231 . NO LO ACEPTARÉ
ALESSIA:
Otra vez todos me observan con incredulidad.
Sé que no me conocen bien, yo siempre he ido en contra de papá en apariencia, pero en realidad he comprendido por qué papá me entrena tan fuerte, me cuida como lo hace.
Él me adora y solo piensa en mi bienestar.
Me giro hacia mi nuevo primo Alexander, que me observa con admiración y curiosidad.
—En cuanto a ti, Alexander, dudo mucho que el tío Rufo te lo haga a ti —miro a Filomena y Alexcía—.
Y tampoco creo que padre Franco les haga eso a ustedes, chicas.
¡Él es Francesco Rinaldi, el coronel que creó y dirige al cuerpo élite de la muerte de mi padre!
¡Jamás permitirá una cosa como esa, al igual que mi papá! Debemos confiar en nuestros padres.
—¿Y qué crees que puedan hacer? —pregunta Alexcía—. ¡Tú papá está solo en contra de todos esos mafiosos y sus padres!
No respondo de inmediato, porque en verdad no sé lo que hará, pero confío en mi padre y lo apoyaré en todo lo que decida.
Me giro para enfrentar a mi hermano que ha permanecido en silencio con los brazos cruzados observando a todos.
Aunque es el heredero de papá, yo soy la hermana mayor y me siento con la responsabilidad de guiarlo.
—Quita esa idea de rebelión, Kenet, porque yo estaré al lado de papá, lucharé en contra de todo el que lo ataque —aseguro con firmeza. Luego enfrento a mi novio—. Estaré al lado de papá, aun cuando tenga que perderte, Gian. ¡Jamás traicionaré a mi padre! ¡Jamás!
—¡Ni yo tampoco, mi hermana! ¿De dónde sacaste que lo iba a traicionar?
¡Confío en papá más que en mí mismo, solo quiero ayudarlo!
—vocifera Kenet molesto con una vehemencia que hace que mi corazón salte acelerado—.
Se los dije a ellos cuando me lo dijeron, y vine porque me dijeron que de seguro tú aceptabas.
Quería ver hasta dónde yo había dejado de conocer a mi hermana mayor, estaba seguro de que responderías así.
¡Yo, sin importar las leyes esas de mis abuelos, apoyaré a mi padre en todo lo que decida hacer, porque como tú, sé que no dejará que nadie nos imponga nada, somos sus hijos! ¡De nadie más!
La emoción me invade, las lágrimas asoman a mis ojos, pero no las dejo rodar.
Me lanzo a los brazos de mi hermano porque no me ha decepcionado.
Casi me da un infarto al escucharlo decir que iban a ir en contra de nuestro padre.
Me estrecha muy fuerte ante el silencio y las miradas de todos.
Cuando al fin nos separamos, nos miramos fijamente unos segundos.
—¿Entonces por qué dijiste eso cuando entraste, que iban a ir en contra de papá? —pregunto todavía sin comprender—. Me diste un susto de muerte.
—No nos entendiste, mi prima —se adelanta Alexander—. Tenemos un plan para ayudar a nuestros padres a resolver este lío.
—¿Y cuál es ese plan, si se puede saber? —pregunto con recelo—. Explíquenlo bien, pero repito: ¡Nada de traicionar a papá!
Todos guardan silencio mientras buscan dónde sentarse para poder hablar con libertad. Lo hago en mi cama junto a las chicas, los hombres se acomodan en los sillones y de inmediato exponen el plan en que están trabajando. Aunque no sé si va a funcionar, creo que nada se pierde con probar.
ALESSANDRO:
Bajo al sótano a buscar a Rufo, que permanece acostado mientras analiza todas las cosas que escucha que dijeron en la reunión en el salón, que Lucy tuvo a bien ponerle en una pantalla por orden mía. Aunque no puede moverse, lo necesito informado de todo para poder deliberar juntos.
—¿Y qué decidiste? —pregunta al ver mi cara—. Lo que sea no tienes que preguntarme, estoy como siempre a tu lado.
—¡Y yo también! —dice el capo Cian entrando seguido de otros capos.
—Y a nosotros no nos dejen afuera —habla Franco entrando en compañía del Lobo.
Me siento despacio en la silla al lado de la cama en que descansa Rufino.
Los demás toman asiento donde pueden. Paso una mano por mi cabello, estoy muy molesto porque mi madre me ha escondido todo esto.
Pero más porque siento que ella me esconde mucho más de lo que ha dicho.
Es una extraña sensación que tengo cada vez que la miro fijamente y que no logro definir y eso me llena de incertidumbre.
—Esto es un asunto muy serio que tiene que ver con mi familia.
Yo no voy a permitir jamás que vendan a mis hijos, cuésteme lo que me cueste —digo muy serio—.
He hecho demasiados sacrificios, pero en ese no estoy de acuerdo en hacerlo.
¡Jamás dejaré el destino y felicidad de Alessia y Kenet en las manos de otros, y mucho menos de una competencia!
—¡Ni yo tampoco! —asegura Franco con vehemencia—.
Mis hijas escogieron a sus novios, y yo no las obligaré a casarse con nadie que no conozca, y se las lleven lejos de mí.
Yo todavía no he jurado completamente, así que no me cuesta nada salir de esta organización.
Pero empeñé mi palabra contigo, Alessandro, así que mientras lo que hagas sea para defender a nuestros hijos, ahí estaré.
Resoplo al escuchar su lealtad. Es el mismo sentimiento que tengo yo, para mí es suficiente que mis padres me hayan obligado a ser un mafioso sin necesidad de serlo.
Es algo con lo que aún lucho por entender.
Por lo que no estoy dispuesto a ceder en lo referente a mis hijos.
Ya los tengo viviendo en esta vida llena de peligros, para ahora no permitir que se casen con sus parejas elegidas.
Aunque tenga que acabar con toda esta locura.
—Y yo también —dice el capo Cian—. Y no lo hago porque mi hijo Gianpiero sea el que está metido en la querella.
Sino, porque en verdad ese condenado muchacho ama a su hija, mi Capo, me lo demostró con creces.
Y estoy seguro de que si hacen esa competencia saldrá victorioso, lo he entrenado muy bien.
Sin embargo, creo que esa ley está muy mal.
—Señores —interviene el Lobo—, recuerdo cuando aparecieron sus padres, mi Capo.
Usted asumió el cargo del Uno al año porque su padre se lo cedió.
Hasta ese momento no sabíamos nada de eso, solo se seguían las extrañas costumbres de los más viejos, a quienes tú, Rufo, relevaste por sus segundos al mando. ¿Por qué no vuelven a hacer lo mismo?
Niego con la cabeza comprendiendo muy bien lo que quiere hacer. Fue una jugada maestra en aquel entonces, pero que ahora es imposible. Porque esos segundos que subimos se han mantenido fieles a mí. No han fallado en nada, y su cambio no resuelve la situación.
—No, Faddei, esto es diferente —explico de inmediato—. Yo sé cómo voy a hacer. Estoy decidido a todo, aunque debo hablar con mis hijos primero.
—Ale, desde ahora te digo que no casaré a mi hijo con Alessia —dice Rufo—. Alexander se merece conocer el amor, y mi sobrina ya lo encontró. Así que analicemos todo muy bien.
—No te preocupes, Rufo, yo sé lo que tengo que hacer —aseguro mirando a todos inclinar la cabeza jurando que me seguirán en lo que decida hacer.
Mi corazón está oprimido ante esta situación que no me esperaba. También porque la sospecha de que mi madre me oculta algo no se desvanece, todo lo contrario, crece cada vez más. Esa oscuridad que vi en su mirada no auguraba nada bueno. Mis instintos no pueden engañarme.