223 . LAS INFORMACIONES DEL LOBO
ALESSANDRO:
Me encontraba con Rufo, Cian y el Lobo en mi despacho. Me quedé mirando fijamente al ruso Faddei al terminar de escuchar todo lo que le había sacado a su hijo, incapaz de dar crédito a sus palabras.
—¿Quieres decir que tu hijo sabía todo este tiempo eso y no te lo dijo? —pregunté, aún dominado por la incredulidad.
—¡Exacto, mi Capo! Perdón por no haber sabido criar a ese muchacho —dijo el Lobo, hincándose de rodillas—. Acataré el castigo que quiera darme.
—¿Estás seguro de que fue él quien asesinó a tu esposa, la madre de tus otros hijos? —pregunté todavía sin poder creerlo.
—¡Cómo lo oye! Me lo confesó; dijo que lo hizo porque me culpa de la muerte de su madre, que murió, como usted sabe, al tenerlo a él —el Lobo se limpió una lágrima a manotazos mientras siguió vociferando con la voz rota—.
¡Yo adoraba a su mamá, no sé de dónde sacó ese odio por mí, ni por qué me culpa de su muerte!
Me llevó ocho años poder volver a estar con otra mujer...
nunca pasó por mi cabeza que complacerlo en todo por no tener madre acabaría haciendo de él lo que es ahora.
Guardamos silencio al escuchar tal atrocidad. Miraba al Lobo comprendiendo el dolor de ser traicionado por quien confías más que a nadie, un hijo. Yo lo había sentido en carne propia. Aunque mi hija no llegó a ese extremo, sí me traicionó rompiendo esa confianza ciega que tenía en ella.
—¿Y estás seguro de que secuestró a Gianpiero y a Giancarlos? —insistí de nuevo para aclarar bien las cosas—. Quizás te lo dijo para ponerte a pelear con el capo Cian. Ellos acaban de hablar con él y le dijeron que estaban en una carrera de autos.
El Lobo negó con la cabeza. No sabía por qué los hijos del capo Cian no le dijeron nada. Pero acababa de verificarlo con los hombres que siguen a Gregory; aunque dicen que se les perdió en la tarde, estaba siguiéndolos a ellos.
—O es mentira de mi hijo. Quizás Gianpiero no se lo dijo a su padre porque lograron escapar y quisieron evitar un problema aquí, o quiere cobrarse personalmente ese hecho —dijo el Lobo visiblemente perturbado—.
¡Ya no sé qué pensar, mi Capo, jamás me imaginé que mi hijo me fuera a traicionar de la manera en que lo hizo!
No dije nada, miré a Rufo, que había permanecido callado.
Le acerqué un trago de vodka a Faddei, que lo aceptó y lo tomó de un tirón.
Me senté frente al ruso que por años me había servido fielmente.
Pero en mi mundo no se puede confiar ciegamente.
Podía ser verdad que todo lo hubiera hecho su hijo, aunque…
, ¿quién me aseguraba que él no estaba de acuerdo con ellos para que Gregory tomara el lugar de Gianpiero como mi yerno?
Ese era un puesto muy codiciado por todos.
—¿Por qué le teme a mi hijo? —preguntó Rufo sentándose a mi lado—. Vi cómo escapó de Alexander. ¿Lo conoce de antes?
No contestó. Con dificultad se acomodó frente a nosotros.
Apretaba sus manos nerviosamente como si lo estuviera interrogando y no conversando.
Por mucho tiempo me pidió que lo sacara de Rusia y lo trajera a mi lado.
Le encantaba Roma, y quería vivir en ella con su familia.
Había imaginado ceder el mando a su primogénito, pero ahora Gregory lo había traicionado.
—Cálmate, Faddei; ya vemos que tú eres el más afectado —le indiqué tratando de que se tranquilizara—. Contesta esa pregunta, a mí también me interesa la respuesta.
—¿Saben cómo le dicen a tu hijo, Rufo? —preguntó volviendo a beber un sorbo, luego negó con la cabeza mientras sonreía—. Ahora entiendo por qué tiene esas enormes habilidades... ¡salió a ti! ¡Le dicen el doctor o ángel de la muerte!
—¿Ángel de la muerte? ¿Por qué le han dado ese apodo infernal de los peores asesinos a mi hijo a tan corta edad? —preguntó Rufo—. Mi hijo es un adolescente.
Se hizo un silencio abrumador al escuchar a Rufino decir aquello.
La expresión de Faddei cambió, mirándolo con una mirada escalofriante y un poco de pena.
No habló de inmediato, toda su fiereza, que lo había hecho digno de su apodo el Lobo, había desaparecido.
Sólo veía ahora a un padre destruido. Volvió a servirse una copa de vodka que bebió de un trago, colocando el vaso en la mesa con un ruido que anunciaba nada bueno.
—¿Corta edad? Lo siento de veras, Rufino, pero tú no tienes idea de lo que los asesinos Rostall le hicieron hacer a tu pequeño hijo desde los cinco años —dijo con voz rota—. Yo lo vi con mis propios ojos. ¡Te juro que si llego a saber que era tuyo, lo hubiese rescatado!
—¡Acaba de hablar! —perdió la paciencia Rufo.
El Lobo lo miró entrecerrando los ojos. Soltó un resoplido mientras volvía a tomar. Sus manos por un momento temblaron. Parecía que le costaba mucho decir lo que sabía de Alexander. Luego de un silencio que pareció eterno al fin se decidió a hablar.
—Te voy a decir una cosa: Alexander tiene una increíble habilidad, rayando en lo genial, de poseer una de las manos más firmes y habilidosas que puedas imaginar.
¡Es como tú, Rufo, y si logras hacerlo doctor será extraordinario!
—al fin dijo con un brillo de admiración en su mirada—.
Rufo, tu hijo puede, sin que le tiemble la mano, ir recortando la piel del cuerpo humano y dejando a la víctima sin ella, en el hueso y sin que se desangre.
¡Esos desalmados lo hacían hacer las cosas más insanas que puedas imaginar desde la corta edad en que se lo llevaron de aquí!
—¡Eso no puede ser verdad! —exclamó Rufo con expresión de terror y dolor—. ¿Cómo pudieron hacerle eso a un niño? ¿Estás seguro de que mi hijo es así de genial?
—¡Lo vi, con mis propios ojos! Se hacían apuestas para ver si lograba hacerlo.
Lo ponían a quitarles el cuero cabelludo a los enemigos que atrapaban, a recortarles los tatuajes, a capar a los hombres como animales.
¡Y lo hacía el pobre niño llorando, para que no violentaran a su madre delante de él!
¡La torturaban en su presencia si fallaba!
—siguió diciendo el Lobo con una mezcla de terror y admiración—.
Por eso se volvió un experto: porque si cometía el más mínimo error, Dimitrov pagaba con ella cualquier deuda que tenía, y Adelina lo aguantaba para que no pagara con el niño.
—¡Mataré a todo el que se atrevió a obligar a mi hijo a hacer eso! ¡No dejaré a un desalmado vivo! —gritó Rufo poniéndose de pie de un salto—. Alessandro, ahora mismo vamos a salir de cacería, le haré lo mismo que le obligaban a mi hijo hacer. ¡Arrancaré cada tramo de la piel de esos degenerados!
—No hace falta —lo interrumpió el Lobo—. ¿Por qué crees que tu hijo subió a lo más alto de la jerarquía? Porque le tienen miedo. ¡Todos aquellos que lo convirtieron en lo que es le temen, incluyendo a Gregory! ¿Estás seguro de que es tu hijo y está de nuestro lado?