¡Ups, me equivoqué papá, me equivoqué! (SERIE ¡UPS! nº 3) 230 . CONFÍO EN MI PADRE
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230 . CONFÍO EN MI PADRE

ALESSIA:

Después de todo lo sucedido en el salón, lo he llevado a mi habitación todavía asustada de ver cómo por poco matan a mis padres y ver que hirieron a mis tíos.

Sobre todo, me aterra la idea de lo que dijo mi abuela Camil de que tenía que casarme con algún hijo de los que conforman la décima de los dragones.

Ya se me olvidó la molestia de antes por haberme engañado y no decirme que era el hijo mayor del capo Cian, mi prometido.

Al cerrar la puerta, lo abrazo y beso desesperada.

—¿Qué vamos a hacer, Gian? —pregunto sin encontrar la solución.

—¿Qué quieres decir? —dice Gian y sin soltarme—. ¡Eres mía y no te cederé a nadie!

—¡Casémonos ahora mismo! —digo tratando de buscar una solución irremediable.

—Cariño, ¿no confías en las habilidades de tu prometido?

Descuida, que yo saldré vencedor de esa prueba, ¡nadie es mejor que yo!

—asegura con una gran sonrisa—. Sobre todo, ahora que debo competir por mantenerte conmigo.

¡Ganaré, cariño! ¿Ya dejaste de estar molesta?

Te digo que no fue mi idea, sino de tu padre.

—Estoy muy nerviosa para pensar en eso —digo saliendo de sus brazos—. La suerte es que Alexander me dijo que me quiere como hermana, en última instancia me puedo casar con él y seguir contigo.

Gian se gira al escucharme, sé que en mi miedo estoy hablando cosas sin pensar. Pero me aterra la idea de que se haga realidad lo que he temido toda mi vida: casarme con un mafioso desconocido.

—¡¿Qué locuras dices, cariño?! —me detiene Gian por un brazo—. ¡Solo serás mi mujer, de nadie más! Ven aquí, te lo demostraré ahora mismo.

—¿Qué…, qué…, qué pretendes hacer, Gian? —pregunto asustada mirando cómo está muy decidido—. No estarás pensando hacer lo que me imagino.

—¿Por qué no? ¡Eres mi mujer! —dice para mi sorpresa—. Déjate, cariño, así nadie podrá robarte de mí. Entrégate a mí, Alessia, por favor.

Y mientras ruega, me llena de besos, caricias y abrazos, volviéndome loca.

Estoy tan alterada por todo lo sucedido las últimas horas, que no puedo concentrarme en sentir a mi novio.

Cierro los ojos queriendo dejarme llevar por la inmensidad de placer que me hace sentir Gian, pensando que a lo mejor es eso lo que necesitamos hacer para detener esta locura.

Alguien toca a la puerta repetidamente, haciendo que nos separemos.

Voy y abro para ver a mi primo Alexander y mi hermano Kenet delante de un grupo.

—¡Tenemos que hablar! —dice mi hermano.

Y sin esperar que responda, ambos se introducen sin más en la habitación seguidos por mis primos Lucien, Laurent y mi cuñado Giancarlos. También veo a Bosco, Filomena y Alexcía, que cierran la puerta con seguro.

—¿Qué hacen todos aquí? —pregunto arreglando mi ropa.

—Vamos a ir en contra de papá —anuncia Kenet.

—¿Qué? ¿Te volviste loca? —grito sin poder creer lo que escucho—. ¡Jamás voy a ir en contra de papá, jamás! ¡Olvídalo!

—¿Aunque te obligue a dejar a Gianpiero? —pregunta mi hermano.

Me quedo observando a todos, pero sobre todo a mi hermano ante la pregunta que me ha hecho. Me acerco hasta estar a solo un paso de él, mirándolo a los ojos fijamente, le formulo una pregunta:

—¿No confías en nuestro padre?

—¿Por qué me preguntas eso? —protesta de inmediato—. ¡Sabes que sí lo hago!

—¿Alguna vez nuestro padre ha dejado que alguien más dirija nuestras vidas? —sigo preguntando con seriedad.

—No, pero… —tartamudea Kenet.

—¡No hay peros! Ni siquiera mamá lo ha logrado. Nuestro padre, Alessandro Minetti, el Capo di tutti i capi, el dragón negro, el Uno —digo bien alto mirando a todos ahora muy segura al sentir la necesidad de proteger a mi padre— tiene una gran virtud y al mismo tiempo un gran defecto.

—¿Y cuál es esa virtud-defecto que mencionas? —pregunta Alexander.

—¡Nadie puede meterse con sus hijos! —aseguro con vehemencia.

A pesar de que hasta hace un segundo yo misma estoy temiendo lo peor, escuchar a mi hermano decir que va a traicionar a papá me despierta.

No puedo dejar que eso suceda, jamás traicionaré a mi padre aunque pierda a Gian.

Sé que todos no me comprenden, pero yo, Alessia Minetti, estaré siempre al lado de mi padre.

Todos me miran asombrados. Pero eso a mí no me importa, buscaré otra manera de estar con Gianpiero, pero nunca traicionaré a papá.

—¡¿Qué?! ¿Cómo puedes decir eso, Alessia? —interviene Filomena—. ¡Te castigó de la peor manera cuando te mandó a Sutera! ¿Cómo puedes defenderlo y pensar que no te va a obligar a cumplir con esa ley?

—Es verdad que me castigó, Filo, y me lo merecía —digo con sinceridad—. Tal vez pudo enseñarme de otra manera, pero ahora sé que lo que hizo dio resultado conmigo. Aun así confío en mi padre.

—¿Confías? —se burla Laurent—. ¡Te ocultó todo este tiempo que te había comprometido con Gian!

—Ese es uno de los motivos por el que confío en él.

¡Sabía exactamente que Gian era mi felicidad antes que nosotros!

—sigo defendiendo a mi padre con pasión—.

No quería que entráramos a esta relación sin estar convencidos de que nos amamos más que a nadie en el mundo, que no cederíamos por ninguna presión que nos hiciera.

Estoy segura de que mi padre luchará para que nosotros seamos tan felices como lo son él y mamá, lo mismo que todos nuestros padres. ¡Estoy segura, confío en mi padre!

Se hace un gran silencio ante mis palabras. Mi hermano Kenet me mira fijamente sin decir nada. Todos los demás intercambian miradas entre ellos. Puedo percibir que se sienten incómodos con mi actitud. Gianpiero se coloca a mi lado como dando a entender que está de mi parte.

—¿Cómo puedes estar tan segura de que no los obligará a acatar esas leyes locas de tu abuela? —pregunta mi primo Lucien sin dejar de jugar con su teléfono—. No podemos perder tiempo.

—Yo sé que puedo salir vencedor de esas competencias —interviene Gianpiero—. Apoyo a Alessia, nunca debemos de ir en contra de nuestro Capo, es un error.

Sonrío al escuchar a mi novio estar de mi lado. Aunque sigue diciendo que participará en esa competencia que dijo mi abuela por mi mano. Pero yo he empezado a desconfiar de esas extrañas leyes que ella saca a cada rato.

—Puede que ustedes al final lo logren. ¿Y nosotros?

Porque para que tengan conocimiento, según nos enteramos, no solo son ustedes dos —interviene Filomena—.

Todos los hijos de la décima también están sometidos a ese proceso, y yo no voy a aceptar casarme por mucho que papá sea ahora uno de ellos, con otro que no sea mi Bosco.

—¿Confías en padre? —pregunto muy seria.

—¡Claro que confío! —responde Filomena—. ¿Qué tiene que ver eso? Papá es nuevo en esto, de seguro hace todo lo que le digan.

No digo nada de inmediato. Miro a Filomena, aferrada a la mano de Bosco, con su hermana menor Alexcía a su lado, mirando a mi hermano Kenet con miedo. No puedo estar segura de nada, pero no permitiré que ninguno de ellos vaya en contra de papá. Por eso doy un paso hacia ella con firmeza.

—Filo, veo que en verdad no confías. Hazlo pronto, porque nuestros padres son iguales —digo con seriedad—. Ustedes hagan lo que quieran. Yo, Alessia Minetti, el dragón dorado, sé que mi papá, ¡jamás! Escuchen bien, ¡jamás aceptará que nadie le imponga nada a sus hijos!