208 . COSAS DEL PASADO
ALEXA:
En la casa de los Minetti, me detuve frente a la mujer que hasta ahora creía que era mi madre: Camil.
Ella levantó la cabeza para mirarme, intrigada.
Sabía que siempre le había parecido extraña.
Apenas hablaba y aparecía y desaparecía como un fantasma.
Deambulaba por las noches en mi bata de dormir, porque permanecer dentro de mi habitación sentía que me asfixiaba.
Me fascinaba ver la luna. Sentía que mi alma se había detenido en la época en que solo la podía ver por una pequeña abertura en el techo de la cueva a donde fue a parar con el dragón blanco, después de que el remolino de agua se la tragara.
—¿Qué quieres, Alexa? —inquirió Camil.
—¿De dónde me robaste? —pregunté, directamente.
Camil se quedó sin habla ante esa pregunta. Ni ella misma recordaba de dónde me había sacado cuando era una bebé. Su mente no lo guardaba. ¿Por qué ahora, después de tantos años, le hacía esa pregunta?
—¿Alexa, qué es lo que quieres saber? —cuestionó, sin dejar de mirarme con el ceño fruncido.
—Mis padres —mantuve mi interrogatorio—. ¿Quiénes son mis padres?
—Nosotros —respondió, pero bajó la mirada y supe que estaba mintiendo.
—No, mamá, ustedes no son mis padres —dije, con determinación—. Dime la verdad.
Mamá se quedó en silencio, mirándome fijamente. Pero yo no iba a irme sin que me dijera la verdad. Al fin aceptó que no eran mis padres, pero insistió en que no recordaba nada más.
—¿Por qué me preguntas eso después de todos estos años? —indagó, de pronto.
—Escuché a Alessandro diciendo que tengo un hermano menor —le conté, para que no siguiera engañando.
—¿En serio? Él no me ha dicho nada. De seguro escuchaste mal —dijo Camil, y me pareció sorprendida—. ¿Cómo vas a tener un hermano si no sabemos quiénes son tu familia? No tenemos la menor pista ni idea.
—Mamá, no me hagas la tonta. Soy casi la copia de la difunta esposa de Alessandro, entonces es lógico que sea familia de ella —dije, sin vacilar, decidida a no ceder—.
Cuando mandé a Lucila a que investigara el origen de esa mujer, me dijo que toda la familia de Celia había muerto, que no quedaba nadie, y por eso no pregunté más.
Pero mi hermano dice que soy una Rinaldi.
—¡¿Rinaldi?! ¿Qué absurdo es ese? —reclamó mamá—. ¿Cómo vas a ser una Rinaldi?
—¡No lo sé, pero lo escuché claro cuando hablaba con Rufo y el señor Francesco! —dije, perdiendo la paciencia.
—¿Dónde están? ¿En el despacho? —murmuró, pasando por mi lado—. Vamos ahora mismo a ver qué diablos hablan. ¿Cómo van a decir ese disparate?
Camil tomó mi mano y se dirigió al despacho. Tocó y, cuando le indicaron que entrara, lo hicimos. Sentados y mirando varias hojas en sus manos se encontraban Alessandro, Rufo, Francesco y su esposa.
—¿Mamá, se te ofrece algo? —cuestionó Ale, en cuanto nos vio.
—Sí, ¿qué sin sentido es ese de que tu hermana es una Rinaldi? —indagó mamá Camil, sin sentarse.
Alessandro se quedó en silencio, sosteniendo la mirada de nuestra madre mientras apretaba las mandíbulas.
Rufino se puso de pie, haciendo señas para que se tranquilizara.
Sabía que a mi hermano no le gustaba que escucharan detrás de la puerta y mucho menos que lo enfrentaran.
Por eso respiró profundo antes de contestar.
—No es un disparate, mamá —dijo, con seguridad—. Francesco aquí presente conoce toda la historia de la madre de Alexa, y es verdad que tiene un hermano. Es Ray, el primo que él crió.
—¿De dónde sacaron esa locura? —reclamó mamá, furiosa.
Alessandro nos mandó a sentarnos mientras le indicaba a Rufo que explicara todo. Según él, yo era la hermana mayor de Raymundo, al que le decían Ray. Éramos hijos de un primo de Francesco y de Cecilia, la hermana de la difunta esposa de Alessandro.
—Acaba de salir la confirmación de que es cierto —dijo Rufo, mostrando unas pruebas—. Alexa es la hermana mayor de Raymundo. Los análisis de consanguinidad dieron positivos. Ray y Alexa son hijos de los mismos padres, es decir, son hermanos.
—¿Estás seguro de eso? —inquirí, arrebatando las pruebas de las manos de Rufo—. Vamos a verlo ahora mismo. Quiero ver a mi hermano.
Salí corriendo hacia la casa donde sabía que se quedaba.
Ray estaba sentado debajo de un árbol, cerca del lugar donde cada noche veía aparecer el fantasma de una mujer que se le parecía a su madre.
A pesar de que se habían mudado a las propiedades de Franco, venían a entrenar y prácticamente se pasaban el día en casa de Minetti.
De pronto vio unos pies delante de él. Levantó la mirada y se puso de pie de un salto.
¡El fantasma estaba delante de él y le sonreía feliz!
No sabía qué hacer. Yo solo lo observaba, sonriente.
Y sin más, antes de que le diera tiempo de reaccionar, me abalancé encima de él.
Lo abracé y lo llené de besos. Ray me devolvió el abrazo porque, por alguna razón, mi olor le traía a su memoria el de nuestra madre.
Hasta que, al fin, me alejó para mirarme, mientras le acariciaba con infinito amor su rostro.
—¿Quién…? ¿Quién eres? —al fin pudo preguntar—. ¿Eres real?
—Soy Alexa, tu hermana mayor —respondí, sin rodeos.
Si un tiro le hubiese dado en la cabeza, no hubiera causado el mismo efecto que esas palabras. Era como si de pronto su cerebro hubiese dejado de funcionar y, aunque intentaba decir algo, no lo lograba. Hasta que vio venir corriendo a Franco, con Alessandro y otras personas detrás.
—¡Ray, no te asustes, ahora te lo explicamos todo!
—le gritó Franco, mientras se acercaba—.
No te había dicho nada hasta estar seguro.
Ella es la hermanita perdida de la que tanto hablaba tu papá.
La recogió la señora Camil sin saber y la criaron.
Es Alexa, tu hermana mayor. Mira, estas son las pruebas que lo demuestran.
Para eso fue que te dije que te hicieras aquel examen.
Quería estar seguro antes de llenarte de falsas ilusiones.
Fue entonces cuando dio un paso hacia mí, inseguro al principio, y luego otro más. Finalmente, extendió una mano temblorosa y la posó sobre mi mejilla. Parecía que necesitaba comprobar que yo estaba ahí, de carne y hueso, y no era solo una ilusión.
—¿Tú… tú de verdad eres mi hermana? —murmuró, casi en un susurro.