217 . MIS HIJOS HAN DESAPARECIDO
CIAN:
Estoy muy preocupado, pues me he cansado de llamar a mis dos hijos y sus teléfonos están muertos. Así que voy en busca del Capo di tutti i capi, Alessandro, quien enseguida me lleva a su despacho para hablar en privado.
—¿Qué es tan urgente que no puede esperar, Cian? —pregunta Minetti, algo incómodo, en cuanto entramos.
Sé que lo he interrumpido por el modo en que frunce el ceño. Pero estoy en Roma, no es mi territorio, sino el suyo. Necesito su ayuda para ver qué le ha pasado a mis hijos. Me inclino delante de él en señal de disculpa, pero la seguridad de Gianpiero y Giancarlos es primordial.
—Disculpe, mi Capo, estoy muy preocupado. Ninguno de mis hijos responde sus teléfonos y eso es algo que ellos no hacen —le explico enseguida—. Siempre me responden al segundo timbre.
—¿Desde cuándo no te responden? —pregunta enseguida prestando atención.
—Desde hace como tres horas. Gianpiero vino y recogió a Giancarlos en cuanto llegamos.
Ellos me llamaron para informarme que andaban juntos —le explico realmente angustiado—.
No he vuelto a tener noticias de ellos, es algo que no acostumbran a hacer, en cuanto los llamo me contestan al primer timbre.
Me temo que debe andar con la mujer esa que tiene.
¿Puede decirme quién es y cómo encontrarla?
Alessandro Minetti se detiene al escucharme. Me mira fijamente sin decir nada por unos segundos en los que se sienta detrás de su buró.
—No está con ella, te lo aseguro —dice para mi sorpresa—. Ella ha permanecido aquí todo el tiempo.
—¿Aquí? ¿Quién es, mi Capo? —me intereso de inmediato.
Quiero conocer a la mujer que ha hecho que Gianpiero se haya vuelto loco y roto todos mis planes trazados hacía mucho tiempo. Pero Minetti no parece dispuesto a decirme, por el contrario, saca su teléfono y se pone a revisarlo.
—Espera, tengo un método para localizarlo enseguida —dice, sorprendido—. ¿Qué raro?
—¿Qué es raro, mi Capo? —pregunto sintiendo cómo todas las alarmas saltan dentro de mí.
—Esto marca que Gianpiero se encuentra aquí en la fiesta —dice mientras me muestra un punto rojo en su teléfono.
—¿Qué quiere decir? —inquiero sin entender a qué se refiere.
—Le di un anillo a Gianpiero que tiene un localizador y marca que está aquí en mi casa. Vamos, sígueme —me pide poniéndose de pie.
Alessandro enseguida le hace una señal a sus hombres y todos lo seguimos entre la gente, siguiendo la señal en su teléfono.
Me siento feliz de que estén a salvo mis hijos.
Porque si Gian está, Carlitos también, esos dos no se separan desde niños.
Sin embargo, no los encontramos por ningún lado; pero sí el anillo que dice Minetti dentro de un jarrón en una esquina del salón.
—Esto está más que raro —dice Alessandro con el ceño fruncido—. Estoy seguro de que Gianpiero jamás se quitaría este anillo, sobre todo por lo que significa, y menos un día como hoy.
—¿Qué quiere decir? —quiero saber, todavía más inquieto por mis hijos.
Alessandro no me responde de inmediato. Sin embargo, se dirige hacia su jefe de seguridad, llamado Humberto, ordenando que mantengamos la calma para que los invitados no se den cuenta de nada.
—Humberto, ve a ver qué sucede en las cámaras de seguridad; alguien dejó caer mi anillo ahí y debemos ver quién fue —ordena con firmeza.
—¿Pasa algo, mi Capo? —pregunta Faddei, el Lobo, acercándose despacio.
El Capo di tutti i capi se gira hacia él negando con la cabeza. Luego mira alrededor como si buscara a alguien.
—Faddei, ¿dónde está tu hijo? —pregunta haciendo que le preste atención.
—¿Gregory? Hace un momento estaba por allá hablando con su hija —señala hacia la escalera con naturalidad.
No entiendo lo que está sucediendo ni qué tiene que ver el principito caprichoso ruso con la desaparición de mis hijos, pero que Faddei rece porque su hijo Gregory no tenga nada que ver con eso, porque no me va a importar que estemos del mismo lado.
—¿Con Alessia? —pregunta Minetti.
—Sí, estaba hablando con ella y las hijas de Rinaldi —contesta Faddei—. Pero luego la vi subir junto a su esposa hacia la segunda planta. ¿Necesita a mi hijo para algo?
—No, no, mantenlo contigo —niega Minetti sin que entienda nada—. Gracias, Lobo.
Alessandro me hace una seña para que lo siga rumbo a la habitación de vigilancia de su casa. Mientras tanto, no se me escapa que el Lobo se queda observándonos y le hace una señal a uno de sus hombres que trajo de Rusia.
—Encuentra a Gregory antes de que lo hagan ellos y desaparécelo. Me temo que ese condenado muchacho le hizo algo a los hijos del Capo Cian —puedo escuchar aunque no me detengo—. Y trata de encontrarlos antes de que se den cuenta. ¡Lo mataré si me desgracia la existencia!
Me detengo un instante al escucharlo. No será él quien lo mate si se atrevió a meterse con mis dos hijos.
Sin importar lo que suceda después, con mi familia nadie se mete.
Los pasillos de la mansión están silenciosos.
Nuestro paso apresurado hacia la habitación de vigilancia se hace urgente.
A cada instante, mi angustia por Gianpiero y Giancarlos crece, como una sombra oscura que amenaza con devorarme.
—Mi Capo, ¿sospecha que el hijo del Lobo le hizo algo a los míos? —pregunto caminando a su lado—. ¿Por qué sospecha de él?
—Espera que revisemos las cámaras, Cian —me contesta sin detenerse—. Ahora lo importante es encontrar a tus hijos. Este es mi territorio, deja que me mueva.
Guardo silencio porque sé que tiene razón, lo importante ahora no es averiguar quién le hizo algo a mis hijos, sino encontrarlos.
Al llegar, Humberto ya está revisando las grabaciones.
Su atención está centrada en una serie de monitores que muestran diferentes ángulos del salón.
La habitación es pequeña, fría, saturada de pantallas con imágenes en blanco y negro que parpadean con una extrañeza casi siniestra.
—No los veo —dice mientras sigue revisando las imágenes—. Hay mucha gente. No se ve el ángulo donde está el jarrón.
—Revisa de nuevo todos los ángulos —insiste Alessandro—. Tenemos que saber quién dejó mi anillo en ese jarrón. Estaba en el dedo de Gianpiero. Él no lo haría.
Humberto asiente con rapidez y comienza a manipular los dispositivos de grabación, moviendo las grabaciones hacia delante y hacia atrás, buscando la clave que pueda descifrar el enigma. Una imagen, un detalle, cualquier cosa que nos revele dónde están mis hijos.
—¿Dónde está Lucila? —pregunta Alessandro—. Ella es la experta y va a encontrar de inmediato dónde están los chicos. Tenemos que movernos rápido. Cian, ¿te dijeron a dónde iban a ir hoy? Puede que lo hayan atrapado los dragones al saber lo que iba a anunciar hoy.
—No lo sé. Ellos me dijeron que estaban recorriendo Roma. ¿Cree en verdad que los hayan atrapado? —pregunto sacando mi teléfono para llamar a mis hombres. Debo mandar que los busquen de inmediato. ¿Los habrán atrapado mis enemigos?