¡Ups, me equivoqué papá, me equivoqué! (SERIE ¡UPS! nº 3) 210 . EL REGRESO DE ALEXANDER
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210 . EL REGRESO DE ALEXANDER

RUFINO:

Pasaron los días en que Alexander me ayudó a atrapar a muchos dragones traidores.

Nos entregó a los hermanos Rostall, pero no volvió a mencionar lo de la prueba de paternidad.

Yo estaba convencido de que era mi hijo.

Me preocupaba por él, porque no sabía dónde se había metido.

Me asombró verlo entrar todo demacrado a mi oficina.

Me quedé en silencio, observándolo. Había sopesado con Minetti la posibilidad de que este lo inscribiera como suyo, si tanto le afectaba el hecho de mi homosexualidad.

—No es que te rechace por tus preferencias sexuales, no es eso —comenzó a hablar Alexander, mientras caminaba de un lado a otro—, sino que toda mi vida mi abuelo y mi mamá me dijeron que era hijo de Alessandro Minetti.

Era feliz porque tenía una hermosa hermana y un hermano.

Los miraba de lejos con ansias de andar con ellos.

Era por eso que los perseguía a los dos, no solo a Alessia, a Kenet también.

—Te entiendo —dije simplemente, viendo que necesitaba hablar.

—¡No, no me entiendes! —gritó, con el llanto rodando por sus mejillas—. ¡¿No sabes el infierno que ha sido mi vida con esos psicópatas asesinos?! Y ahora que al fin logré realizar mi plan para que Minetti me aceptara, resulta que no soy quien siempre me dijeron.

—Eso no lo sabemos. Deja que te haga la prueba —dije, con tranquilidad.

—¡No hace falta! —exclamó de pronto, para mi asombro.

—¿Qué quieres decir? —indagué, frunciendo el ceño.

—Mamá me lo confesó todo —dijo, con la voz quebrada. No me moví. Sabía que necesitaba sacar todo eso de su interior.

—¿Qué te confesó tu mamá? —cuestioné, con la misma serenidad.

—¡Todo, todo! —exclamó, llevando ambas manos a su cabeza—.

Los drogaron a ustedes para que ella tuviera sexo con Minetti, pero lo hizo con los dos.

Y no solo fueron ustedes. Dice que no sabe cuántos pasaron por ella esa noche.

Es decir, que puede que ni siquiera sea tu hijo.

¿Lo puedes creer? ¡Mi madre me ha estado engañando toda mi vida!

Eso ni siquiera yo lo sabía. Que recordara, estuve con ella esa noche. Minetti no quiso tocarla porque le gustaba una pelirroja. Pero también estaba muy confundido. Nada estaba claro en mi memoria. Pero su imagen era igual a la mía a su edad. Tenía que ser mi hijo.

—¡Cálmate! Yo sí creo que eres mío. Deja que te haga la prueba.

Aun si no lo eres, puedo adoptarte —ofrecí, al ver lo desesperado que estaba, temiendo que hiciera una locura—.

Vivirás sin avergonzarte por no saber de quién eres hijo.

Te mandaré a estudiar lo que quieras. Serás mío con todas las de la ley, o de Alessandro, si lo prefieres.

—¿En verdad el Capo di tutti i capi es capaz de darme su apellido aunque sea tuyo? —murmuró, con un brillo de esperanza y locura en su mirada.

—Si eres en verdad mi único hijo y te avergüenzas de mí por mi preferencia amorosa, Alessandro, que es mi hermano, está dispuesto a hacerte su hijo para que seas feliz —dije, con seguridad—. O si lo prefieres, mi padre puede darte mi apellido y ser mi hermano menor.

—¿Tu papá? ¿Está vivo? —inquirió, como un niño pequeño que no sabía a dónde aferrarse.

No pude contenerme. Me puse de pie y lo estreché con fuerza. Alexander se aferró a mí, estremecido entre mis brazos. Le ofrecí llevarlo a conocer a mis padres. Pero se separó y me miró fijamente.

—¿Crees que en verdad pueda ser tu hijo? —cuestionó, ahora casi en una súplica esperanzada, haciendo que mi corazón doliera.

—¡Casi estoy seguro! —le dije, mientras lo cobijaba—. ¿No viste mi foto? Tienes todas mis características.

—¿Sí? —murmuró, aferrado a mí.

—Sí. Solo haré la prueba para que tú te convenzas —dije con la verdad—. Yo no la necesito, sé que lo eres.

—¡Ojalá seas mi papá! —exclamó, acercándose a mí, haciéndome muy feliz. Ya había decidido hacerlo mío sin importar qué, a no ser que fuera de Alessandro—. Está bien, me haré la prueba.

Me llené de alegría al escucharlo. Decidido, quise llevarlo de inmediato al laboratorio. Pero me detuvo y me hizo sentar a su lado. Había algo que debía decirme que me estaba ocultando.

—Siéntate, papá… perdón, perdón. Es que… —se ruborizó al decirlo. Mi corazón saltó acelerado al escuchar que me llamaba así.

—Soy tu papá, tienes que decirme así, me gusta mucho —dije, mientras le acomodaba el cabello—. Ahora, ¿qué es eso que me quieres decir, hijo?

Por el modo en que se alejó de mí pude ver que no estaba acostumbrado a las muestras de cariño. Bajó la cabeza y comenzó a hablar de que su abuelo también estaba involucrado en la muerte de la esposa de Minetti y su hijo. Lo sabía porque estaba escondido en un closet y los escuchó.

—Era pequeño, pero me acuerdo de eso. Fue mi abuelo quien lo mandó a hacer junto con Víctor, Dimitrov, Oleck, y un tal Demon y su padre —siguió diciendo, nerviosamente—.

También estaba el que se hacía pasar por el dragón de fuego, el esposo de Florencia.

Ellos fueron quienes asesinaron a la esposa de Víctor Rostall, disfrazados de Francesco Rinaldi.

Además, fueron los que acabaron con la familia Rinaldi en una noche.

Me quedé mirándolo muy serio. Ya habían descubierto lo de los Rinaldi, pero nadie nos había dicho lo de Alfonso Conti, su abuelo. Ese muchacho me había resuelto muchos misterios que llevaba años investigando.

—Alexander, ¿estás seguro de que tu abuelo Alfonso estaba en eso? —indagué, queriendo asegurarme—. ¿Cuál era el objetivo?

—Mi tía Eleonora fue la que se le ocurrió la idea con él. Los otros solo querían matar a Minetti y mandaron un camión —contó, y se detuvo. Luego bajó la cabeza y continuó—. El otro camión lo mandó mi abuelo para matar a Celia y su hijo, para que mi madre se pudiera casar con Alessandro.

—¿Sabes lo que me estás diciendo? —Lo miré, con seriedad—. Yo, hijo, nunca le he ocultado nada a Alessandro, y esto es muy serio. Debes saber que matará a Alfonso Conti de la peor manera.

—Lo sé. Se lo merece por las cosas que me hizo y le dejó que le hicieran a mamá. No creas que los he perdonado porque la metieron en un club nocturno mientras yo era maltratado y abusado por Dimitrov y todo el que se le ocurría. ¡No, eso no lo he perdonado! —dijo, y se detuvo—. Pero…

—¿Quién te dijo que nosotros enviamos a tu madre a ese club? —reclamé. No recordaba que hubiéramos dado esa orden—. Hijo, no nos estoy justificando, pero por lo general soy yo el que da esas órdenes, y no recuerdo haberlas dado.

Alexander se quedó mirándome fijamente unos largos minutos.

Podía ver que estaba muy cansado. Lo atraje de nuevo hacia mí y lo estreché, guardando silencio.

Se dejó abrazar, recostando su cabeza en mi pecho.

Estaba delgado, y mis manos de doctor me hicieron sentir unas cicatrices en su espalda que me estremecieron.

¿Qué había sucedido con ese chico todos esos años?

—Estoy cansado, muy cansado de estar solo luchando por sobrevivir.

Y ahora me doy cuenta de que no solo tienen la culpa ustedes.

Mamá, mi abuelo y mi tía también la tienen —dijo, sin salir de mi abrazo—.

Me siento perdido, sin saber qué hacer. ¡Jamás me he sentido como ahora!

Siempre me propuse vengarme y hacer que Minetti me reconociera.

Ese fue el objetivo de mi vida, todo desapareció ahora, ¡todo!