232 . SOLO NECESITAS SER TÚ
EL BISABUELO:
En el gran salón, miro a los que se han quedado dando ideas de cómo debería efectuarse la competencia para la elección de las parejas de los chicos, junto a mi hijo y mi nuera Camil.
Me pongo de pie despacio, sin decir nada.
Me alejo rumbo al despacho cuando veo cómo se acerca mi nieto Alessandro.
Lo sigo, y sin decirle nada, me dirijo a la caja fuerte, la abro y le doy un libro.
—¿Y eso, abuelo? —pregunta sin entender.
—Creo que eso te va a ayudar —digo con un suspiro—. Hijo, solo quiero que sepas que te apoyaré en cualquier cosa que se te ocurra hacer.
—Abuelo, yo… —sé que no aceptará nada de eso que le quieren imponer sus padres.
—No me digas, no quiero saber —lo detengo—. Estoy de acuerdo, es lo único que te dije. Léete lo que hay dentro de ese sobre amarillo dentro de ese libro, es mi manera de pedirte perdón, Ale.
—¿Qué quieres decir? ¿Perdón por qué? —pregunta intrigado.
No le contesto de inmediato porque siento que una vez más le he fallado a mi querido nieto. Me adelanto y le doy un abrazo que me devuelve preocupado. Cuando me separo lo miro fijamente.
—Quiero que sepas que hace mucho que he querido decirte esto, Alessandrito —tomo aire y doy un paso atrás—: ¡Me equivoqué, hijo, me equivoqué!
—¿Abuelo, te sientes bien? ¿En qué te equivocaste? —pregunta Alessandro inquieto por mi comportamiento, que no entiende.
Estoy avergonzado y muy arrepentido de lo que he hecho con mi nieto. Pero ahora no puedo hacer nada. Lo hecho no puedo revertirlo, pero no lo dejaré solo en esta contienda. Pensé que mi hijo y mi nuera no le impondrían nada, pero esto va más allá de lo que puedo soportar.
—Lee lo que hay en el sobre, hijo, solo eso.
Te quiero, mi nieto, y estoy de acuerdo en que tus hijos son tuyos, solo tú tienes el derecho a decidir su futuro —le digo sintiendo cómo todo el cansancio de mi vida cae sobre mis hombros—.
Ahora voy a acostarme, me siento realmente cansado.
Por si no despierto, Alessandrito, quiero decirte que mi mayor felicidad fue tenerte en mi vida entera conmigo.
Tanto tu abuela como yo fuimos realmente muy felices porque te teníamos alegrando nuestros días.
—Abuelo, me das miedo, ¿estás seguro de que estás bien? —pregunta enseguida angustiado—. Tal parece que te estás despidiendo de mí.
Lo estrecho de nuevo en mis brazos negando con la cabeza. Solo aprovecho para decirle lo que tengo en mi corazón guardado desde siempre, y que lo dejo para después sin ponerlo en palabras y no quiero guardarlo más.
—Te pido disculpas por no haber sido un mejor abuelo y ayudado a librarte de toda esta locura.
No te equivoques como yo, Ale, ¡no lo hagas!
¡Son tus preciosos hijos, y el futuro de todos los hijos de esas personas!
—le digo con vehemencia—. No permitas que te quiten ese derecho de padre, ¡no lo hagas!
Porque si lo haces, te arrepentirás la vida entera, porque no solo perderás esa batalla, sino a tus preciosos hijos y no lo vale, Alessandro, no lo vale.
—Abuelo, ¿seguro te encuentras bien? —pregunta de nuevo con aprensión.
—Sí, sí, solo…, ¿puedes…? —me detengo sin fuerzas—. Olvídalo, mañana será un nuevo día, hasta mañana, Ale, y no olvides quién eres.
Mi nieto se me queda mirando fijamente. Me toma por un brazo, nervioso de que me caiga. En verdad siento cómo las fuerzas me abandonan. Creo que no me quedan muchos días de vida, pero no quiero irme sin asegurar que él siga viviendo bien con su familia.
—¿Qué quieres decir, abuelo? Me estás asustando —pregunta Alessandro.
Me detengo en mi lento andar rumbo a la puerta. Le coloco ambas manos en sus hombros para que me mire directamente a los ojos.
—¡Eres mi nieto y heredero, Alessandro Minetti! —enfatizo mis palabras—. No necesitas de títulos para ser quien eres, solo tu nombre nada más para sentirte orgulloso. Puedes hacer lo que quieras, que siempre serás quien eres desde que naciste. Buenas noches, Ale.
—Espera, abuelo —me detiene y me da un fuerte abrazo.
Luego me acompaña a mi habitación. Me siento en verdad sin fuerzas, por eso no protesto. Me ayuda a cambiar de ropa, mientras me cuenta cómo están Miguel y Rufino de sus heridas. Al terminar me acuesta y me arropa con cariño.
—Ahora descansa, abuelo —va a marcharse, pero regresa—. Ah, abuelo… ¡No te atrevas a dejarme todavía, más ahora que te voy a tener mucha necesidad!
—No lo haré si Dios quiere, tengo que ver qué sale de Alessia y Gianpiero —contesto tratando de tranquilizarlo—. Hacen una linda pareja. Vete a hacer lo que debas, hasta mañana, hijo, y recuerda, sé y demuéstrales a todos quién eres, solo necesitas eso.
—Gracias por el consejo, abuelo, me hizo mucho bien.
Ahora te dejo descansar, mañana hablamos.
También te quiero y toda mi vida, a pesar de las cosas que te he dicho molesto, he estado consciente que fuiste para mí mi padre, madre y abuelo —me dice en lo que se inclina y me besa en la frente—.
Y lo sigues siendo, eres mi mejor amigo y confidente.
Me siento muy afortunado de tenerte, abuelo, así que no te atrevas a dejarme, no estoy listo aún para verte partir. Feliz sueño.
—Buenas noches, hijo —lo despido cerrando los ojos.
Escucho cómo aprieta el botón que convierte la habitación en impenetrable. No sella la puerta, porque sabe que no ha venido Lara. Tenemos una relación armoniosa, no de pareja, más bien de hermanos confidentes, y en los últimos tiempos ella se queda conmigo para cuidarme.
—Buenas noches, Ale, ahora sí puedes cerrar, traje de todo —dice Lara.
—Buenas noches, mi suegra —los escucho hablar—. Cuídalo mucho, no lo veo bien. Cualquier cosa me llama de inmediato.
Echo una última mirada a mi nieto antes de que cierre herméticamente la puerta.
Estoy tranquilo de que Lucila haya asegurado mi habitación como si fuera un búnker.
Así él no se preocupa por mi seguridad. Me siento realmente cansado de esta vida.
Sólo ruego a Dios y a la Virgen María que me dé unos días más para ayudarlo a salir de esto.
Solo un tiempo más. No lo puedo dejar solo, esa mujer… No debí guardar esa información yo…
—¿Qué tienes, Minetti? —la voz de Lara me hace abrir los ojos—. ¿Qué sucede que todos tienen cara de pocos amigos? ¿Están muy mal Rufino y Miguel? Lily me dijo que habían salido bien de la operación y estaban fuera de peligro, o me engañó.
—Ellos están bien —contesto tratando de sonar firme—. No tengo nada, solo un poco cansado.
—¿Estás seguro? Tu nieto salió con expresión de miedo —sigue diciendo mientras pasa su mano por mi cabello—. No me ocultes nada, si te sientes mal dilo para llamar a Lily.
La miro agradecido de tener una amiga como ella en estos últimos años de mi vida. Le estoy realmente agradecido por todo el cuidado que me dedica. Pero... ¿cómo decirle que estamos a punto de entrar en una guerra de la que no sé si saldremos ilesos?