¡Ups, me equivoqué papá, me equivoqué! (SERIE ¡UPS! nº 3) 234 . LA PROPOSICIÓN ATREVIDA
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234 . LA PROPOSICIÓN ATREVIDA

ALESSANDRO:

Es evidente para mí que, a pesar de que los jóvenes ya lo aceptaron, Alexander aún se siente fuera de lugar entre nosotros. Rufo lo observa fijamente, claro que entiende lo que le sucede, digo que sí con la cabeza.

—Alex, no bajes la cabeza ni te sientas fuera de lugar —dice con firmeza—. Eres mi hijo, tienes todo el derecho de dar tu opinión sin miedo como todos los demás. Vamos, digan qué exactamente proponen.

—Gracias, papá. Queremos sustituir a todos los viejos dragones y hacer renacer la organización de las cenizas —explica para nuestra sorpresa—. Aunque somos dragones, debemos hacer como el Fénix. ¡Esta organización necesita renovarse completamente!

—¿Saben lo que eso significa, lo que me están pidiendo? —les pregunto muy serio—. No olviden quiénes somos y quiénes son sus padres.

—No lo olvidamos, papá, digo, mi Capo —responde Alessia.

En estos momentos soy el padre más orgulloso del mundo.

Todas las dudas y temores que me atormentaban por las estúpidas leyes que sacó mi madre se desvanecen al ver la voluntad de acero de la nueva generación.

Pero esto que proponen no es un juego. Son demasiados los que no estarán de acuerdo.

Se necesita mucho poder para llevarlo a cabo así como dicen.

No es que no se me haya ocurrido esa idea, pero verla expuesta es otra cosa.

—Por eso es que vinimos a hablarlo contigo, porque en ningún momento queremos que pienses que vamos en contra tuya —explica Kenet con convicción, mirándome fijamente—. ¡Jamás lo haremos! ¡Queremos que sigas siendo el Capo di tutti i capi, y el dragón, el Uno, de la nueva organización también!

—¿No creen que eso sería injusto para todos los demás? —sigo interrogándolos.

Se hace un silencio en el que todos se miran como si estuvieran a punto de tomar una gran decisión; una que no solo afectaría la forma en que han funcionado las cosas desde que surgieron,

sino que daría paso a nuevas situaciones que todavía no habían analizado y cuyas consecuencias podrían ser devastadoras.

Yo ya tengo una solución en mente que me facilitó mi abuelo, pero esto es totalmente inesperado y, al mismo tiempo, un gran desafío. Miro a Rufo, que sonríe satisfecho, y digo:

—Supongo que tienen listo ya el motivo por el cual quieren hacer eso.

—Bueno, papá…, es solo una idea para ayudarte —responde Alessia—. ¿Qué opinas? ¿Crees que sea factible?

—¡Que es una excelente idea! —afirmo con una sonrisa de satisfacción—. ¡Pero debe hacerse muy bien!

—Además —interviene Rufo—, hay fuertes decisiones que tomar y que son de vida o muerte. Esta institución no es fácil de doblegar. ¿Están dispuestos a mantenerse firmes incluso en contra de sus padres?

—¡Sí! —responden todos.

—Bien, ya los escuché —digo aguantando la sonrisa que puja por formarse en mi boca—. ¿Pueden retirarse y dejar que lo analice con los míos?

—¡Sí, mi Capo! —responden al unísono retumbando la casa.

—Dejen de responder al mismo tiempo, van a despertar a mi pobre abuelo —los regaño preocupado; no se me olvida cómo lo dejé cansado hace un momento—. Ahora retírense. Mañana los quiero a todos a las ocho de la mañana en el campo de entrenamiento, listos para lo que sea. ¿De acuerdo?

—¡Sí…! —vuelven a contestar al unísono.

—¡Shhh…! Les dije que dejaran de hacer eso, ¡mi abuelo duerme! —los regaño molesto—. ¡Retírense ahora!

—¡Esperen! —los retiene Rufo—. Escriban todo lo que encuentran incorrecto en las antiguas leyes. Kenet, ve a ver a tu tía Lucy para que les dé una copia de ellas, la mandé a que las imprimiera hace un rato. No quiero volver a caer en una trampa de una ley oculta.

—Y hagan silencio, mi abuelo duerme —les indico nuevamente cuando van saliendo.

Luego de que todos salen, miro fijamente a mis hijos, que se han quedado parados como si aún hubiera otra cosa que quisieran decirme.

Me recuesto en el sillón a la espera de que hablen; junto a ellos se mantienen Alexander y Gianpiero.

Ojalá hubiesen crecido juntos, pienso. Serían un sexteto inseparable, recordando a mis otros dos sobrinos.

Aunque aquellos viven solo para la tecnología y no les interesa nada más que eso o seguir y obedecer a Kenet o Alessia.

—¿Y bien? ¿Qué más tienen que pedirme? —los interrogo al ver que solo se miran entre ellos.

—Pues verás, papá —comienza a hablar Kenet—. ¿No podemos incluir en eso que el cargo del Uno no sea hereditario?

—¿Qué quieres decir? —pregunto de inmediato.

—Pues eso, papá, que no porque tú seas el Uno, yo esté obligado a serlo.

Personalmente, ahora que conocí a mi primo Alexander, creo que él tiene más madera de Uno que yo; incluso mi hermana es mejor en eso —dice con honestidad—.

¿Por qué no puedo ser solo Kenet Alessandro Minetti, el empresario?

¿Por qué tengo que ser un mafioso? ¿No debería ser nuestra elección también?

Yo sé que tú no tuviste ese derecho, lo sé, papá, pero ahora es distinto.

Por favor analízalo; si tengo que serlo, lo seré y no te defraudaré, te lo aseguro, pero si puedes librarme de ese cruel destino, hazlo, papá.

Me quedo observando a mi hijo en silencio.

Lo comprendo muy bien, demasiado diría yo.

Yo mismo me negué a dejarme tragar por este cruel destino hasta que no me quedó más remedio.

Mi abuelo me obligó prácticamente: primero queriendo que asumiera el cargo de Capo di tutti i capi cuando quise casarme con Celia, luego porque enfermó; y lo del Uno, bueno, no lo puedo culpar de eso, fueron mis padres quienes me condenaron a ese puesto.

Me pongo de pie y, como hice antes, lo abrazo muy fuerte. Luego lo miro a los ojos y le digo:

—Está bien, hijo, trataré. No te aseguro nada, pero lo intentaré. Confía en mí.

—Lo hago, papá, confío en ti ciegamente. Por eso, si puedes lograrlo, estaré feliz; si no puedes, no te entristezcas —me dice con suavidad—. Porque yo sabré que hiciste todo lo que pudiste para liberarme. Buenas noches, papá.

Nos volvemos a estrechar en un abrazo y veo cómo se retira. Luego me giro hacia Alessia, que también me abraza muy fuerte y me besa con cariño.

—Yo estoy bien, papá —asegura para mi asombro—. Si puedes hacer eso que te pide mi hermano, incluso utilizándome a mí, te ayudaré.

—¿Qué quieres decir? ¿Aceptarías ser la Uno? —pregunto realmente sorprendido.

—Sí, si es para que mi hermano sea feliz, me sacrificaré por él —contesta de igual modo—. Pero si puedes librarnos a los dos de este destino, te lo agradeceré. Y no olvides a mi Gian, ¿sí?

—De acuerdo, ahora ve a dormir —le pido con cariño—. No olvides vestirte mañana como lo que eres: el dragón dorado.

—Lo haremos todos. Hasta mañana, ¿ah? ¿Puede Gian quedarse conmigo hoy? Di que sí, papá, no cruzaremos la línea, te lo prometo —frunzo el ceño ante su petición—. Es solo para analizar esas leyes bien. Mi hermano se va con su novia.

Observo a mi hija muy serio, luego a Gianpiero, que ha permanecido detrás de ella todo el tiempo. Asiento, la fundo en un breve abrazo y le doy dos palmadas a Gian en la espalda para verlos irse tomados de la mano. Luego cierro la puerta del despacho y me giro hacia los demás.

—¿Qué opinan de esto que quieren hacer los chicos? —pregunto deseoso de saber su opinión, porque es el inicio de una guerra.