238 . VERDAD INAUDITA
ALESSANDRO:
Mi casa de pronto se ha vuelto un lugar muy ruidoso.
Desde que enviamos las citaciones, comienzan a llegar aviones particulares sin parar: aterrizan, dejan a sus dueños y levantan de nuevo el vuelo.
Todos los dragones de seguridad bajo mi mando están armados hasta los dientes; al mismo tiempo, desarmamos a todo el que llega.
—Ale, estamos teniendo muchas llamadas de dragones a los que no les conceden la visa para entrar, sobre todo los de América —me avisa Lucy, quien se ha mantenido atendiendo a todos junto a su hermana Ellie, que al fin regresó de Francia.
—¿Y para qué tenemos tantos dragones ubicados en lo más alto? —pregunto molesto—. Que se hagan cargo.
—Quieren hablar contigo directamente, ya lo intenté —me responde mi cuñada—. Todos dicen que es complicado, como si alguien se los estuviera impidiendo.
—¿Impidiendo? Ponlos a todos —ordeno mientras abro mi computadora.
Lucy enseguida los llama para una reunión grupal, como hacemos a cada rato. Mi pantalla se llena de pequeños cuadros con todos los dragones que no han podido llegar.
—Buenas noches —los saludo—. ¿Qué es lo que pasa que no resuelven el permiso de mis dragones? ¿Y ustedes, qué hacen que no están volando a mi encuentro?
—Mi Capo, no podemos irnos sin resolver el problema.
¿Puede trasladar la hora para por la tarde?
Es que no sabemos qué pasa, tenemos la sensación de que existe una gran conspiración para impedir que vayamos —explica un capo de Nueva York—.
Casi lo tenemos resuelto, solo necesitamos unas horas más.
¿Está seguro de que no tenemos traidores entre nosotros?
Porque esto jamás había pasado, al parecer es de la más alta jerarquía.
Miro a todos los rostros en mi pantalla con cara de preocupación.
La mayoría de ellos listos para venir a mi encuentro.
Les explico que precisamente por eso es que los estoy haciendo venir a todos.
No puedo decir nada sin estar seguro, pero necesitamos analizar ciertas leyes de la organización de los dragones.
Ahora entiendo cada vez más que la información que me entregó mi abuelo se está haciendo realidad.
—De acuerdo, cambiaré la hora. Pero los quiero aquí hoy, sin importar la hora.
No iniciaré nada sin ustedes —exijo furioso, nadie puede faltar para que mi plan surta efecto—.
Prueben salir a otro país y de ahí vengan, yo acá les garantizo la entrada.
Ahora mismo ya los estoy ayudando: manden una lista de todo el que tenga problemas a mis cuñadas, ellas les arreglarán todo.
—De acuerdo, mi Capo —responden todos—. Ahí estaremos para apoyarlo, cuente con nosotros.
Salgo de la habitación de seguridad pensativo.
No puede ser cierto eso que me dejó mi abuelo.
Por un momento me dirijo a la puerta de su habitación, donde veo a varios hombres que no son guardias, al verme, se retiran de inmediato.
Enseguida llamo a Humberto y le ordeno traer el cuerpo élite que lo cuida.
Me introduzco para asegurarme de que todo esté bien.
—¿Pasa algo, Ale? —pregunta mi suegra Lara.
—Mi suegra, no le vaya a abrir a nadie, ni siquiera a mis padres —le pido con seriedad—. Ahora cuando salga, ponga el seguro de adentro.
—Me estás asustando, hijo —dice ella en voz baja para no despertar a mi abuelo.
—No es nada, solo que hay demasiados extraños peligrosos en la hacienda. Quiero a mi abuelo y a usted seguros —le pido de igual modo—. ¿Se acuerda de la contraseña del pasadizo que va al refugio de la casa del lago?
—Sí, claro que me acuerdo —responde enseguida—. ¿Qué tan serio es?
—Todavía no lo sé, mantenga el teléfono a su lado —le pido sin dejar de mirar cómo mi abuelo duerme apaciblemente—. Cualquier cosa la llamaré. Recuerde: ni a mis padres les abra, solo a mí.
—Así lo haré, hijo —afirma ella—. Tu abuelo está muy cansado; llevaba noches investigando algo sin dormir y ayer me dijo que al fin terminó, que ahora sí podía descansar.
No digo nada. Miro en silencio a mi abuelo, me acerco y le doy un beso en la frente. Lo abrigo muy bien y me voy, asegurándome de que los hombres en la puerta sean su cuerpo élite en los que confío ciegamente al mando de James.
—La vida de mi abuelo está en tus manos —le digo—. Entra en la habitación y deja a los demás fuera, no obedezcas a nadie que no sea yo o Rufo.
—De acuerdo, mi Capo. Cuida a todos, hay demasiados mafiosos peligrosos en la casa —me dice en voz baja.
Le doy una palmada en la espalda mientras asiento mirando alrededor. Le mando a decir a Lucy que cierre todas las entradas de la casa que dan para esta área, y subo las escaleras decidido a ver a Lilian, a quien no he visto desde el atentado.
No la encuentro en su habitación, así que me imagino que está en la de Rufo, al final del pasillo. En efecto, me la encuentro abrazada a Migue, dormida, sin enterarse de nada de lo que está pasando.
—Lily, Lily, despierta, amor —la llamo con suavidad—. Necesito que me acompañes.
—Ale, no puedo dejar a Migue solo, tiene fiebre y no ha despertado todavía —me dice restregándose los ojos—. Rufo no quiso que me lo llevara para el hospital; dice que aquí es donde único va a estar seguro. ¿Qué sucede? ¿Por qué escucho tantos aviones llegar?
—Ven, sal conmigo para explicarte —le pido tirando de ella por la mano—. Déjalo dormir, no le va a pasar nada por media hora que lo dejes solo.
—Está bien —dice ella, apoyando su mano en la frente de Migue y respirando aliviada al ver que cedió la fiebre—. Menos mal que le bajó la temperatura. Vamos, quiero darme un baño; busquemos a alguien que lo cuide mientras lo hago.
—No hace falta —escuchamos la voz de Alexander, quien entra en ese momento—. Yo lo cuidaré.
Lo observamos cómo se acerca, le coloca la mano a Miguel en la frente y lo abriga con cariño.
Ahora que lo veo de cerca, me percato de que tiene muchos movimientos de Rufo y que, como él, ha empezado a amar a su segundo papá.
Se nota en la manera en que lo acaricia con ternura y en cómo sus ojos se le llenan de lágrimas.
—¿Seguro puedes quedarte con él? —le pregunto preocupado.
—Sí, mi Capo —contesta sin dejar de mirar a Miguel—. Es mi otro papá y por poco da su vida por la mía; cuidaré muy bien de él.
—Llámame tío —lo rectifico—. Cuando estemos a solas, porque lo soy. Nada de mi Capo. ¿De acuerdo?
—Muy bien, tío. ¿Puedes obligar a papá a que venga a descansar? No ha dejado de atender llamadas y analizar no sé cuántas cosas, está muy agotado —me pide con inquietud—. Y aunque se empeña en decir que su herida no es seria, sí lo es, casi le toca el corazón. ¿Verdad, doctora Lilian?
—Tía Lily, así es como me tienes que llamar —lo corrige ella—. Y es verdad, Ale, lo que dice Alexander: la herida de Rufo es peligrosa. Llámalo para que venga a descansar.
—¿Tan serio es? —pregunto alarmado porque Rufo no ha dejado de trabajar desde mi despacho—. ¿Corre peligro su vida?