¡Ups, me equivoqué papá, me equivoqué! (SERIE ¡UPS! nº 3) 247 . LOS DRAGONES ANCESTRALES
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247 . LOS DRAGONES ANCESTRALES

ALESSANDRO:

Nos quedamos en silencio mirando al tembloroso Gregory, sin saber si creerle o no.

Es evidente por lo que cuenta que mi madre ha estado trabajando en su plan de traición desde hace mucho tiempo.

No puedo negar que me duele escuchar que mi propia madre ideó mi asesinato en mi propia casa.

Kenet resopla a mi lado y grita molesto:

—¿Salvar a mi hermana de qué? ¡Acaba de decir todo lo que sabes! —lo zarandea con furia haciendo que caiga de bruces—. ¡Diantres con este ruso!

—¡Sí, salvarla! ¡No tienen idea de lo que pretenden hacer con Alessia! —todos lo rodeamos al escucharlo—. Yo lo sé porque los hackers que puse a intervenir su sistema también lo hicieron con el teléfono de ellos. Lo tengo todo grabado, mi Capo. Puedo averiguar cuándo llegan los dragones ancestrales.

—¿Dragones ancestrales? —pregunto al momento. No tengo idea de qué habla—. ¿Qué quieres decir con eso? ¿Y qué le iban a hacer a mi hija?

En ese momento se escucha una gran pelea afuera de la puerta de mi casa, como de muchas espadas. Corro a asomarme al balcón y veo a una gran cantidad de hombres vestidos de dorado luchando con espadas contra los míos. Regreso al interior de la habitación tomando todas mis armas mientras doy órdenes:

—Lily, corre, vete con ellos por el pasadizo —digo mientras todos salimos corriendo—. Háganle el tatuaje de Gianpiero a Alessia.

—¿Y tú qué vas a hacer, Ale? —pregunta tomando mi brazo.

—Nosotros vamos a ver qué quieren ellos.

Supongo que son los dragones ancestrales que acaba de mencionar Gregory, que vienen por el dragón dorado —digo mirando a mi hija, que se pone pálida—.

Desaparece ese tatuaje de Alessia ahora mismo.

En cuanto a la marca del Uno, no te preocupes, si sigo en el puesto es mía; si no, de su hermano.

Todos hacen lo que les digo: corren a entrar en la habitación del abuelo y cierran de nuevo herméticamente. Lucy ha tenido a bien bajar también las paredes metálicas del área de la casa donde está la familia.

—Papá, aguanta hasta que venga con los míos. ¿De acuerdo? —me dice Kenet antes de dejarme salir.

—Sí, hijo. No te preocupes, esos dragones se van a llevar la sorpresa del año.

¿Quién puede atacar, vencer y sacar al dragón negro de su propia guarida?

—río mientras le doy varias palmadas en su espalda.

Tira de mí dándome un abrazo—. Vete, yo voy a estar muy bien, hijo. No vengas hasta que te llame.

—Cuídate, papá —dice con los ojos brillosos.

—Lo haré, tú también —me giro hacia el ruso—. Gregory, ¿sabes quiénes son estos dragones? ¿De dónde, me refiero?

—Sí, mi Capo. Pertenecen a los Yakuza, pero son los más viejos y los que se rigen por extrañas costumbres y tradiciones: son los Yamaguchi-gumi —contesta rápidamente—. Es el grupo más poderoso de ellos, surgieron desde los samuráis.

—¿Los Yamaguchi-gumi? ¿Y qué demonios quieren aquí? —lo interrumpo con frialdad.

—Son en realidad muy viejos, señor, y ahora hay una secta dentro de ellos que se autoproclamaron los dragones dorados —lo miro con incredulidad—. Quieren ser el grupo con más poder y poseer el control total del oro en el mundo.

—¿Y qué tiene que ver mi hija Alessia en todo esto, Gregory? ¡Habla claro! —le exijo apretando los puños.

—Según investigué, trafican mucho con mujeres y tienen una extraña ceremonia donde escogen a una de ellas, a la cual llaman la "esposa milenaria" —contesta mientras mira hacia la puerta.

—¿La esposa milenaria? —resoplo sin poder contenerme—. ¿En qué consiste esa locura?

Sube los hombros negando con la cabeza. No sabe bien de qué se trataba, pero según lo que escuchó a mi madre, la mujer elegida tiene que ser poseída por cada uno de los miembros de esa organización. El que la embarace y le dé un heredero es el elegido como nuevo jefe.

—¡¿Cómo dices?! —bramo, sintiendo que la sangre se me hiela.

—¡Perdón, mi Capo, perdón por no avisarle antes! —exclama Gregory al ver mi reacción, retrocediendo aterrorizado—. ¡Juro que quería salvar a Alessia de ese destino haciéndola mi mujer! ¡Se lo juro!

Solo lo miro, sin decir nada. Le hago un gesto con la cabeza para que siga a Kenet, quien se acerca, me da otro abrazo y se va corriendo.

Ya se encargará el Lobo de su hijo; aunque fuera verdad todo lo que dijo, no quita que asesinó a la madre de sus hermanos, y no es digno de confiar.

Saco mi teléfono y llamo mientras cierro bien el cuarto de mi abuelo otra vez.

—¿Será que el dragón blanco perdió la habilidad y va a dejar que esos dorados inunden mi casa? —pregunto con sarcasmo.

—¿Qué dice, mi Capo? Salga y verá lo que hicimos con ellos —responde la voz al otro lado.

Salgo despacio abriendo cada puerta que me encuentro con mi anillo del dragón negro, que vuelve a cerrarse detrás de mí. Al salir por la puerta principal todavía es de noche, pero puedo ver cómo una gran cantidad de hombres vestidos de dorado están de rodillas, y otros muertos o heridos.

—Ya veo, se dieron gusto, Xiaolong —río mientras extiendo mi mano al encuentro de mi amigo—. ¿Cuándo llegaste?

—Acabamos de bajar del avión y los vimos cómo corrían agazapados después de bajar del suyo; los reconocimos enseguida —me cuenta apretando mi mano—. Tu grupo de élite los tenía en jaque y, al vernos, nos los dejaron. ¿Qué está pasando, Alessandro? ¿Qué hace la Yakuza metida aquí en tu casa?

—Es una historia larga, mi amigo —respondo, antes de girarme hacia mis hombres—: ¡Ustedes, métanlos a todos en las celdas! Si se hacen los tontos, mátenlos.

—No, mi Capo —interviene Xiaolong.

—¿No? ¿Por qué? —lo miro queriendo saber por qué ha reaccionado así.

Me lleva lejos de donde están los prisioneros; mientras lo hace, murmura para que solo yo lo oiga. Según él, encerrarlos o eliminarlos es exactamente lo que ellos quieren.

—Observa cómo se miran entre ellos; los conozco, tienen una agenda —dice señalando a los prisioneros—. Llevo demasiados años lidiando con ellos. ¿No tienes otro lugar más lejos de esta casa?

Entiendo al momento a qué se refiere. Llamo a Humberto ordenando que los lleve para las viejas prisiones, las que están minadas.

Me mira interrogante. Asiento diciendo que es el lugar indicado para ellos; si intentan escapar, volarán por los aires.

El jefe de mi seguridad asiente y se prepara para irse.

—No olvides dejarles vigilancia —le ordeno, y luego me vuelvo hacia mi aliado—: Xiaolong, sígueme, debemos hablar. Vi que ayudaste a mi abuelo en la investigación.

—¿Ya terminó de investigar? ¿Era cierto? —pregunta interesado.

—Me temo que sí, mi amigo —contesto con un suspiro—. ¿No te han llamado a ti?

—Bueno, yo vine ahora porque recibí el mensaje que me mandaste por tu teléfono del Uno, ya que había recibido otro diciendo que no hacía falta que lo hiciera —contesta intrigado—.

Aunque el abuelo me había llamado pidiéndome que viniera con todos mis dragones blancos porque ibas a tener gran necesidad de ellos.

Así que me vas a disculpar, mi Capo, pero todavía faltan por aterrizar tres aviones más de los míos.

—Gracias, mi amigo, muchas gracias —digo agradecido de tener buenos socios que no me traicionan—. Ven, te explico todo y de paso me ayudas a comprobar algo. Me temo que mañana todo cambiará.

—¿Qué quieres decir? —pregunta deteniéndose.