¡Ups, me equivoqué papá, me equivoqué! (SERIE ¡UPS! nº 3) 226 . EN ALERTA
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FRANCO:

Me he mantenido fuera de la casa conversando con mis hombres. Los lleno de preguntas de cosas que quiero saber de este mundo de la mafia. Ellos me las responden honestamente; confían en mí como su coronel ciegamente. En un momento me detengo y miro hacia la casa.

—Humberto, ¿conoces a aquel hombre que ves allá? —le señalo a uno vestido de traje azul oscuro, cuya manera de observar a todos parece realmente sospechosa.

—Sí, es un capo de Sicilia, ¿por qué? —me contesta Humberto.

—No lo sé —digo pensativo sin dejar de observar al extraño—. Sabes que mis instintos nunca me fallan; me parece haberlo visto en Sutera con el alcalde. ¡Bosco, ven acá!

Llamo a mi yerno que al escucharme viene corriendo a mi encuentro. Sé que él vio a todos los enemigos que se reunían en Sutera, tengo la sensación de que lo he visto antes.

—Mira a aquel hombre, ¿lo conoces? —señalo al tipo que todavía no se ha dado cuenta de que lo observo.

—Sí, es amigo de papá desde que tengo uso de razón —contesta Bosco—. Vive en la capital de la isla de Sutera.

—¿Nunca lo viste metido con los dragones traidores? —inquiero de nuevo.

—Ahora que lo menciona, creo que sí —dice Bosco entrecerrando los ojos—. Era el que siempre estaba preguntando cosas a papá.

Me quedo en silencio pensativo. Le pido a mi yerno que no diga una palabra sobre él y que se mantenga alerta, sobre todo que no permita que lo vea. Si eso pasa, debe saludarlo como si nada. También le ordeno que no se separe de mis hijas.

—De acuerdo, mi suegro —asiente mirando a las chicas—. ¿Por qué no le pregunta a Alexander? El hijo del Consigliere Rufino. Era él quien los dirigía a todos, lo recuerdo muy bien.

Humberto y yo nos miramos. A una orden mía, todos los hombres se reparten por el gran salón que, por primera vez en muchos años, está abarrotado de dragones de todas partes del mundo con sus respectivas familias.

De a poco me acerco a donde mis hijas conversan felices con Alexander, sobre todo Alexcía, a quien se le nota que lo quiere de verdad.

—Kenet, tenemos un hermano en común —escucho que dice ella—, porque aunque Alex es hijo de tu tío Rufino, es mi primo hermano por parte de madre. Pero yo lo amo más que eso por ser el único que siempre impidió que mi mamá me maltratara y me vendiera.

—Te debo una, mi hermano mayor —dice Kenet—. ¡Diantres! ¡Cuánto daría porque lo fueras de verdad! Me caes muy bien, Alexander. Perdiste mucho tiempo, tenías que haberte hecho mi amigo desde mucho antes.

—Ahora me doy cuenta, hermano menor. No te preocupes, Kenet, te ayudaré en todo como hace papá con el tuyo —responde Alexander mientras le pasa el brazo por los hombros—. ¿En serio no quieres ser el Uno?

—No, si papá lo permite, te pasaré ese cargo a ti si lo aceptas —dice Kenet con naturalidad.

Alexander sonríe; puedo ver que, aunque ellos lo tratan con normalidad, todavía se siente un poco incómodo. No deja de observar alrededor mientras le dice a su primo que recen juntos para que sus padres duren muchos años.

—Hablas como el tío Rufo —ríe Kenet con naturalidad—. Pareces más viejo de lo que eres.

—¿De veras me parezco a mi padre? —pregunta Alexander.

—¡No! ¡No te le pareces, eres su copia y hasta heredaste su inteligencia! —exclama Kenet mirando a su primo—. ¿Qué estudias?

—Administración de empresas, pero ahora lo estoy reconsiderando —dice Alexander.

—Es lo mismo que estudio yo, tenemos un mundo de negocios que dirigir en el futuro —dice Kenet—. ¿Por qué lo estás considerando?

—Ya casi termino esa carrera —contesta Alexander—. Pero ahora que encontré a papá, sé de dónde me viene cierta vocación y creo que estudiaré medicina.

Me quedo cerca, escuchando cómo siguen hablando sin percatarse de que están siendo rodeados por varios jóvenes.

Sin embargo, yo sí me doy cuenta y le hago una señal a mis hombres, quienes actúan de inmediato, hasta que vemos aparecer a Miguel.

Alexander, al verlo quedarse un poco detrás como si no quisiera importunarlo, lo llama.

—Ven acá, mi segundo papá. Siempre añoré tener un padre que me protegiera del mundo cruel y Dios me concedió dos —dice Alexander, haciendo que Miguel se coloque a su lado, aunque nota que está nervioso—. ¿Qué pasa, papá?

—Creo que estás en serio peligro —responde Miguel en voz baja—. ¿No te das cuenta de cómo te han rodeado y cómo te mira ese hombre vestido de azul oscuro?

—¿Aquí, en la casa del Capo? —pregunta Alexander con incredulidad.

—Hijo, te falta aprender mucho —explica Miguel—. ¿Por qué no invitas a todos a ir al despacho? Rufo quiere hablarte. Me pidió que te llevara, por eso me di cuenta de que te estaban rodeando.

—No te preocupes, segundo papá —contesta Alexander—. Sé que no lo sabes, pero soy muy bueno luchando.

No obstante, Alexander le hace caso y se va con todos al despacho.

Yo los sigo con la mirada y me tranquilizo al verlos entrar.

Luego me dirijo hacia donde el bisabuelo Minetti conversa sobre varios viejos dragones con su hijo y su nuera.

No me incorporo a la discusión; me parece que este encuentro entre todos estos mafiosos representa un gran peligro.

A simple vista se nota que son rivales entre ellos, y considero que la ausencia de Alessandro no es una buena idea.

A través del aparato que llevo en el oído, comienzo a dar órdenes para asegurar la protección de las familias, desplegando a mis hombres disfrazados de sirvientes e invitados alrededor de todos. Luego me comunico con Minetti:

—Creo, Alessandro, que estar escondido en tu despacho no es buena idea.

—¿Qué quieres decir? —me pregunta por el auricular.

—Tus dragones están a punto de echar fuego.

Sal ahora mismo —le pido con urgencia—. Mis instintos me dicen que se va a armar algo grande, lo puedo oler.

¡Vaya, tienes que salir ya! Tu esposa, el dragón rojo, ha salido vestida de una manera tan provocativa que los dragones la quieren para ellos. ¡Sal ahora mismo!

Alessandro, que iba a ponerse a resolver otros asuntos con otros mafiosos, al escucharme se pone de pie de un salto y sale casi corriendo del despacho.

Al llegar, ve a Lilian, quien ha bajado enfundada en un elegantísimo vestido rojo que acentúa muy bien su hermosa figura, con una gran abertura que deja asomar su larga pierna izquierda.

Ella se pasea por el medio de todos saludando a cada una de las familias invitadas.

Alessandro camina rápidamente para colocarse a su lado y rodea su cintura de forma posesiva.

De una sola ojeada, él comprende a lo que me refería.

Me mira y asiente. Pues, como siempre que se encuentran, estos hombres parecen querer matarse unos a otros.

La música suena en ese momento y veo cómo los padres de Alessandro se levantan: su papá completamente vestido de negro y su madre, Camil, de blanco.

Sin más, comienzan a ejecutar la coreografía de los dragones.

A un giro de la música, le ceden el puesto a Alessandro y Lilian, quienes continúan con una más complicada.

Esto no es bueno, me digo mientras pongo en alerta a todos mis hombres y los de Alessandro que obedecen. Mi instinto me dice que la cosa se va a poner muy fea.