214 . LA FAMILIA DE RUFINO
RUFO:
Alexander, al despertar, su primera reacción es salir corriendo y regresar a buscar a quien ahora se aferra con la esperanza de que sea su papá, es decir, yo.
—¿Qué haces aquí? ¿Por qué no te quedaste con tus abuelos descansando? —pregunto en cuanto lo veo.
—No lo sé, quería estar contigo —responde un poco abochornado—. ¿Ya salió el resultado? ¿Soy tu hijo?
Hago que me mire. En verdad me reconozco en Alexander; ¿quién me iba a decir que tenía un hijo y que había sufrido esa cruel vida sin tener la menor idea?
Ahora que lo miro de cerca, me veo a mí mismo en la época en que desaparecieron mis padres, y todos abusaban de mí hasta que Alessandro Minetti me salvó. Es la misma imagen que tengo delante.
Lo abrazo muy fuerte sintiendo una gran pena por mi hijo.
Después, sin que se dé cuenta, le doy un somnífero y lo llevo a la casa de mis padres, que se asombran con lo que les cuento y se ponen contentos de tener un posible nieto.
Llamo a Miguel y le explico todo lo que he hecho.
De inmediato regreso al hospital decidido a acelerar la prueba.
Cuando al fin lo obtengo, miro el resultado sonriente. Se lo doy a Migue, que se pone a saltar dichoso como si fuera suyo. Eso me complace, mi hijo se merece todo el amor del mundo.
—Sí, sí, qué bueno que sí lo es. ¡Tenemos un hijo! —el grito de Migue me hace sonreír eufórico al ver la certeza en el resultado.
—Dame acá que de seguro tengo que enseñárselo a nuestro hijo para que me crea —le pido el certificado. Luego lo guardo en mi bolsillo y llamo a Alexander—. Hijo, ya es seguro. ¡Eres mi hijo!
—¿En serio, papá? ¿No me estás engañando? —pregunta emocionado.
—¡Nunca te engañaría en una cosa tan seria! —digo con firmeza—. Tienes que empezar a saber cómo es tu padre, nunca miento, ¡eres mi único hijo! ¿Dónde estás?
—¡No lo puedo creer! ¿En verdad eres mi papá? —pregunta de nuevo Alexander del otro lado del teléfono—. ¡Gracias, muchas gracias, papá! No sabes lo asustado que estaba de pensar que no era tuyo tampoco. ¡Al fin sé quién soy! ¿Es seguro?
—¡Segurísimo! —afirmo de nuevo sin poder dejar de sonreír—. Eres mi único hijo, así que tienes que decidir si vas a llevar mi apellido o el de Minetti.
—¡El tuyo, papá! —contesta enseguida. Su voz cambia a una apenada—. Disculpa por lo que te dije la primera vez, no me importa lo que te guste. Estoy muy orgulloso de que seas mi padre, y me llevaré bien con tu pareja, te lo prometo. ¿Cuál es mi apellido entonces?
—A partir de ahora te llamarás Alexander D'Fiore —contesto con orgullo.
—Si quieres puedo ponerme tu nombre, papá —dice bajando la voz.
Puedo sentir la enorme dicha que embarga a Alexander y sonrío contento. Es la misma alegría que me llena a mí y a Miguel, que está escuchando la conversación y me abraza eufórico.
—No, no es necesario que te pongas mi nombre, solo lo harás si tú lo quieres —digo con sinceridad—. Recuerda que Alessandro Minetti es mi hermano.
—Y el nombre del abuelo, ¿puedo ponerme el de tu papá? —sigue diciendo.
Por un momento guardo silencio. Puedo sentir la ansiedad en la voz de mi hijo. Antes de que pueda preguntar qué sucede lo escucho decir que no le gusta su nombre. Se lo pusieron los asesinos que lo criaron porque creían que era hijo de Alessandro.
—¿Puedo cambiarlo por el tuyo? —pregunta de nuevo.
—De acuerdo —acepto contento—. Hijo, a partir de hoy acostúmbrate a llamar a Alessandro tío, y a sus hijos primos, casi hermanos, como querías. Ahora dime dónde estás para ir por ti, mi pareja anda conmigo. ¿Está bien?
—Sí, claro que sí, papá. Gracias, no sabes lo agradecido que te estoy de que al fin aparecieras en mi vida y me aceptes —su voz se rasga, y se le escapa un sollozo—. Me iré a vivir con ustedes, ¿puedo? O con los abuelos, ellos me pidieron que fuera a vivir allá con mamá y mi hermana, ¿qué opinas?
El júbilo de mi hijo es desbordante. Es la misma dicha que yo siento por tener un hijo. Casi no me deja hablar; logro decir que él puede hacer todo lo que quiera, y que si desea, puedo comprarle mañana mismo una casa para ellos.
—Ahora ya vamos saliendo —digo recogiendo mis cosas—. ¿Acabas de decirme dónde estás?
—No es necesario que me compres una casa, papá, la de los abuelos es inmensa. ¿Si me mudo con ellos lo harán ustedes también? —responde alegremente.
Me río al escucharlo. Pero es un asunto del que no puedo decidir a la ligera. Por el momento quiero seguir viviendo con Alessandro porque Miguel está más protegido. Ahora lo tengo a él, que viene junto a su madre y hermana. No puedo llevarlos conmigo; si fuera él solo, sería diferente.
—Ya hablaremos eso, a lo mejor vienes a quedarte con nosotros en casa de Minetti —sugiero pensativo—. Ahora espérame, ya voy por ti. ¿Dónde estás?
—¡Aquí, papá! ¡Aquí! —dice al abrir la puerta de mi despacho y me abraza—. Así que es verdad que eres mi padre.
—¡Lo soy, ya te lo había dicho! —río devolviendo su abrazo—. ¿Si estabas ahí afuera, por qué hablábamos por teléfono?
Me suelta diciendo que acababa de llegar. Justo venía a verme cuando lo llamo. Guarda silencio cuando se separa de mí y me observa con más detenimiento buscando reconocerse en mí.
—¿Soy en verdad tu hijo biológico? —pregunta de nuevo—. ¿No hay dudas?
—¡Lo eres, lo eres! —exclama Migue, que había permanecido en silencio.
Emocionado me saca la prueba del bolsillo y se la da. Alexander la mira primero sin reaccionar. Luego la toma y la revisa deteniéndose en el resultado: noventa y nueve coma nueve.
—¡Lo soy, lo soy! ¡Tenías razón, papá, soy tu hijo! —exclama saltando de nuevo a mis brazos.
—Te lo dije —respondo mientras lo giro—. Mira, este es Miguel, mi pareja y otro papá para ti.
—Mucho gusto, Miguel —Alexander extiende una mano hacia él.
—¿Por qué no me dices papá? —pregunta haciendo pucheros—. ¡Miguel, no, quiero ser tu papá también!
—No lo presiones, Migue —intervengo preocupado.
—Está bien, papá, no me molesta tener dos papás. Antes no tenía ninguno —dice para mi sorpresa Alexander, que no aparta los ojos del resultado de la prueba mientras se deja abrazar por Migue, que está muy emocionado de tener un hijo mío.
Y, como me lo esperaba, al soltar a nuestro hijo me salta a los brazos abrazándome efusivamente.
Lo estrecho riendo a la par de él. No es que no quisiera tener hijos, pero nunca tuve la oportunidad, pensaba en adoptar uno o quizás alquilar un vientre.
Pero con la vida que llevamos dentro de la mafia el peligro me hacía dudar.
—Sabías que te amo, mi Papichuli, pero hoy te amo más —dice riendo Miguel.
—¿En serio? ¿Y eso por qué? —pregunto con sarcasmo—. ¿Acaso antes no me amabas?