan. Lo has comprobado durante todo este tiempo.
Fue por eso que acepté hacer todo lo que me pidieron mis padres.
—Siempre mencionas a tus padres —dice llevando una mano a su cabeza con el ceño fruncido—. A pesar de tantos años que hemos pasado juntos, nunca me has llevado a conocer a tu verdadera familia.
—¡Están todos muertos, estoy cansada de decírtelo! —grito saliendo al balcón, para entrar al momento al ver lo que sucede en la pista detrás de la casa—. ¿Pero cuántos aviones están bajando? Se volvió loco, Alessandro.
Corre a la ventana y se asoma de nuevo; al girarse, me grita que era lo que me había estado advirtiendo. Nuestro hijo invitó a todos los dragones de la organización del mundo, con sus hijos en edad casadera, para hacer la competencia justa.
—Y créeme, Alessandro tiene bajo su mando un mundo de gente —dice caminando de un lado a otro—. No va a ser fácil quitarle ese puesto sin dinero.
—¡Tienes que hacer que el viejo Minetti termine de darte tu herencia! —le grito viendo la amenaza ahora—. ¡Dijiste que tu padre estuvo de acuerdo y que tomó los papeles!
—Lo hizo. Pero ahora nuestro hijo lo escondió en su cuarto y no me dejó entrar a verlo —contesta mientras se aprieta la cabeza—. Hay que esperar a que amanezca y que se levante, ya falta poco.
Esto es algo serio, no había contado con que no tuviera el poder del dinero en la ceremonia.
Tomo el teléfono para hablar con mi gente.
Él se sienta en la cama mientras me observa y me escucha dar orientaciones de ubicaciones en la casa para estar alerta.
Puedo ver cómo mi esposo se aprieta la cabeza, sé que le duele terriblemente, como otras veces que cree que le va a explotar.
Lo noto destrozado, pues no se me escapó la mirada helada que tenía mi suegro cuando estábamos en el salón recibiendo opiniones de cómo debía ser la competencia.
Lo vi ponerse de pie y seguir a su nieto al despacho.
Lo sé bien: su padre no confía en él ni en mí.
Nunca lo ha hecho, ni cuando era joven por su empeño en vivir su vida.
Si le hubiera hecho caso, a lo mejor no estaría metido en este problema.
Sé que no quiere traicionar a su padre, pero si no lo hace, morirá.
Está convencido de que solo ese medicamento que le consigo cada cierto tiempo lo ayuda.
—Querido, ¿sabes por casualidad dónde metieron a Gregory, el hijo del capo ruso Faddei, al que le dicen el Lobo? —pregunto al ver que no me contesta la llamada—. Me acaban de informar que se lo llevaron de allí abajo.
—No sé nada de eso; nuestro hijo se está portando muy extraño, te lo dije.
No deberíamos hacer esto hoy, no vamos a tomar a nadie por sorpresa —me advierte recostándose en la cama y cerrando los ojos—.
Ya viste que el pelotón de la muerte ni Franco se fueron para Sutera, y no quiero equivocarme, pero me pareció escuchar luchas de espadas.
—¿Luchas de espadas? —pregunto preocupada.
—Sí, frente a la casa —contesta sin mirarme—. ¿Sabes lo que eso significa? Xialong debe haber venido con los suyos.
—No, no puede ser. Hablé con él personalmente y, como no tiene hijos varones, le dije que no hacía falta que asistiera —contesto mirando por la ventana. Xialong no debe venir a esta ceremonia, pienso para mis adentros—. Ya llegó nuestra gente. ¿Viste dónde está nuestra nieta Alessia?
Este plan en el que he trabajado por tantos años no puede fallar.
Tengo que asegurarme de que Alessia no desaparezca, ella es mi carta de triunfo.
Mi esposo cree que está en su habitación, pero que no me dejarán entrar.
Mi esposo vio que Alessandrito puso guardias en la puerta de su hija y escuchó cuando ordenaba que no dejaran entrar o salir a nadie.
—A mí sí —digo colocando una bata sobre mis hombros.
Y sin esperar más, salgo de la habitación decidida a asegurarme de que mi nieta está en su dormitorio lejos de su novio.
Por lo menos eso es una cosa buena que ha hecho mi hijo: mantener a su hija pura, alejada de todo toque masculino.
Porque aunque estuvo con Gianpiero de Milán, estoy segura de que no han hecho nada.
Avanzo por el pasillo asombrada al ver cerradas herméticamente las puertas que dan a la sala de la primera planta y a varios guardias custodiándolas.
—Señora, no puede entrar —me impide el paso uno de ellos cuando voy a abrir la puerta de la habitación de mi nieta.
—¿Por qué no? Soy su abuela —me enfrento a ellos.
—Órdenes del Capo di tutti i capi —me cierran el paso herméticamente—. Tiene castigada a la señorita y no puede salir.
—Ah, eso —sonrío para mis adentros—. Muy bien, si es así, no entraré. Buenas noches.
Regreso a mi habitación feliz de saber que Alessia está segura y resguardada de su novio.
Ahora solo tengo que mandar a encerrar a Kenet y a Alexander.
¿Por qué tuvo que aparecer un hijo de Rufo?
Mi plan de matarlos a todos falló, pero mientras no falle el de apoderarme de Alessia, podré al fin regresar a Japón y vivir como me lo merezco.
¿Me recibirá el jefe después de tantos años? Le aseguré que en menos de dos años conseguiría la información y toda la fortuna de los Minetti. ¿Por qué tuve que ir a buscar el tesoro de los Rinaldi en esas catacumbas del demonio y quedarnos encerrados?
Ese maldito laberinto y Terón me rompieron todos los planes.
Aquel oro que encontró no debe ser ni la quinta parte de la fortuna del viejo Minetti.
¡El dragón dorado milenario me estará eternamente agradecido si logro darle todas esas barras de oro!
No solo eso: creé la organización más poderosa que existe: "Los dragones".
Mi suegro Minetti la hizo fuerte y su hijo la volvió insuperable.
Se la entregaré y ¡dominaremos el mundo! Seré recibida con honores, ja, ja, ja…