¡Ups, me equivoqué papá, me equivoqué! (SERIE ¡UPS! nº 3) 228 . EL ATAQUE DE LOS TRAIDORES
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228 . EL ATAQUE DE LOS TRAIDORES

ALESSANDRO:

Mis hombres, dirigidos por Franco, neutralizan a todos inmediatamente ayudados por los demás dragones que no son traidores. Mientras tanto, Lilian solo aprieta el pecho de Miguel, mirando aterrada el cuchillo clavado en él, al tiempo que yo trato de ayudarla.

—Perdón, papá, perdóname. Con la alegría olvidé estar alerta, me sentía seguro aquí.

Perdóname, papá. ¡Migue, papá Migue, despierta!

¡Lo mataron, papá, lo mataron por mi culpa!

—llora Alexander corriendo de uno a otro de sus dos padres, con el miedo reflejado en su rostro—.

¡Que alguien haga algo, no dejen morir a mis papás!

—¡Cálmate, Alexandrito! No van a morir —le digo, aunque en realidad no estoy seguro de nada—. ¡Lily, reacciona, o muere tu mejor amigo!

Lilian, que solo aprieta el pecho de Miguel tirado inconsciente en el piso, se gira hacia Kenet, quien corre a ayudarla.

—Mamá, ¿dime dónde aprieto? —pregunta mi hijo arrodillado a su lado, tratando de colocar sus manos—. ¡Mamá!

—¡Van a morir por mi culpa, mi Capo! ¡Hagan algo! —sigue diciendo Alexander, ahora arrodillado al lado de Rufo apretando la herida—. Papá, perdóname.

—Hijo, cálmate, todo va a estar bien, no es serio —le dice Rufo al ver cómo va de su cuerpo al de Miguel, aterrorizado—. Lily, encárgate de él, no dejes que muera. ¿Es muy grave? ¿Por qué está inconsciente?

—Parece grave, Rufo. Tengo que operarlo ahora mismo. Y deja que te vea a ti —al fin Lilian reacciona.

—¡No! ¡Salva a Migue, yo voy a estar bien! —insiste Rufo—. Mi hijo me operará con mi guía. Alessandro, bájanos al sótano.

—¿Estás seguro, Rufo? —pregunto dudando de lo que acaba de decir—. Mejor te llevamos al hospital.

—No hay tiempo, yo sé que mi hijo puede —asegura.

Alexander se queda mirando a su padre con la boca y los ojos muy abiertos. Luego dice que no con la cabeza, asustado.

—¿Papá, cómo voy a poder yo? ¡No sé nada de medicina! —dice Alexander, que aprieta la herida—. ¡No puedo perderte, papá, no puedo! ¡Eres mi salvación!

—Y no lo harás si haces exactamente lo que te diga —asegura Rufo colocando una mano encima de las de su hijo—. Vamos, confío en ti, Alex.

No espero más, me pongo de pie y le ordeno que los trasladen al sótano como me lo pidió Rufo, seguidos por Lilian y un Alexander asustado.

Al llegar los acuestan en las camas de metal, donde poseemos todo lo que les hace falta.

Aunque esto está preparado para torturas, también lo utilizamos para curar y operar a nuestros hombres.

Lilian ya ha entrado en su modo doctor y se hace cargo de dirigir todo.

—Rufo, lo de Migue no es serio, solo le entró por el punto ciego del pecho, pero ha perdido mucha sangre —informa Lilian luego de hacer una evaluación rápida—.

Espera, lo opero a él y luego a ti. Alessandro, llama a tu hermana Alexa para que venga a ayudarme.

Kenet, tú tienes que donar sangre, tienes el mismo grupo sanguíneo que ellos.

Que Alexa le haga la prueba a los demás, necesitamos sangre urgente.

Todos nos ponemos en acción. Yo llamo a Humberto y a mi hermana Alexa para que haga lo que pide Lilian. No me gusta para nada esto, pero confío en Rufo, si él dice que su hijo puede ayudarlo, le creo.

—¿Qué haces, Rufo? —escucho cómo lo regaña Lilian. Me giro y veo cómo intenta sentarse en la camilla—. Espera, no es profunda tu herida pero es muy peligrosa, está muy cerca de tu corazón. Te operaré a ti primero.

—No, Lily, mi hijo puede sacarme ese cuchillo de mis costillas —se niega Rufo, que quiere ir a ver a su pareja que sigue inconsciente—. Ale, manda a traer sangre del hospital del grupo de Migue y mío.

—De acuerdo, Rufo, tengo que subir a ayudar a Franco y a los demás —digo, de acuerdo con él. Ni gravemente herido deja de pensar en todos los demás—. ¿Vas a estar bien? ¿Seguro?

Rufo dice que sí con la cabeza asegurando que él controlará todo junto a Lilian mientras yo me marcho a organizar todo el lío que dejamos arriba.

Aunque dejé a Franco y a Humberto, tengo que estar presente.

Me mortifica lo que dijeron mis padres de esas extrañas leyes para casar a mis dos hijos y al de Rufo.

—Alexandrito puede atenderme —sigue diciendo al ver mi duda—. Vamos, Alex, sé que puedes, hijo. Me dijeron que tienes unas manos muy firmes.

—¿Ya te enteraste de quién soy, papá? —pregunta Alexander con un deje de tristeza y vergüenza reflejado en su rostro, bajando la mirada ante Rufo, quien le levanta la cabeza con una mano obligándolo a que lo mire a los ojos.

Me detengo al ver el rostro lívido de Alexander.

Aunque el Lobo nos contó la genialidad que heredó de su padre, es cierto que no ha estudiado medicina, y no estoy seguro de que pueda.

Pero la mirada que me dedica Rufo me dice que es una prueba que quiere hacerle.

Coloca una mano en el hombro de su hijo con firmeza.

—¿Por qué me preguntas eso? ¡Claro que me enteré, eres mi hijo!

¡Eres el descendiente de uno de los mejores cirujanos que existen y se siente muy orgulloso de que hayas heredado su gran habilidad!

—dice con enorme satisfacción—. ¿A eso te refieres?

Vamos, ayúdame, si haces exactamente lo que te digo, lo harás bien.

Alexander no dice nada de inmediato. Sigue apretando la herida de su padre mientras lo mira con dudas y esperanza. Pero la mirada tranquila de Rufo me dice que es verdad.

—¿Estás seguro, papá? —pregunta ahora con el rostro iluminado—. Salí a ti, ¿verdad?

—Sí, confía en mí, hijo, como yo lo hago en ti —contesta Rufo con convicción.

—De acuerdo, lo haré, papá, no te defraudaré —dice al fin Alexander con expectación—. Dime qué hacer y lo haré exactamente sin equivocarme. Soy tu hijo y seré un gran cirujano como tú, te lo prometo.

Subo a dar órdenes y regresar de inmediato, no quiero dejarlos solos.

Cuando regreso los veo enfrascados en realizar la operación.

Rufo, que se observa por un gran espejo, dirige a su hijo, que ejecuta con tremenda precisión todo lo que le indica.

Sonríe satisfecho; ahora sí cree en lo que dijo el Lobo, estoy seguro de que hará de su hijo un gran cirujano.

Me percato de que sabía que su herida, aunque grave, no ponía en peligro su vida: solo quería probar a Alexander. Al terminar, el chico corre a ayudar a Lilian, pues la intervención de Miguel sí es un poco más seria.

—Se pondrá bien, Alex, no lo mires así —le dice Rufo al ver cómo le pasa una mano por la frente con lástima—. Miguel tiene una constitución fuerte.

—Me salvó, papá —solloza Alexander, que ahora me parece un chico asustadizo—. Migue no dejó que me mataran, ni tú tampoco. ¿Cómo pudiste saber que no era un plan mío, que no era un traidor?