215 . UN HIJO Y UNA TRAMPA
RUFO:
Miro a Migue que está rebosante de felicidad. No tengo idea de que le guste tanto tener un hijo. Nunca hemos hablado de ese tema entre nosotros, creo que por los mismos motivos que yo temo. El mundo de la mafia es demasiado peligroso para formar una familia. Pero ahora la tengo y me siento completo.
—Lo sabes muy bien, no lo diré en voz alta.
Vamos a vestir a nuestro pequeño, será el mejor vestido de todos los jóvenes —luego se gira para Alexander, que nos observa en silencio—.
Tienes que lucir muy elegante hoy, Alexandrito, cuando te presente mi Papichuli delante de todos los dragones.
Lo vestiré igual que tú, tiene tu misma figura, nadie podrá negar que es tu hijo. Me has hecho muy orgulloso hoy, Rufo.
—Migue, no te pases con nuestro hijo, no es un niño, es un joven ya —le llamo la atención—. No tienes que convertirlo en una copia mía.
—Déjalo, papá, también quiero parecerme a ti. Migue, vísteme como papá, ¿de acuerdo? Pero antes, ¿papá, crees que me puedas borrar esto? —pregunta mostrando un extraño dragón y signo—. Me lo hicieron esos asesinos. ¿Puedes ponerme el tuyo ahora mismo?
Miro detenidamente el extraño tatuaje de un dragón en su espalda y me lleno de furia.
Porque debajo de esa imagen, mis ojos de doctor pueden ver un sinfín de marcas que reconozco.
Son de tortura. ¿Cómo pudieron hacerle eso a un niño y quién fue capaz?
Me aguanto la rabia sin decir nada porque puedo ver cómo se avergüenza.
Complazco a Miguel en ir a comprar la mejor ropa para mi hijo y para nosotros.
Al llegar la noche me dirijo a casa de Minetti, en compañía de Migue, que camina a un lado, con Alexander del otro.
Mi hijo hasta se deja hacer mi pelado, y los tres vamos vestidos iguales.
Hoy lo presentaré a todos para que sepan que si se atreven a meterse con él, lo estarán haciendo conmigo.
Alessandro se detiene sonriendo al verme, avanzo directo hacia él e inclino la cabeza respondiendo a la mirada interrogante de este.
—Buenas noches —lo saludo al llegar—. Disculpen la demora, es que me retrasé buscando a mi hijo.
—¿Hijo? —se escucha la exclamación de casi todos los presentes, que hasta el momento no conocían que yo, el Consigliere de la organización, tuviera un hijo.
—Bienvenidos —se adelanta Minetti y abraza a Alexander en lo que le dice—. Me alegro mucho, sobrino, de que hayas logrado venir. Ya conoces a tus primos hermanos, Alessia y Kenet.
—¿Sobrino? ¿Quiere decir, mi Capo, que este chico todo este tiempo estuvo infiltrado entre los traidores? —pregunta un dragón mirando un poco extraño a Alexander—. ¿Por eso fue que lo mandaron a circular?
—Así es, mi sobrino es digno heredero de su padre, nos ayudó mucho —contesta Alessandro, haciéndome sentir muy dichoso de que haya creado esa historia para mi hijo—. Ahora vamos a comer. Cian, ¿tus hijos dónde están?
—No lo sé, mi Capo, deben estar al llegar —contesta y los vuelve a llamar por teléfono sin obtener respuesta—. ¿Dónde se habrán metido esos muchachos?
GIANPIERO:
Cuando desperté, miré desconcertado alrededor. El lugar estaba oscuro y húmedo. Parecía una casa abandonada en medio de la nada, y lo peor era que estaba atado a una silla. De espaldas a mí, mi hermano se encontraba en la misma situación. ¿Cómo demonios nos dejamos atrapar así?
—Giancarlos…, Carlitos…, ¡despierta! ¿Estás bien? —lo llamé mientras lo sacudía hasta que lo sentí reaccionar.
—¿Qué pasó, Gian? ¿Qué hacemos aquí? —preguntó mirando alrededor y revolcándose tratando de soltarse.
—¡Dímelo tú! Fuiste el que se apareció con esos refrescos —le grité haciendo un esfuerzo por zafar mis manos.
—¿Yo? —preguntó mi hermano desconcertado—. Un tipo me dijo que eran los que habías encargado.
No podía creer que hubiéramos caído en una trampa tan burda. Tragué en seco queriendo matar a mi tonto hermano menor.
—¿Qué? ¿Cómo no me preguntaste? —pregunté furioso—. Tú fuiste a comprar las meriendas, ¿cómo te creíste eso? ¿Cómo era el tipo?
—Uno rubio con acento raro —contestó apenado.
Miré alrededor y no vi a ningún mafioso cuidando de nosotros.
De inmediato lo supe: tenía que ser obra de ese maldito ruso que estaba detrás de mi novia.
De seguro quería impedir que fuera a la fiesta que daba el Capo di tutti i capi esa noche.
La furia me inundó y me removí tratando de escapar de las ataduras.
—¡Ese desgraciado ruso, cuando lo agarre, no va a hacer el cuento! —grité furioso—. ¡Estoy seguro de que esto es obra del ruso Gregory, que está empeñado en quitarme a Alessia!
—¿Gregory? ¿Quién es? —preguntó mi hermano mientras intentaba soltarse.
—Es un estúpido ruso, hijo del capo al que le dicen el Lobo, al que yo imité un tiempo —le conté sin dejar de tratar de soltarme—.
El imbécil, porque mi novia me dijo que sí cuando estaba disfrazado de él, ahora se cree que ella lo aceptó.
De seguro nos atrapó para impedir que fuera a la fiesta de esa noche.
—Vaya, Gian, todavía no te has comprometido legalmente y ya tienes un buen oponente —se burló Giancarlos—. Vamos a ver si podemos soltarnos entre los dos. Estamos de suerte, son esposas lo que tenemos en las manos. Eso es pan comido para mí.
—Están muy apretadas, acércate un poco más para ayudarte —le pedí mientras impulsaba mi silla con la punta de los pies tratando de no hacer ruido por si había vigilantes afuera.
Podía percatarme de que estaba oscureciendo, papá debía de haber empezado a preocuparse por nosotros. Además, no sabía dónde demonios estaba ese lugar. Aunque conocía Roma de cierta manera, no lo hacía a la perfección. Por el silencio que nos rodeaba, sabía que estábamos fuera de la ciudad.
Lo importante era mantener la calma, pero la rabia me quemaba por dentro.
Tenía que pensar en un plan para escapar antes de que Gregory volviera, quizás con refuerzos.
Me concentré tanto como pude, calculando cada movimiento.
Las sombras se alargaban en las esquinas de la habitación, y el sonido lejano de un motor llegaba hasta nuestros oídos, quebrando el inquietante silencio.
—Giancarlos, concéntrate —le susurré—. Si logramos zafar de estas malditas esposas, tenemos que salir de aquí sin hacer ruido. Estoy seguro de que por ahí afuera hay más de esos matones.
—Confía en mí, hermano. Estas cosas las aprendí de papá —dijo él, esforzándose por abrir las esposas.
—Esto no es un juego, Carlitos —le dije tratando de que se tomara las cosas en serio—. Si no salimos de esta, no sé qué hará el ruso Gregory.
—¿En verdad crees que fue él y no un enemigo de papá? —preguntó sin dejar de moverse.
—No, pero esta soledad me convence cada vez más de que debe ser cosa de él —dije mientras sentía cómo las manos de mi hermano no se detenían—. Date prisa, esto no me gusta.
Sabía que estábamos en serio peligro. Teníamos que salir lo antes posible de aquí.
Escuché un pequeño clic, y noté que las esposas empezaban a ceder.
Los dedos hábiles de mi hermano menor trabajaban a toda prisa, aunque con el menor movimiento posible.
Me concentré deseando de todo corazón que no hubiera más sorpresas desagradables esperando ahí fuera.
—Ya casi lo logro, Gian —susurró Giancarlos—. Pero…, me parece que escuché pasos afuera. ¿Los oíste tú también?