¡Ups, me equivoqué papá, me equivoqué! (SERIE ¡UPS! nº 3) 244 . LOS MISTERIOS DE LAS CATACUMBAS
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244 . LOS MISTERIOS DE LAS CATACUMBAS

ALESSANDRO:

No respondo de inmediato. Sé que tiene razón en asustarse, pero tengo la esperanza de que los padres no se giren contra sus hijos cuando ellos decidan unirse a Kenet en la nueva organización.

Hasta ahora hemos decidido matar o encerrar a todo el que intente acabar con nosotros.

Los demás mafiosos aman demasiado el dinero y el poder para acabar con sus vidas por las estupideces de unas tradiciones japonesas o lo que sea, y nosotros tenemos dinero a manos llenas, ¡ellos no!

—El abuelo les quitó a mis padres todo este tiempo el poder y les impidió volver a tomar el control de toda nuestra fortuna.

Recuerda que se empeñaba en que lo dirigiera todo yo, no me dejó cederle el control a papá —recuerdo comprendiendo muchas cosas—.

Ahora entiendo su motivo. ¡Adoro a mi abuelo, él es mi único verdadero padre!

Me ha estado protegiendo todo este tiempo, ¿lo ves?

Se estaba preparando para este día y me ha protegido de la mejor manera que podía, ¡dándome todo el poder sobre nuestro dinero!

—¿Por eso nos hizo prometer que nunca le mencionaríamos que habíamos encontrado los tesoros? —pregunta Lilian comprendiendo mejor las acciones de mi abuelo—. ¿A pesar de que los buscó la vida entera, siguió desconfiando de ellos?

Asiento pasando una mano por mi cabello. Mi abuelo ha sufrido mucho sólo durante todo este tiempo en que me escondió toda esa información de mis padres, pero al ver cómo me traicionaban, hizo lo de siempre: protegerme.

—El problema es que nosotros creímos que mis padres habían encontrado el oro y que mamá era la que había colocado aquella enorme cantidad de objetos y piedras preciosas en la catacumba.

Pero no fue así, ellos no entraban por donde lo hicimos nosotros —Lilian me observa sin entender—.

Eso es algo que comprobamos Rufo y yo hace años.

¡Mis padres no conocen la entrada oficial de ese lugar!

Lo hacían por el laberinto de la puerta detrás del cuadro y estaban buscando precisamente esos tesoros.

—¿Y cómo fue a parar la fortuna de los Rinaldi allá abajo? —pregunta llena de curiosidad.

—El padre de Franco era el dueño de esas criptas, por eso lo mataron —sigo contestando lo que ella no sabía.

—¿No fueron los Rostall los que asesinaron a la familia Rinaldi? —quiere saber Lilian mientras se apoya en la baranda del pasillo.

Asiento, y paso a explicarle lo que había sucedido.

Los Rostall fueron los asesinos que fueron engañados.

Les hicieron creer que Francesco Rinaldi había asesinado a su madre.

Pero ese no fue en verdad el motivo, sino que su papá nunca dijo dónde estaba el oro de mi abuelo, ni las grandes reservas de piedras preciosas de su familia.

—No entiendo. Tus padres tenían todas las llaves y pudieron abrir como lo hicimos nosotros, y papá también —dice Lilian pensativa—. Algo no está bien. El oro estaba ahí en cuanto abríamos la segunda puerta. Papá me enseñó aquel trabalenguas que nos ayudó a seguir el recorrido por allá abajo.

—Según el abuelo, el padre de Franco lo llevó después que todos ellos desaparecieron. Recuerda que él siguió vivo, y era el dueño de todo —contesto sin estar seguro—. Debe existir una manera de que entrara y saliera sin problemas.

—¿Y Terón? El hijo del dragón de fuego mencionaba el oro, ¿estás seguro de que no estaba ahí cuando tus padres dirigían? —inquiere de nuevo.

Levanto los hombros diciendo que no estoy seguro de todo.

No tengo todas las respuestas a sus preguntas.

Puede que existiera, no estoy seguro de esa parte.

O quizás mi madre estaba buscando el tesoro de los Rinaldi allá abajo en las catacumbas.

Eso sería lo lógico, porque nosotros lo encontramos porque nos equivocamos y caímos por aquel canal que nos llevó al río.

—Quizás es verdad que Rinaldi lo guardó allá después que Terón encerró a tus padres en aquel lugar —sigue diciendo Lilian—. ¿Por qué no le preguntamos a tu hermana Alexa?

—Lo haremos, pero eso no es importante ahora —la interrumpo al ver cómo la noche sigue pasando de prisa.

—Tienes razón —está de acuerdo—. ¿Qué otra cosa encontró el abuelo?

—Asegura que no fue mamá la que ideó todo eso de allá abajo como nos dijeron, era cosa de la familia Rinaldi —contesto pensativo—. Mis padres le hicieron creer a todos que había sido ella, para que la aceptaran como Consigliere, porque no permitían mujeres en los dragones.

—¿Quieres decir que todas esas cuevas, catacumbas y criptas son propiedad de los Rinaldi, no nuestras? —pregunta con incredulidad.

—Sí. Abuelo era muy amigo de Rinaldi —respondo sacando unos papeles del sobre amarillo que tenía—. Mira aquí las escrituras de propiedad.

Lilian toma los papeles mientras le cuento que mi abuelo le había pedido ayuda a Rinaldi para esconder la inmensa fortuna de la familia Minetti: el oro extraído de nuestras minas y que todavía siguen extrayendo, para no colocarlo en los bancos cuando fue a renovar esta casa.

Y porque no confiaba en mamá, que desde que vino con papá vivía haciéndole preguntas sobre eso.

—El tonto de papá le preguntaba al abuelo —sigo contando—. Por eso empezó a sospechar, porque él todavía no le había revelado a mi padre dónde estaba la verdadera bóveda donde está guardada una inmensa cantidad de oro.

—¿Por qué? —pregunta sin entender—. ¿No me contaste que el abuelo te lo dijo cuando eras un niño?

Eso no lo puedo responder. Mi abuelo guardaba muchas cosas.

A lo mejor tenía miedo de morir o de que le pasara algo y no quería que me quedara sin ese conocimiento.

También él siempre me decía que papá era medio tonto, solo quería viajar, y no quería hacerse cargo de los negocios.

Dejó la escuela y se dedicó solo a gastar dinero con mujeres.

—Realmente no sé el motivo por el que no le dijo nada a papá —contesto seriamente—. Vamos para la habitación para que te leas todo lo que me dejó dicho la abuela. Ella lo ayudó a investigar lo que descubrió el abuelo.

Comenzamos a caminar, pero Lilian me detiene y me hace regresar al frente de la habitación de Alessia de nuevo. Apoyamos los oídos en la puerta sin escuchar nada. Parece que están durmiendo.

—¿Qué vamos a hacer con Alessia? ¿Y si ese dragón dorado es la marca para reclamarla? ¿No es mejor si le pinto el dragón morado de Gian arriba? —susurra en mi oído—. No importa si no están. Eso lo pueden hacer después.

—No, Lily, recuerda que mientras sea virgen, peligra más.

Está bien, vamos a analizarlo todo primero y tomar una decisión antes del amanecer.

¡Ustedes! —me dirijo a mis hombres que cuidan la escalera—.

No dejen que nadie entre a la habitación de mi hija hasta que yo la mande a buscar.

Nadie más tiene permiso, solo nosotros, sus padres. Ni siquiera sus abuelos. ¿Capisci?

—¡Sí, mi Capo! —responden ambos.

—¡Alessandro! —se escucha de pronto la voz de mi padre que sube en ese momento las escaleras—. ¿Qué es todo ese ruido de aviones?

—Son dragones viniendo —respondo con naturalidad.

—¿Para qué? ¿Quién los citó? —pregunta visiblemente molesto.

—Que yo sepa soy el Uno y puedo mandarlos a venir cuando me dé la gana —respondo molesto—. ¿O tengo que pedirte permiso?