241 . LOS MISTERIOS DE CAMIL
ALESSANDRO:
Lilian sigue mirando todo lo que le entregué.
Yo vuelvo a colocar mi oído en la puerta de la habitación de mi hija.
Hasta hago el intento de tocar y pedirle a Gian que haga a Alessia su mujer, para tatuarle su dragón.
Pero en un último momento me arrepiento; al ver la mirada incrédula de Lily, suelto el aire.
—¡Es por eso que quiero que Gianpiero haga su mujer a Alessia!
¡No me mires así, Lily! Es un gran chico, ¡lo mejor que puede existir para nuestra hija!
—digo sintiéndome culpable por haber impedido que se unieran antes—.
Si me llego a enterar de esta trampa, ya estuvieran casados.
Pero no me atreví a pedírselo directamente y al parecer están dormidos.
Estoy realmente asustado con eso que me dijo Alexander.
¿Y si el dragón dorado es la marca para reclamar a Alessia y por esa estúpida ley que acaté no puedo defenderla?
—¿Qué quieres decir? No me asustes, Ale —dice Lilian, colocando también su oído en la puerta.
—No te lo digo para asustarte, es lo que me estoy temiendo por eso que tienes en tus manos. Me temo que mi madre no es quien dijo ser, sino la hija de alguien que nos ha estado manipulando todo este tiempo —le cuento mis conclusiones.
Lilian deja de pasar las hojas y me mira fijamente, esperando que continúe. Puedo ver el miedo en su mirada, pero quiero que sepa toda la verdad.
—Mi abuelo la descubrió muy tarde, por eso cambió su testamento y me dejó toda la fortuna a mí y a mis hijos; desheredó por completo a mi padre —sigo explicando—.
Mira, él había puesto todo a mi nombre antes de que ellos aparecieran, y no lo cambió.
Incluso la fortuna tuya y de Lucy sigue estando a mi nombre.
Yo soy el dueño de todo, y solo si muero nuestros hijos y sobrinos lo heredarán.
—¿Y qué piensas que trataron de hacer? —me pregunta ahora Lilian, comenzando a creerme por el miedo que ve reflejado en mi rostro, y porque entre más lee la investigación de mi abuelo, más pruebas aparecen.
Vuelve a mirarme mientras me pego de nuevo a la puerta de Alessia para escuchar, y observa cómo le envío un mensaje a nuestro hijo Kenet diciéndole que le ponga el signo de posesión a su novia Alexcía.
Sé que mi esposa pocas veces me ha visto tan vulnerable, pero estoy realmente aterrado por nuestros hijos.
—Creo que trataron de eliminarnos para poder dirigir todo a través de los chicos, y que tienen una agenda oculta con ellos, sobre todo con Alessia —susurro en su oído—. Porque ella tiene más carácter que su hermano. ¿Recuerdas el empeño que tenía mi madre en que se convirtiera en el dragón dorado?
—Sí, ni tú ni yo, ni siquiera el abuelo queríamos que fuera un dragón —me responde con el ceño fruncido—.
Ella nos hizo aquella trampa, inventó eso del dragón dorado como regalo y prácticamente nos obligó a aceptar al anunciarlo, sin saberlo nosotros, el día del primer cumpleaños de nuestra hija.
Además, había invitado sin decirnos a los dragones de la décima y lo llevó a votación con los más viejos para que aceptaran al dragón dorado.
Todo esto nos tomó por sorpresa aquel día: fue en el primer cumpleaños de Alessia cuando mis padres, sin decirnos nada, invitaron a la alta jerarquía de la organización, poco después de cederme el puesto del Uno.
Mi madre, Camil, anunció que Alessia sería la digna heredera del milenario dragón dorado, ese que cada cien años elige a una mujer para ofrecerle ese honor.
Mi abuelo se molesta y se niega rotundamente a que su primera heredera lleve un dragón pintado en el cuerpo; no deja que le hagan el tatuaje que mi madre pretendía hacerle allí mismo.
Nosotros tampoco estamos de acuerdo. Solo aceptamos que el dragón dorado se le tatúe a Alessia al cumplir la mayoría de edad, y solo si ella está de acuerdo, algo de lo que mi madre se encarga de convencerla con el tiempo.
Yo me niego a que viajen a ver a un experto tatuador; solo permito que sea Rufo, y no dejo que le hagan esos extraños signos adicionales que ella se empeñaba en que debía llevar.
—No quiero equivocarme, Lily, pero creo que mis padres tienen una agenda secreta con nuestros hijos y nosotros estorbamos —digo al fin lo que tanto temo—.
Quieren apoderarse de Kenet y Alessia, sobre todo de ella.
¿Recuerdas la extraña historia que contó de por qué estaba donde la encontró papá, sobre que la estaban preparando para ser la esposa de ese milenario dragón?
—¡Claro que me acuerdo! —dice Lilian y me aprieta la mano—. Sería muy macabro ese plan, Ale. Todavía no puedo creer que tu papá se prestara para todo eso, en caso de que sea verdad que ella sea lo que piensa el abuelo.
Es cierto, aunque sean mis padres, yo soy el Capo di tutti i capi, el dragón negro, el Uno que ellos me impusieron.
Pero yo no me crie con ellos, sino con mi abuelo.
Y en él confío ciegamente; si sospechó de su propio hijo y de mi madre, es porque tiene razón.
Nunca en mi vida he dudado de nada de lo que me diga mi abuelo, y no voy a comenzar ahora.
—¿Ves? Mi abuelo cree que mamá solo vino a robar toda nuestra fortuna.
Según esa leyenda, el dragón dorado debía dormir encima del oro.
Y nosotros tenemos mucho, Lily, mucho oro.
Eso que viste en las cuevas no es nada —la miro fijamente ante su mirada de sorpresa—.
La cantidad que tenemos escondida evadiendo impuestos, no de ahora, sino desde que surgieron los Minetti, es tan grande que no teníamos ninguna necesidad de meternos a mafiosos para ayudar a los más necesitados, si ese es el objetivo que dicen ellos que los llevó a crear esta organización.
Sus planes se interrumpieron cuando se quedaron encerrados en las catacumbas, lo que nos demuestra una vez más que el abuelo tiene razón: no fue mamá quien descubrió los laberintos y las cosas de allá abajo. ¡Ese era el refugio de los Rinaldi!
—Ale, me estoy asustando de verdad... —dice Lilian, aferrada a mi brazo—. ¿Crees que tu mamá esperó todos estos años preparando a Alessia para que sea esposa de ese milenario dragón?
—¡No lo sé, Lily, según mi abuelo es lo que pretende! —digo sintiendo una gran confusión y decepción—. Y eso no es todo, observa este video que me dio hace un rato Lucy. ¿Sabes quiénes son esos dragones con los que mamá se la pasó conversando en el salón mientras tú, los chicos y yo bailábamos?
—No, antes de hoy es la primera vez que los veo —responde mirando con atención el video en la tableta—. ¿Quiénes son? Creo que tu mamá los conoce, los vi hablando con ella con mucha familiaridad.
Niego con la cabeza. No tengo idea de dónde salieron, ni quiénes son. Rufo los buscó en la base de datos, al igual que Lucy, y no están. ¿Cómo entraron entonces? Porque según Humberto, todos tienen invitación sellada de la alta jerarquía. Sigo mostrando las imágenes de seguridad.
—No solo eso, observa: dos de ellos fueron los que trataron de matarnos.
Y mira a estos dos... No era solo a Alexander a quien intentaron matar, fue a Rufo también, ¿los ves?
Es decir, nos iban a asesinar a los cuatro —sigo señalando cómo se movían coordinados hacia nosotros—.
Pero no solo eso: mira cómo trataron de rodear a Gianpiero, a Humberto, al Lobo, pero sobre todo a Franco, que son los únicos Capos fieles a mí en estos momentos.
Pero le temen al pelotón de la muerte, ¿ves?
Papá negaba con la cabeza; no para que no me atacaran, les estaba diciendo que no enfrentaran a mis hombres cuando Franco los llamó.
Mira la sorpresa que se llevaron... ¡ellos no esperaban a mi pelotón de la muerte!
Por eso les dijeron que no los enfrentaran o los matarían.
¿No te dice eso nada? ¡Mis padres sabían que me iban a asesinar y no hicieron nada!