239 . ORGANIZANDO TODO
ALESSANDRO:
Lilian me explica que, aunque no corre peligro la vida de Rufo, si no hace reposo puede infectarse o abrirse de nuevo.
Tomo mi teléfono y hago lo que me piden.
Al poco rato lo vemos llegar en compañía de Franco y el capo Cian, quienes lo ayudan.
Pero lo primero que hace es revisar a Miguel preocupado y escuchar el parte médico que le da Lilian.
—Si no pasa nada más, se recuperará —sigue diciendo Lily—. Pero tú también tienes que descansar. Acuéstate para ponerte un suero. Alexander se quedará con ustedes aquí.
—Haz lo que te dice Lily —le pido ayudándolo a acostarse—. Iré a hablar todo con Lily; cualquier cosa te llamo por video. No te preocupes, Cian, Franco, el Lobo y Humberto se harán cargo de todo.
—Ale, estamos atestados de traidores, lo acabamos de comprobar —me advierte Rufo.
Tomo una tablet que me entrega, donde se ven y escuchan varias conversaciones.
Se la devuelvo al tiempo que les indico a los demás que se mantengan muy alertas.
Además, ordeno mantener separados a los viejos de sus hijos; a los jóvenes se los envío a Kenet a la casa al final de la finca, donde se quedó y se encuentra la familia Rinaldi.
—¿Alexa, Ray y los pelirrojos están con ellos? —pregunta uno de ellos.
—Sí —responde Franco—, y a los viejos los estamos dejando aquí, en los salones. Mandamos a servirles bebidas como nos ordenó Rufo. También les hemos quitado las armas y los teléfonos.
Sigo observando desde mi teléfono todas las cámaras de seguridad de mi propiedad, hasta dar con lo que estaba buscando. Se lo enseño a Franco, quien asiente y me informa que tienen a Estéfano cuidando personalmente de ellos.
—Está bien, vayan a hacerse cargo de todo —les ordeno. Luego me giro para mi sobrino—. Alexander, tus primos dicen que eres tan inteligente como tu papá y lo creo; hazte cargo de contestar todas esas llamadas en lo que duerme un poco Rufo. ¿Puedes?
—Sí, creo que sí —responde tomando la tablet de las manos de su padre.
—Lo que no sepas, llámame. Vamos, Lilian —digo, mirando al chico.
Después de darle todas las orientaciones sobre lo que debe decir o hacer, y de autorizarlo para hacer venir a todos los hombres que me asegura que le son muy fieles —jóvenes de Rusia como él—, voy a retirarme, pero me detiene.
—Espere, tío, con tanto lío, no me ha dado tiempo de informarle algo —me dice viniendo a mi encuentro—. Mi abuelo materno Alfonso Conti fue el que mandó a matar a su primera esposa Celia y a su hijo.
Las palabras me caen como un balde de agua fría. Llevo mucho tiempo buscando quién había sido el cerebro de ese golpe sin resultado. Aprieto la mandíbula aguantando la furia que me embarga. Lilian apoya la mano en mi espalda tratando de tranquilizarme.
—¿Cómo sabes eso? —pregunto, sintiendo que el pecho se me oprime.
—Lo escuché de niño, escondido en un clóset. Fue el plan de mi tía Eleonora para poder casar a mi mamá con usted —explica bajando la mirada—. Ellos mandaron el camión que los chocó; el otro no pudo hacerlo porque sus hombres lo impidieron.
Me quedo observándolo por un momento, intentando procesar la atrocidad de lo que acabo de escuchar. Puedo percatarme de cómo se estremece completamente ante mi mirada. Sé que no tiene la culpa de nada, sino esa familia materna que le tocó. Luego me acerco, lo abrazo muy fuerte.
—Hubiese deseado que en verdad fueras mi hijo, pero eres de Rufo, que es igual.
Saliste a él, que me es fiel, y tú me acabas de demostrar lo mismo —le digo al separarme todavía sujetando sus hombros—.
Haz que venga tu abuelo, mándale una invitación, hazle creer que lo acepto por ti.
¿Crees que puedas resistir hacer eso sabiendo lo que le voy a hacer?
—Sí, él me hizo cosas peores —dice con rabia en su mirada—. Se merece todo lo que usted le pueda hacer y más. Yo no lo he matado porque mi mamá no me lo perdonaría nunca.
Vuelvo a quedarme mirándolo fijo y puedo descubrir, muy dentro de la mirada verde de mi sobrino, el gran sufrimiento por el que tuvo que haber pasado. En un impulso vuelvo a abrazarlo, como si quisiera protegerlo de todo ese inmenso dolor que veo en sus ojos.
—Ya llegaste a un lugar al que perteneces y en el que siempre te protegeremos, hijo.
Ahora no dejes que tu padre se levante; cualquier cosa me llamas —le digo dando una palmada en su espalda—.
Cierra bien la puerta, te dejaré a unos guardias cuidando de la habitación.
Allí, en aquella gaveta, están las armas y municiones de tus padres; cuídalos.
Alexander asiente sin poder responder, visiblemente emocionado ante las muestras de cariño que le dedico.
Sé que siempre me consideró su padre y me amaba desde lejos.
Pero es el único hijo de Rufo, lo querré como él mismo quiere a los míos.
Tomo a Lily de la mano con un gran sobre amarillo en la otra y me dispongo a dirigirme a nuestra habitación.
Pero al ir saliendo, Alexander vuelve a detenerse al llegar a la puerta.
—Tío, no sé si esto tiene algo que ver, pero papá me dijo que no ocultara nada, aunque no supiera qué significa.
Hace un rato, allá abajo, escuché a ese grupo que usted le enseñó al tío Franco decir algo —me informa pensativo—.
Dijeron que nadie iba a poder impedir adueñarse del dragón dorado.
Y como Alessia es la única que lo tiene, me temo que hablaban de ella.
Y no solo eso, me fijé en la mano del que lo dijo; no se ve bien, pero creo que es dorado el tatuaje que tiene.
Me muestra en la tablet un video de seguridad que confirma lo que dice. Frunzo el ceño, le doy las gracias a Alexander y salgo de la habitación, cerrando la puerta con cerrojo y dejando apostados a varios guardias frente a ella.
Avanzo de la mano de Lilian en silencio. Al pasar por la habitación de mi hija, me detengo y coloco el oído en la puerta, intentando escuchar algo, pero todo está en absoluta calma.
—¿Qué haces, Ale? —me susurra Lily.
—Dejé a Gian dormir con Alessia —le contesto de igual modo—. Ella me aseguró que no pasaría nada, pero por cómo la miraba Gianpiero, no creo que se hayan quedado tranquilos.
—¿Hiciste eso? ¿Tú? No lo puedo creer... ¿qué pretendes? —dice Lilian con incredulidad—. Y no me digas que nada, que te conozco.
—Tenía la esperanza de que se entregara a Gian, para que nadie más se sienta con el derecho de reclamarla y ponerle el signo de él mañana mismo, en cuanto se levanten —le explico, mientras vuelvo a revisar en mi mente la imagen del tipo del tatuaje dorado.
—¡Ale! No estoy de acuerdo con que lo hagan todavía —protesta Lilian en voz baja pero firme—. Solo llevan unos pocos días siendo novios. Eso es una locura, ¿qué pasa contigo? ¡Primero te opones y ahora se la regalas!