224 . LA REUNIÓN EN EL DESPACHO
ALESSANDRO:
Miraba a estos dos hombres enfrentados con verdades que superan nuestra imaginación.
Yo, que desde niño fui entrenado para ser un mafioso, había enfrentado múltiples escenarios sangrientos y abusos de todo tipo.
Pero eso que acaba de decir Faddei hizo que se me erizara la piel.
Miré a Rufino, el hermano que había salvado, al que casi obligué por la deuda de gratitud a convertirse en mi segundo, y lo vi estremecerse violentamente.
Nunca antes había hablado de formar una familia y tener hijos.
Ahora, no solo le había aparecido uno, sino que había sufrido los peores maltratos.
¿Cómo iba a superar eso? Sus ojos rojos me dijeron que, como yo, quería venganza.
Él era un gran cirujano, y ahora al parecer su único hijo había heredado su genialidad, pero lo habían convertido en un cruel asesino.
—¡Es mi hijo! No hay dudas, Alexander es mi único hijo y lo educaré muy bien —aseguró Rufo enseñando los resultados de las pruebas de paternidad.
Faddei miró las pruebas de paternidad que le mostró Rufino mientras negaba con la cabeza. Era evidente que era una gran sorpresa para él como lo fue para nosotros. Le devolvió los papeles a Rufino mirándolo fijamente.
—Pues educa a tu hijo muy bien para que no te pase lo que a mí con Gregory, porque no solo hace eso: ¡tiene una fantasmal puntería con los cuchillos y con cuanta arma le caiga en la mano!
¡Me alegro mucho de que en verdad sea tu hijo, y que podrás ayudarlo a encaminar esa genialidad por el camino correcto!
—dijo Faddei con sinceridad—. Por eso mi hijo le tiene miedo, porque una vez estuvo a punto de matarlo cuando Gregory amenazó con coger a sus hijos, mi Capo.
¡Es un traidor mi hijo! Rufino, si no encaminas al tuyo, se volverá más de lo que es: el terror de todos nosotros.
Lo bueno es que el condenado es muy fiel, y veo por qué... ¡Es tu hijo!
—¿Por qué afirmas eso? —pregunté interesado.
Faddei pasó a explicar que mi sobrino Alexander siempre creyó que era mi hijo, Alfonso Conti; su abuelo se lo había dicho.
Amenazó a todos con que si le ponían una sola mano encima a Alessia o a Kenet, e incluso a nosotros, él se las cobraría.
Quien lo hiciera sin que él hubiera dado la orden se iba a arrepentir toda su vida.
—¡No sabes la cantidad de enemigos que neutralizó cuidando de sus hijos, mi Capo! —concluyó el Lobo—. Alexander en verdad estaba convencido de que eran sus hermanos.
—¿Y por qué no nos hablaste de él antes? —indagué.
—Porque creía que en verdad era enemigo nuestro, y en eso estaba trabajando cuando me mandó a llamar, mi Capo —contestó con firmeza—. Estaba tratando de atrapar una enorme red que responde a Alexander allá en Rusia y a él mismo. Son lo peor de lo peor, pero admiran y respetan a tu hijo, Rufo.
En ese momento, la puerta se abrió de golpe sin previo aviso. Todos nos giramos para ver a mi hija Alessia, que entró decidida, como si no se percatara de que yo estaba acompañado y ocupado.
—¿Alessia? —pregunté estupefacto.
—Disculpa, papá, no podía esperar a que terminaras, por eso entré —dijo para mi asombro, porque yo no permitía que me interrumpieran cuando estaba reunido—. Sé de lo que estás hablando con ellos, por eso, antes de que sigas, tienes que escucharme, por favor.
—Alessia, lo que sea puede esperar… —la interrumpí, sabía lo que ella quería, pero ese no era el momento.
Pero ella estaba tan concentrada en hablar que negó con la cabeza. Aspiré aire recuperando la calma. Alessia parecía que no veía a nadie más que a mí. Me miraba fijamente mientras se apretaba las manos nerviosamente.
—No, papá, no puede esperar. Perdóname y escúchame, por favor.
Yo te adoro y me arrepiento de haber hecho lo que hice cada día de mi vida —inició a hablar lo más firme que pudo—.
Sé que te prometí aceptar lo que me pidieras, que confiaría en tu sabiduría.
¿Pero sabes qué, papá? Si hiciera eso no sería tu hija, el Dragón Dorado, esa que educaste para no esconder nada.
Y sé que te oculté que Alexander me perseguía por mi tonta idea de que era mi primer enamorado; es lo único que te escondí en toda mi vida, por eso ahora no quiero cometer el mismo error.
—Alessia, espera un momento… —la detuve de nuevo, no queriendo que los demás la escucharan. Pero ella estaba resuelta a hablar.
—Deja que termine, papá, porque si no te lo digo ahora que me llené de valor, no sé si podré hacerlo después.
¡Papá…! —tomó aire y se enderezó frente a mí mientras la miraba con curiosidad—.
¡No puedo aceptar casarme con quien me dijiste!
No porque no confíe en tu sabiduría, sino porque estaría traicionando todo lo que me enseñaste mi vida entera.
—Alessia, ahora estamos en otra cosa… —señalé a los demás, que la observaban con extrañeza.
Me puse de pie y caminé hacia ella, pero retrocedió negando con la cabeza, determinada a decir todo lo que deseaba. Para mi desconcierto, cayó de rodillas delante de mí. Quise ponerla de pie, pero no se dejó.
—¡Papá, juro que te amo! —me interrumpió de nuevo—.
Pero también amo a mi único novio y no me casaré con nadie más que no sea él, por eso no puedo dejar que des tu palabra y mi mano —luego se giró hacia el Capo Cian—.
Señor Cian, yo lo admiro y me hubiera sentido muy orgullosa y feliz de pertenecer a su familia, pero no puedo casarme con su hijo.
—¿Eh? —se asombró el Capo Cian, mirándome sin entender.
Me imaginé sus pensamientos desordenados: ¿Sería por eso que lo mandé a buscar? ¿Sabría que Gregory era un traidor y quiero a uno de sus hijos para casar a Alessia? ¿A cuál? ¿A Giancarlos? Ojalá sea él, porque su otro hijo era un caso perdido con el lío de la "mujer perfecta".
—Sé que todos me dicen que es un gran chico —siguió hablando Alessia mientras se inclinaba respetuosamente ante el capo Cian, quien no sabía qué hacer—. Lo siento de veras, pero no puedo casarme con su hijo mayor.
—¿Eh? ¿No quiere casarse con mi hijo mayor? —preguntó Cian, atónito—. ¿Qué quiere decir con eso, señorita Alessia?
—¿Estás segura de que no quieres casarte con el hijo mayor del capo Cian? —se escuchó una voz desde el umbral.
Todos giramos la mirada. Era Gianpiero, vestido muy elegante en la puerta del despacho, en compañía de Giancarlos.
Avanzó muy serio ante la vista de los presentes; sobre todo de su padre, que no estaba entendiendo nada y comenzaba a sudar frío, seguramente al acordarse de todo lo que había criticado a la mujer de su hijo ante mí, el Capo di tutti i capi.
Cian debía estar al borde de un colapso pensando que si Alessia era la prometida de Gian... era hombre muerto.
—¿Estás segura de que no quieres comprometerte con el hijo mayor del capo Cian de Milán, Alessia Minetti? —le repitió la pregunta Gian a mi hija.
—¡Sí, muy segura! —contestó ella con determinación, sosteniéndole la mirada—. Solo lo haré contigo. Que eres el hombre que amo y me complementa, el que sé que me va a hacer feliz la vida entera y me dice que soy su perfecta mujer.
—Que alguien me explique, porque no estoy entendiendo nada —intervino el Capo Cian desconcertado—. Ella no quiere casarse con mi hijo mayor, pero acepta a Gian. ¿Qué demonios está sucediendo?