¡Ups, me equivoqué papá, me equivoqué! (SERIE ¡UPS! nº 3) 211 . LAS VISITAS EN EL HOSPITAL
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211 . LAS VISITAS EN EL HOSPITAL

ALESSIA:

Aún me encontraba en el hospital y mi rostro reflejaba una profunda felicidad.

Gian se había quedado mucho rato a solas conmigo.

Mamá vino y me examinó, dejando claro que me daría el alta al otro día.

Ambos nos pusimos felices y, al mismo tiempo, tristes.

Mi hogar era un lugar inaccesible, y casi estaba segura de que mi padre no le permitiría visitarme.

—¿Entonces, te vas ya mañana para tu casa? —me preguntó Gian, acostado junto a mí en la cama del hospital.

—Sí —respondí sin mirarlo—. ¿Y dónde te estás hospedando?

—En un pequeño apartamento que me alquiló mi padre —respondió mientras miraba al techo.

—Ya veo —dije, pensando cómo iniciar la conversación sobre lo que me preocupaba—. Oye, Gian, ¿cuándo me vas a decir quién eres?

—Te lo dije, soy Giampiero de Milán —respondió con seguridad.

—¿De Milán? —Lo medité un momento y me atreví a preguntar—. ¿Conoces al Capo Cian?

Gian me besó en los labios sin responder a mi pregunta.

Me sentía incómoda; quizás él no deseaba relacionarse con el mundo de la mafia.

No insistí en el tema, temerosa de que lo dijera en voz alta.

Me alegró ver aparecer a mi hermano Kennet en compañía de una chica que era una copia de mí, pero mucho más delgada y pequeña.

Me levanté de un salto, sintiendo que me había salvado la campana.

—Mi hermana, mira a quién te traigo aquí —me dijo Kennet emocionado—. ¿No te has olvidado de ella?

—No, claro que no —dije, forzando una sonrisa—. Solo que ahora es mi copia. Hola, Alessia.

—Alessia no. Alexcía Rinaldi, ese es mi nombre y disculpa por esto —dijo apenada, señalando su rostro y bajando la cabeza—. Pero te prometo que muy pronto haré que tu mamá me devuelva el mío.

—No hay prisa —dije, tomando una de las manos de mi hermano con cariño—. ¿Cómo te sientes? Mamá dice que estás muy débil.

—Es verdad, es que casi no me daban comida —contestó Alexcía—. Mi hermana mayor, Filomena, venía en ese momento con su prometido Bosco. Estoy muy contenta de tener una hermana como ella.

La observé sonriente, de acuerdo con ella. Era la chica a la que había sustituido en su familia. La comprendía a la perfección porque ambas habíamos ocupado roles que no nos pertenecían. Sin embargo, descubrir a Filomena como mi hermana me hacía sentir una dicha difícil de describir.

—Te envidio —dije con una sonrisa—. Tener una hermana como la tuya es un regalo del cielo.

—¡Oye, que yo te mimo y cumplo todos tus caprichos! —protestó Kennet, riendo al lado de nosotras, que también reíamos.

—Lo sé, pero eres hombre, no es lo mismo. ¿Y cómo lleva esto mi hermano? —pregunté, señalando mi rostro.

—Pues bien, porque aunque se parece a ti, es diferente, muy… diferente —respondió Kennet con una sonrisa—. Ya ni me importa si no se cambia, lo único que quiero es que esté bien.

Alexcía, al escucharlo, tiró de él por el brazo, toda ruborizada. Kennet la abrazó sonriendo como nunca antes lo había visto sonreír. Pude ver que, en verdad, había superado el hecho de que su novia tuviera mi rostro.

—No digas eso, amor. Yo sí quiero cambiar —dijo Alexcía con firmeza—. Para empezar, en cuanto salga, me teñiré el cabello de negro.

—Te ves hermosa así —se apresuró a decir Kennet.

—No me gusta —dijo ella con un puchero.

Me quedé mirando a mi hermano. En verdad estaba enamorado de su novia.

La miraba con adoración y no se alejaba de ella, como si temiera que desapareciera.

Fue entonces cuando me di cuenta de que mi novio había desaparecido en cuanto ellos entraron.

Iba a preguntar cuando vi a Filomena entrar con Bosco, sonriendo felices.

—¡Filo, hasta que al fin viniste a verme! —exclamé, tendiendo los brazos hacia ella.

—Hola, Alessia. Ya veo que estás bien —dijo Filomena, dándome un fuerte abrazo—. ¿Me dijo tu mamá que ya se van las dos mañana para la casa?

—Sí, sí, estoy harta de este hospital —contesté, sentada en la cama—. ¿Y por qué peleas con Bosco?

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Filomena enseguida.

—Por la cara que tiene él. Hola, Bosco —saludé al chico, que me apretó la mano.

—Hola, Alessia, me alegro de que estés mejor —contestó Bosco—. No es nada. Es que tengo que ir a Sutera con mi suegro, y ella no quiere que vaya.

Miré a Filomena, que comenzó a contar todo lo que temía. La entendía; esa isla en verdad era una cueva de traidores y muy peligrosa. Además, Bosco había traicionado a su padre; de seguro no iba a ser fácil para él.

—Tengo que ir, Alessia —dijo Bosco, y cambió de tema—. ¿Gian no estaba aquí?

—Sí, pero no sé en qué momento salió —respondí, volviendo a recorrer con la mirada la habitación sin verlo—. De seguro regresa en un rato. Filo, ¿cómo están la tía Annette y padre Franco?

—Mamá está muy ocupada arreglando la casa nueva para recibir a mi hermana —contestó Filomena—. Además, discutiendo con papá porque quiere acompañarlo a Sutera, y él no quiere.

—¿Y por qué lo quiere acompañar? —pregunté al tiempo que Filomena bajaba la mirada, como si no supiera cómo explicarlo—. Sutera es muy peligrosa.

—La conoces, Alessia. Mi mamá cree que, si van solos, será aún más arriesgado. Papá puede perder el control. Tú sabes cómo es papá —dijo Filomena, mientras contagió con su inquietud el ambiente de la habitación.

"Cómo no saberlo", pensé. La sola mención de esa isla me traía recuerdos desagradables y agradables a partes iguales.

Sutera era un lugar oscuro, un punto lleno de enemigos de nuestra familia.

Estaba consciente de que tenían que ir a limpiar ese lugar, pero no dejaba de temer por ellos.

Bosco, moviéndose al otro extremo de la habitación, soltó un suspiro impaciente.

—No voy a cambiar de idea, Filomena —dijo Bosco, deteniéndose frente a nosotros—. No puedo dejar que tu padre haga este viaje solo sabiendo que va a ajustar cuentas con mi familia.

Mi hermano Kennet, que había permanecido escuchando a un lado con Alexcía, nos miró con el ceño fruncido. Como siempre, le gustaba escuchar; solo intervenía cuando creía que era necesario, sobre todo ahora que pretendía encajar dentro de nosotros por su novia.

—Mejor dejen de hablar de eso —dijo de pronto con voz profunda—. Los asuntos eso no deben hablarse donde cualquiera los pueda escuchar.

Lo miré sin poder creer que nos hubiera regañado así, pero no dije nada.

Tenía razón. Estábamos en el hospital, y cualquier persona parada afuera podía escucharlo.

Y no era conveniente que los dragones de Sutera fueran avisados.

Todos giramos la cabeza para escucharlo.

Mi hermano, como papá, tenía esa manera de hablar que hacía que obedecieras.

—De acuerdo, hermano —dije, sonriendo un poco avergonzada—. Bueno chicos, cuenten qué han hecho en estos días.

Seguimos hablando felices, riendo entre nosotros, sin darnos cuenta de que éramos observados por unos ojos tristes desde afuera. Todavía no sabíamos que teníamos un primo casi hermano que deseaba con toda su alma ser parte de nosotros.