221 . ESCAPANDO DE LA TRAMPA
GIANPIERO:
Después de liberarnos mi hermano y yo de las esposas debido a que Carlitos aprendió a abrirlas con mucha facilidad, salimos de la oscura estancia para darnos cuenta de que nadie nos cuida. Incluso la puerta estaba abierta.
—¡Qué extraño! Pensé que iba a haber una pila de matones —dice Giancarlos.
—No es extraño. El Lobo no confía en ese traidor. Esto debe haberlo hecho él solo para ganar tiempo y hacer que Alessia lo acepte como su prometido —digo mientras caminamos fuera del lugar—. Por eso lo vimos siguiéndola en el mercado, ¡condenado ruso! ¡Me las va a pagar muy bien!
—¿Y cuál es este lío de no decirle a tu novia quién eres? —pregunta mi hermano—. ¿Por qué no se lo dicen a todos?
—Es cosa del Capo di tutti i capi —contesto mirando a lo lejos—. Ahora vamos a ver dónde nos metió ese loco.
Por mucho que tratamos de ubicarnos, no sabemos dónde nos encontramos.
Es en medio de la nada y es de noche, ninguno de los dos tiene teléfono, y con pesar, me doy cuenta de que me quitaron mi anillo del dragón negro.
Suspiro al pensar que tendré que darle una explicación a mi suegro.
Comenzamos a correr hacia el resplandor de las luces de la ciudad a lo lejos, hasta dar con una carretera.
—¿Y ahora, Gian? —pregunta Giancarlos.
—Pues hacia aquella parte se ve más iluminado, debe ser para allá que tenemos que ir —indico a lo lejos—. Vamos con cuidado, no me gusta esta carretera y no sabemos si nos están vigilando.
—Se acerca un auto —señala las luces—. ¿Qué hacemos? ¡Son chicas!
En verdad, es un grupo de chicas que vienen en un descapotable. Al vernos, primero nos pasan de largo, pero luego se detienen y nos esperan.
—¿Qué hacen por este lugar solos, chicos? —pregunta una, muy hermosa.
—¿Estaban en las carreras de autos? —pregunta otra.
—Sí, pero perdimos los nuestros. ¿Nos llevan si van para Roma? —contesta Giancarlos, sonriendo.
—Por supuesto, chicos —responde la que conduce—. No podemos dejar a jóvenes tan apuestos aquí en medio de la nada. ¿A qué parte de Roma se dirigen?
—Pues donde les sea conveniente, chicas —contesto, pensando cómo avisar a mi padre—. Chicas, ¿me prestan un teléfono? Necesitamos hablar con la familia.
Las tres se miran entre sí y sueltan una carcajada, como si estuvieran acostumbradas a encontrarse tipos raros tirados en medio de la carretera.
—Sube, guapo, no te vamos a comer —dice la conductora, una morena de ojos verdes, haciéndonos un gesto para que subamos al descapotable.
Giancarlos no se hace de rogar y se acomoda atrás junto a las otras dos, coqueteando como si no acabáramos de salir de un secuestro. Yo me subo adelante, todavía con la adrenalina recorriéndome el cuerpo y el corazón puesto en otra parte, en una casa llena de dragones donde me espera mi novia.
—¿Y ustedes no son de Roma? —pregunta la de atrás, mirando nuestra ropa hecha un desastre—. Parecen de otra provincia. Lo digo por el acento. ¿De dónde son?
—Tienes razón, no somos de Roma —contesto evasivo, sin ganas de contarle a unas desconocidas que un ruso despechado nos tuvo secuestrados—. Digamos que estamos en viaje de negocios. ¿Tienen un teléfono o no?
Mi hermano me mira de reojo y se aguanta la risa. El auto arranca y dejamos atrás el lugar donde nos tuvieron cautivos, mientras yo no dejo de pensar en Alessia y en lo asustada que debe estar sin saber nada de mí, lo mismo que mis padres.
—Toma, guapo, usa el mío —dice la conductora, pasándome su teléfono sin quitar la vista del camino—. Pero rápido, que se me acaba la batería.
Lo tomo agradecido y marco primero el número de mi padre. El teléfono apenas suena dos veces antes de que conteste, alterado. Mi padre, al saber que soy yo, me llena de preguntas y gritos. Le digo la misma historia que a las chicas: que estábamos en una carrera de autos.
—Ya estamos llegando, papá. Nos demoramos porque perdimos nuestro auto y hasta los teléfonos —le explico rápido, sin querer entrar en detalles frente a las chicas.
—Bien, bien. Regresen en este instante —me ordena molesto, aunque puedo notar el alivio detrás de su tono de mando.
Apenas cuelgo, marco de inmediato el número de Alessia, sin importarme que la batería del teléfono esté a punto de morir. El corazón me da un vuelco cuando escucho el primer timbre, y otro más fuerte todavía cuando contesta con la voz quebrada, como si hubiera estado llorando.
—¿Sí? —pregunta insegura, sin reconocer el número.
—Disculpa, amor, no te contesté porque perdí mi teléfono —le digo, y siento que me falta el aire de las ganas que tenía de escucharla—. Perdona la tardanza, es una larga historia. Ya estoy bien, ya vamos para Roma.
—¿Estás bien? ¿No te secuestraron? —pregunta asustada, y puedo notar el sosiego mezclado con el reproche.
—¿Secuestrarme? ¿De dónde sacaste eso? —respondo lo más tranquilo que puedo—. Nadie me hizo nada, estoy bien. Pero no creo que pueda ir hoy a tu fiesta. ¿Ya aclaraste todo con tu papá?
—Para eso es que te dije que vinieras —me dice, y puedo percibir la ansiedad en su voz—. Pero ese no es el trato que tengo con mi suegro.
—¿No enfrentaste a tu padre todavía? —pregunto con un tono más serio—. ¿No le dijiste que no te ibas a casar con el hijo mayor del capo Cian, sino conmigo? ¿A qué esperas, cariño?
Se hace un silencio incómodo. Luego me dice que quiere mi ayuda.
Pero no puedo aceptar eso. Invento una excusa para no ir y me despido.
Cuelgo antes de que la conductora me reclame el teléfono, con una sonrisa que no logro contener a pesar del cansancio.
El corazón todavía se me acelera, pero ya no de miedo, sino de las ganas que tengo de terminar de una vez con este asunto del compromiso que no me deja vivir en paz.
Respiro tranquilo al haber logrado comunicarme con mi padre y mi novia.
Luego aviso a los guardias de seguridad de mi padre, que enseguida vienen por nosotros.
Nos llevan al apartamento donde me he estado quedando.
Por suerte tengo suficiente ropa para mí y mi hermano.
Ambos tenemos las mismas medidas, parecemos gemelos.
Nos vestimos muy elegantes para ir a la fiesta del capo mayor.
Voy decidido a cobrárselas todas de una vez a Gregory, sobre todo, exigirle que me devuelva mi anillo del dragón negro.
Los guardias me informan de lo que había sucedido con el ruso, y que el Lobo lo había mandado después de casi matarlo derecho a las mazmorras de mi suegro, nadie sabía exactamente por qué.
—Bueno, me encargaré de averiguarlo. Pero me cansé de que esté metido en el medio de mi relación —le digo a mi hermano—. Vamos, necesito reclamar a mi prometida hoy, no seguiré más el juego del Capo di tutti i capi. ¡Alessia Minetti es mía y lo declararé al mundo hoy!
—¡Así se habla, hermano! —se alegra Giancarlos—. Tienes que marcar a ese dragón dorado antes de que otro lo haga. Vamos, quiero ver la cara de papá cuando se entere, ja, ja, ja…