¡Ups, me equivoqué papá, me equivoqué! (SERIE ¡UPS! nº 3) 233 . LA NUEVA GENERACIÓN
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233 . LA NUEVA GENERACIÓN

ALESSANDRO:

Regreso al despacho e intrigado me siento para rasgar el sobre.

Me encuentro con muchos papeles y una carta que me llena de regocijo.

Es de mi abuela; la leo sin poder dejar de sonreír.

Luego reviso la enorme cantidad de papeles que encuentro en la caja fuerte detrás del cuadro, tal como me indican.

Allí, en otro sobre amarillento, se encuentra una extensa carta.

No comprendo nada. ¿Por qué mi abuelo habrá hecho eso?

Observo lo que sucede en el salón por las cámaras de seguridad que tengo abiertas en mi computadora. Puedo ver cómo mis padres dirigen la reunión con los demás capos.

—¡Está decidido! —dice mi madre Camil, al tiempo que vuelve a leer todo lo que le habían dicho los demás.

Luego le da la palabra a mi padre, quien intenta resolver todos los problemas que nos acechan como si aún fuera el capo mayor.

Mamá gira la cabeza a cada rato; han estado esperando que yo regrese, pero no lo he hecho, percatándose de que también mi abuelo se había retirado sin despedirse de nadie.

Mis padres, como buenos anfitriones, se dan a la tarea de despedir a todos para luego dirigirse a mi despacho.

Al llegar tengo muchos papeles distribuidos en mi buró, los cuales cubro de inmediato al verlos entrar.

—¿Ale? ¿Qué es eso que no quieres que veamos? —me pregunta mi padre de inmediato receloso.

—Cosas mías, estoy ocupado —digo de mal humor—. ¿Se les ofrece algo?

—Solo veníamos a entregarte las sugerencias que dejaron los demás para que escojas las que más creas convenientes —me informa mi madre.

—No necesito hacer eso, son sus leyes, háganlo ustedes —digo molesto.

—Hijo, tienes que entender… —inicia a decir mi madre.

—Mamá, estoy realmente ocupado —la interrumpo de nuevo—. Por favor, ¿pueden dejarme a solas?

—Sí, sí, está bien —dice papá retrocediendo—. Todavía estás molesto, pero cuando hicimos aquello no pensábamos tener hijos.

No digo nada, solo lo miro. Sé que quiere explicar lo inexplicable. ¿No pensaban tener hijos? ¿Entonces qué soy yo? Pero prefiero callar, después de todo ellos solo me hicieron y me dejaron con mis abuelos, que fueron mis verdaderos padres.

—Ya veo, ahora necesito estar solo —digo con frialdad.

—Ya nos vamos —dice mi padre desde la puerta—. Asegúrate de estar mañana en el campo de golf a las ocho de la mañana con tus hijos.

—Allí estaré, ¿algo más? ¿No? Buenas noches —los despido con desagrado.

Bajo la cabeza dando a entender que la conversación ha terminado. Se miran entre sí y se alejan, sintiendo que otra vez he levantado una barrera entre nosotros. Estoy realmente desconcertado con todo lo que leo en estos documentos que me dejó mi abuelo.

Unos pequeños toques en la puerta hacen que levante la cabeza para ver a mis hijos Kenet y a Alessia, quienes caminan hasta detenerse frente a mi buró. Los miro interesado en saber lo que tienen que decir.

—Papá, no importa lo que decidas, nosotros confiamos en ti, no como el Capo di tutti i capi… —inicia a hablar Alessia.

—Tampoco como el dragón negro, el Uno —continúa Kenet—. Sino como lo que eres, que es el mayor título para nosotros.

—¿Otro título? —les pregunto curioso.

—Sí. El de nuestro padre, ¡confiamos en ti, papá! —dicen ambos al mismo tiempo y Kenet continúa—. Decidas lo que decidas, sabemos que lo haces porque conoces cuál es nuestra verdadera felicidad. Te amamos, papá.

Me quedo observando a mis dos hijos que me sostienen la mirada y una gran sonrisa se abre paso en mis labios.

Me pongo de pie de un salto y corro a abrazarlos sintiéndome el hombre más afortunado del mundo.

Es precisamente lo que necesitaba; he estado temiendo que ellos se resistieran, que se pusieran en mi contra.

Pero aquí están los dos, demostrándome el gran amor y confianza que me tienen. Los beso a ambos, recibiendo lo mismo de ellos, para luego ir a sentarme en el gran sillón en medio de los dos.

—Gracias, muchas gracias por hacer eso. No saben cuánto lo necesitaba —les digo sin soltar sus manos—. ¿Entonces, quiere decir que no importa lo que yo decida, aunque no entiendan, me apoyarán?

—Sí —contestan ambos.

—¿Aunque sientan que voy a separarlos de sus amores? —inquiero de nuevo.

—Sí —vuelven a responder al unísono Alessia y Kenet—, pero venimos a proponerte algo que se nos ocurrió a todos los jóvenes. ¿Quieres escucharlo? Si no estás de acuerdo, no lo haremos.

—Muy bien, díganlo —acepto pensando que al menos les debo eso—. Estoy abierto a sugerencias antes de llevar la mía a cabo.

Kenet se pone de pie con alegría mientras me pide permiso para llamar a su ahora primo Alexander.

Frunzo el ceño sin entender, me asombra ver que ya han aceptado al hijo de Rufo como uno de ellos y eso me alegra.

Ese chico se ve que es tan inteligente como su padre, y lo más importante: ha vivido y sufrido en el mundo negro de la mafia más que mis hijos.

—Nuestro primo es un genio como el tío Rufo, ¿podemos? —insiste Kenet.

—Está bien, los escucharé a todos, háganlos pasar —digo, mi agudo oído ya me había avisado que fuera del despacho había más de uno.

—¿A todos? —pregunta mi hijo. Asiento extrañado—. De acuerdo, los haré pasar.

Vuelvo a sentarme detrás de mi despacho y miro cómo, de a poco, los hijos de todos los jefes mafiosos que asistieron a la fiesta entran y se quedan de pie porque apenas caben.

—¿Qué significa esto? —pregunto ahora realmente asombrado.

—¡Los dragones jóvenes te saludan! —dicen todos al mismo tiempo, estremeciendo la casa.

—¿Kenet? ¿Alessia? —los llamo al ver cómo, junto a Alexander, se arrodillan delante y bajan la cabeza—. ¿Qué significa esto?

—Papá…, perdón, mi Capo —comienza a hablar Kenet—, somos la nueva generación de dragones. Venimos a hacer firme nuestro apoyo al dragón negro, nuestro Uno, y a solicitar la revocación de las antiguas leyes que surgieron cuando se fundó esta institución por tus padres.

—¿Eh? ¿Quieren abolir todas las leyes? —pregunto realmente sorprendido.

Guardo silencio mientras los observo a todos. Son en verdad unos jóvenes admirables. Giro mi cabeza hacia la puerta que se abre en ese momento. Ahí se encuentra Rufo, sostenido por el capo Cian y el Lobo, con Franco a su lado. Me pongo de pie de un salto y voy a su encuentro preocupado.

—Rufo, ¿qué haces aquí? —pregunto mientras lo ayudo.

—Disculpa, Ale, esto no me lo podía perder —dice con voz débil—. Primero debo sentarme.

Diciendo esto, avanza despacio hasta sentarse en el sillón en el que siempre lo hace en mi despacho, a mi derecha. Espero pacientemente a que se acomode y me quedo guardando silencio, porque, como siempre, deseo escuchar su opinión.

—Terminen de decirnos su idea —les pide Rufo a los jóvenes—. Quieren derogar las antiguas leyes, ¿es eso? ¿Qué más? Estoy seguro de que tienen más —agrega mirando de frente a su hijo, quien baja la vista.