245 . EN BUSCA DE SOLUCIONES
ALESSANDRO:
Estoy furioso, sintiendo cómo mi esposa me tira de la camisa para que me tranquilice.
Ahora mismo tengo grandes deseos de enfrentar a mi padre y tirarle la investigación del abuelo en su cara.
Lilian parece que adivina mis intenciones, me quita el sobre de la mano y me abraza, pidiéndome por lo bajo que me calme.
—No me faltes el respeto, que soy tu padre, Alessandro Minetti —me increpa papá intentando imponer su autoridad de padre sobre mí—. Bien que me pudiste avisar con tiempo de que ibas a hacer eso. ¿Para qué los citaste si se puede saber?
—¿Cómo qué para qué? Ellos también tienen derecho a participar en la competencia para casarse con mis hijos, ¿no es eso lo que dice la ley?
—pregunto con sarcasmo—. Todos los hijos de los grandes jefes de la mafia tienen ese derecho, no solo estos que vinieron invitados por ustedes. ¿No es lo que dijo mamá?
—Sí, sí, pero estos son muy fieles y los mejores —dice mi padre torciendo la cabeza visiblemente enojado.
Aunque cuando vuelve a hablar trata de parecer calmado como siempre—.
Creo que no hiciste bien, hijo, tenías que analizarlo conmigo que para eso soy tu consejero.
No necesitas que tantos jóvenes compitan por Alessia.
Si me hubieses preguntado te lo hubiese dicho, me di a la tarea de escoger lo mejor de lo mejor para ella.
—No hacía falta que te tomaras esa molestia que solo me pertenece a mí y a mi esposa.
Además, mi Consigliere Rufino y yo estuvimos de acuerdo en que existen muchos jóvenes muy buenos en edad casadera —sigo diciendo con sarcasmo—.
La competencia será más justa y nadie me va a reclamar de haberlo dejado afuera.
Ahora con tu permiso, papá, debo descansar un poco. Hasta mañana.
—Espera —me detiene papá—. ¿Por qué tienes a mi padre bajo llave?
Enfrento de nuevo a mi padre que me observa muy serio y desafiante.
Tomo aire para no explotar, porque me estoy dando cuenta de que en verdad, como me dijera mi madre, yo no estaba en los planes de ellos.
Por eso me dejaron con los abuelos por completo.
¡Ellos no querían tener un hijo para no verse en esta situación que están ahora!
Vuelvo a inhalar tratando de que mi voz salga fría y calmada.
—¿Qué quieres con mi abuelo? —pregunto receloso—. Está cansado y necesita dormir seguro. Con tantos extraños no le cedo su seguridad ni siquiera a ti.
—Tengo que hablar algo urgente con él. No puede esperar a mañana —dice muy serio—. Vamos para que me abras.
—Lo siento, pero a mi abuelo no lo puedes ver hasta mañana. Lo que sea no es más importante que él descanse —me niego rotundamente—. Dime si te puedo ayudar. Lo haré con gusto.
—No, tiene que ser papá —se niega rotundamente—. Dijo que iba a firmar unos papeles que le di, no lo ha hecho y tampoco los encuentro.
—No sé nada de eso, pero no te abriré —digo con firmeza—. Lo siento, todavía deseo tener a mi abuelo unos cuantos años más. Necesita descansar y no dejaré que lo molestes ahora.
Papá tuerce la cabeza al escucharme, y me conoce. Cuando se trata de mi abuelo soy muy protector. Y no me importa de quién se trate, incluso de él, que es su único hijo, yo lo protejo. Además, Lucy convirtió la habitación del abuelo en un búnker, nadie puede entrar si no conoce la clave.
—Está bien, está bien —dice al ver cómo me niego—. No tienes que ponerte a la defensiva, nunca le haría nada a mi padre.
—Si tú lo dices —no puedo aguantarme.
—¡Alessandro…! —levanta la voz mi padre, pero al ver cómo lo miro resoplando se detiene y dice—: Está bien, en unas horas lo veré.
No olvides estar con tus hijos a las ocho en el campo de entrenamiento.
Será un día muy importante para todos, al fin se darán cuenta cuál es el verdadero objetivo de esta organización que hicimos nosotros.
—Allí estaré con todos mis dragones, papá, no te preocupes —digo tratando de calmarme—. Puede que nos retrasemos algo esperando a todos.
Lo veo alejarse y espero hasta que se introduce en su habitación, saco mi teléfono y llamo a mi suegra. Enseguida toma la llamada preocupada.
—Señora Lara, despierte a mi abuelo, abríguelo muy bien que se van ahora mismo para Valencia —ordeno previendo lo que pueda suceder al otro día—. Y por favor, no se lo digan a nadie, se quedarán allá hasta que les avise.
—Está bien, Alessandro. ¿Puede venir la señora María con nosotros? —pregunta en voz baja—. Todavía no se recupera del todo y tampoco sabe nada de esta vida.
—Sí, la señora María puede irse con ustedes —hago una pausa—. Pensándolo bien, se llevarán a Miguel también. Todavía no se recupera.
Pero Lilian al escucharme me detiene diciendo que Miguel no se encuentra en condiciones de viajar. La miro pensativo, creía que no estaba tan mal.
—¿Vas a mandar a Rufo con él? —pregunta de pronto—. Tampoco está bien. No me mires a mí, ahora mismo no me muevo de al lado de mis hijos.
Guardo silencio pensativo. Tiene razón, no lo pensé bien. Niego con la cabeza al pensarlo mejor. No puedo dejar ir a mi consigliere y él no va a dejar que se lleven a su esposo. Por lo que no pueden ir a ningún lugar. Me aprieto el entrecejo buscando una solución.
—¿Recuerdas el refugio que hice debajo de la casa del lago en secreto?
Es hora de que lo utilicemos, en un final va directo de la habitación del abuelo allá —le recuerdo decidido a esconder a nuestros seres queridos—.
Deja que salgan todos y que Luci cierre este lado, para que no vean que los trasladamos.
Vamos, amor, creo que mañana se define el destino de todos nosotros.
Deja a los chicos dormir, esconderemos a Alessia y Gianpiero allá abajo y diremos que escaparon, así ganaremos tiempo.
—Creo que es lo mejor —dice Lilian siguiéndome rumbo a nuestra habitación—. Aunque Gianpiero es capaz de ganar esas competencias. ¡Es realmente lo mejor de lo mejor nuestro yerno!
—No, Lily, estoy seguro de que tratarán de matarlo —digo con seriedad—. No voy a arriesgar la felicidad de nuestra hija, y Gianpiero lo es.
Nos abrazamos un momento, sin saber que, detrás de la puerta de Alessia, ella mira a su novio aterrada. Ellos han estado escuchando todo. Gian la mira y, sin más, la abraza.
—No tengas miedo, linda, ya te hice mía —dice tratando de tranquilizarla.
—No, Gian. Yo me hice un signo escondido de mamá y papá que me pidió la abuela. Mira mi cabeza, ¿lo ves? Y mi espalda, ¿ves en la cabeza del dragón? —le muestra llena de miedo—. Y mira mi mano derecha, ¿ves cómo se ilumina con la luz? ¡Me marcaron, Gian, me marcaron!