¡Ups, me equivoqué papá, me equivoqué! (SERIE ¡UPS! nº 3) 209 . SALVANDO A LA FAMILIA
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209 . SALVANDO A LA FAMILIA

ALESSANDRO:

El silencio se instaló entre los tres después de que interviniera.

Alexander me miró desde sus ojos perlados de lágrimas que se negaba a dejar caer.

Tenía todo el cuerpo tensado mientras bajaba la cabeza.

Pero no se me escapó la confusión y el temor que lo embargaba.

Las palabras que quería decir se le quedaban atrapadas en la garganta.

Rufo me miró, negando con la cabeza. Luego soltó un suspiro largo, pero el sentido de la responsabilidad ya recaía sobre sus hombros. Ninguno de nosotros supo qué decir o hacer por unos instantes.

—Vamos, chico. Estamos perdiendo tiempo. Lo primero es saber dónde está tu madre y qué tan grave es la situación —inquirí, mirándolo fijamente—. ¿Qué es lo que está pasando?

Podía sentir la urgencia y la desesperación en su actitud. Alexander nos miraba ahora con esperanza. Se puso de pie mientras parecía un animalito acorralado, demasiado lastimado para confiar siquiera en los que se habían ofrecido a ayudarle.

—Hagamos los análisis ahora —insistió Rufo de nuevo.

—No. Primero salvemos a mi mamá —negó Alexander, y le hice seña a Rufo de que lo dejara.

El chico aceptó regresar con nosotros a la dirección. Al momento estuvimos de acuerdo en que teníamos que poner a salvo a toda su familia.

—Tenemos que actuar ahora mismo —dijo Alexander, nerviosamente—.

No sé dónde esos locos metieron a mi prima Alessia Moret.

No sé si lo saben, pero mi tía Eleonora la convirtió a imagen de su hija Alessia, mi Capo.

Ella es una buena chica, me ayudó a investigar y descubrir a todos los traidores. Es novia de su hijo Kenet.

—No te preocupes. Su papá, Francesco Rinaldi, la salvó. Está un poco desnutrida, pero nada serio —le informó Rufo de inmediato—. Si quieres, te llevaré a verla después. Está aquí en el hospital.

—¿En serio? ¡Gracias a Dios, gracias a Dios! —exclamó, realmente aliviado—. ¿Es verdad que Oleck la marcó como suya?

—Sí, pero se lo voy a borrar todo —contestó Rufo—. Ahora deja de dar vueltas y dinos por qué me pediste eso antes. ¿Quién te amenaza si se entera de que no eres hijo de Minetti?

—Los dragones —contestó, escuetamente.

Rufo y yo intercambiamos una mirada. Todavía no dominábamos a todos los integrantes traidores de los dragones. Alexander era en verdad inteligente. Al ver cómo nos miramos, de inmediato aclaró que eran unos que había buscado su abuelo Conti. Era él también quien le había asegurado que era hijo mío.

—¿Sabes el color de cada uno de esos dragones? —cuestioné, queriendo saber si había alguno que estaba a mi lado.

Asintió mientras sacaba su teléfono. Mientras buscaba en el aparato, nos explicó que lo tenían vigilado y no lo dejaban moverse sin ellos. En ese momento había cuatro fuera del hospital. Si se enteraban de que no era mi hijo, lo matarían. También a su hermana y a su mamá.

—Saben, ella no está bien, vive en su mundo de fantasía —dijo, con la voz rota—. ¡Pero es mi madre!

—Cálmate, no se lo diremos a nadie. Toma, ponte este anillo —le dije, entregándole uno igual al que tenía Kenet. Lo observó un instante, pero luego se lo colocó con desconsuelo—. Era de mi hijo mayor Alessandrito. ¿Entiendes? Todos pensarán que te reconocí.

Alexander no dijo nada. Se quedó contemplando la insignia en su dedo con incredulidad y melancolía.

Sabía que había esperado recibir por derecho propio esa prenda.

Por instinto, Rufo le puso una mano en su hombro, apretando con fuerza.

El chico levantó la cabeza, lo miró unos minutos y luego me miró, confundido.

—Aparte de todos esos traidores que cogiste, estoy seguro de que debe haber muchos más —dije, tratándolo como uno de los míos—. Nos ayudarás a cogerlos a todos. Trasladaré a tu madre y hermana para un lugar seguro. ¿Capisci?

Alexander asintió sin decir nada, mientras seguía contemplando el símbolo del anillo en su mano con mucha pena. Rufo, en un impulso, le tomó la otra mano y le colocó el anillo de su familia y jerarquía.

—Este es el que te pertenece si en verdad eres mi hijo. Serías el único que tengo. ¿De acuerdo? —dijo, con los ojos brillantes—. Vamos, deja que te haga la prueba para ver de cuál de los dos eres.

—Pero sin importar el resultado, Alexander —intervine, al ver el miedo en su gesto—. Si quieres llevar mi apellido Minetti, te lo daré.

No dijo nada. Se quedó mirando a ambos con una gran pena. Dio la espalda y se alejó dos pasos. Pudimos ver cómo se limpiaba los ojos con disimulo. Al girarse, sonrió, aunque más parecía una mueca.

—Gracias a los dos. Ahora lo primero que quiero es poner a mi familia segura —dijo, con un tono de voz más frío y seguro—. Engañaré a mi abuelo diciendo que me aceptaste y que me fuiste a buscar. Así no sospechará. Pero no lo aceptes a él como familia.

—¿No? ¿Por qué? —indagué, intrigado.

—Después les explico. Ahora…, ahora debo irme —tartamudeó, caminando hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo—. ¿Quién de los dos va a ir conmigo?

—¡Los dos! —respondimos al mismo tiempo.

Avanzamos decididos y lo colocamos en el medio. Alexander se quedó por un instante paralizado y se enjugó una lágrima, poniendo una expresión muy fría. Nos percatamos de que ese chico debió sufrir mucho, porque era claro para nosotros que había aprendido a esconder sus emociones desde niño.

—Estás seguro ahora, hijo —dijo Rufo, sin poder esconder su emoción.

—Eres uno de nosotros —completé yo.

No dijo nada. Solo dejó que le colocáramos los brazos encima de sus hombros.

Y así salimos, conversando felices del hospital, delante de las miradas sorprendidas de todos.

Con la misma actitud lo montamos en nuestro auto.

Alexander nos guió hasta el refugio donde tenía a su madre Adelina.

Ella, al vernos, se asombró, pero no dijo nada.

Luego bajó la cabeza y nos siguió, al igual que su hermana Olenska, que no dejaba de contemplar a Rufino.

—¿A dónde vamos? —murmuró Olenska—. ¿Nos vamos a llevar al abuelo?

—¡No! Camina y dame tu teléfono —dijo, con frialdad, Alexander—. No te atrevas a avisar a otros dónde estamos. Es más, ven aquí, te taparé los ojos para que no lo sepas.

—¡Ale, no exageres! —protestó la chica, pero su hermano le tapó los ojos.

Por mucho que protestó, él le puso una cinta negra en los ojos.

Adelina iba agarrada de la mano de su hijo, con una cesta llena de hilos y bordados en la otra.

Aunque no la había observado detenidamente antes, pude ver que su juventud se había evaporado.

Era menor que yo y parecía mucho más vieja.

La vi estremecerse al notar que la observaba y se apretó más a su hijo, que la abrazó.

—Alexander, te llevaré a una de mis casas seguras —avancé hasta colocarme a su lado—. Adelina, a partir de hoy nadie volverá a maltratarte. Te pido disculpas por no saber que te habían enviado a ese club.

Todos guardaron silencio al escucharme. Adelina se encogió todavía más detrás de su hijo. Alexander me miró, confundido, pero no dijo nada. Otro día les contaríamos la verdad de lo sucedido. Aquello era para quienes los vigilaban.

—Gracias, papá —dijo, esbozando una fría sonrisa—. Ahora que me reconociste como tu hijo mayor, nadie podrá hacerle nada. Mamá, te lo dije: papá me iba a reconocer.

—¿En serio lo hizo? —inquirió Adelina, de pronto—. ¿Estás seguro de que es eso?