207 . UNA VERDAD INESPERADA
ALESSANDRO:
El chico vaciló un momento, retrocediendo mientras dejaba caer sus hombros. Bajó la mirada a sus pies, con los ojos llenos de lágrimas. Rufo, que se había mantenido detrás de su buró con su vestimenta de doctor, se acercó despacio hasta colocarse entre Alexander y yo.
—Soy yo cuando tenía tu edad —dijo, con determinación—. Creo que eres hijo mío y no de Alessandro. Solo que saliste rubio como tu madre y la mía.
—¡¿Qué?! ¡No, eso no es cierto! —Alexander dio un paso atrás, aterrado—. ¡Mamá me dijo que era hijo de Alessandro Minetti! ¡Las mujeres saben de eso!
Seguía alejándose, sintiendo cómo su mundo se derrumbaba en un instante. Era tanta su sorpresa que casi perdió el equilibrio, lo cual hizo que lo sujetara fuerte. Lo abracé, lleno de pena, al ver que no era una mala persona. Era solo un niño que buscaba la protección de un padre.
—Ven, siéntate aquí, siéntate —lo tomé por los hombros y lo obligué a sentarse—.
Yo sé que has soñado con ser mi hijo toda tu vida, y a lo mejor lo eres.
Pero quiero decirte que, si eres de Rufo, es igual que si fueras mío.
¿Sabes que él es mi Consigliere, el hombre más poderoso después de mí, mi único hermano? Serás tan poderoso como mi hijo Kenet.
—¡No es eso! —dijo Alexander, recordando lo que le dijera su madre al salir de la casa. Le pidió que no la odiara. ¿Sería por esto? ¿Ella lo sabría? ¿Por qué nunca le dijo nada?—. Es que…, es que mamá…
Nos sentamos a ambos lados del muchacho en el sofá. Era evidente que estaba sufriendo profundamente.
—Tu mamá en aquella época era una chiquilla caprichosa —dijo Rufo, con cuidado—. Tu abuelo hacía de ella lo que quería.
—¡Ella me dijo que era contigo con quien se había acostado! —Gritó, apartándose de en medio de nosotros.
—Bueno, creo que alguien la engañó y nos las dio como un trofeo aquella noche —dije, muy serio, tratando de hablar lo más suave que podía sin ofender a su madre—. Ambos estuvimos con ella y, cuando nos despertamos, no teníamos preservativos.
Alexander, de pie frente a mí, estaba claramente sobrecogido por el peso de la situación.
Afuera podían escucharse los pasos tranquilos de algunos médicos y enfermeras, completamente ajenos al huracán que se desataba en nuestro rincón del hospital.
Rufo se puso de pie y caminó hacia Alexander despacio.
—Vamos a realizarnos el análisis —dijo, con firmeza—. Aunque mirándote, casi estoy seguro de que eres mío. Y si es así, y lo deseas, te reconoceré con todo lo que eso significa.
—¡Yo no puedo ser hijo de un…, de un…! —se apartó, negando con la cabeza.
—¿Homosexual? —Terminó de decir Rufo—. Lo siento, pero a mí me gustan las dos partes, y en estos momentos estoy casado con un hombre. No te voy a engañar. Si resultas ser mi hijo, no te obligaré a nada. Es tu decisión si me quieres en tu vida o no.
—¡Rufo! —lo regañé con fuerza, al ver la cara de terror del chico.
Alexander se puso de pie de un salto y se marchó, tirando la puerta con rabia. Era claro que no podía creer que fuera cierto, no podía ser hijo de otro.
—¡No! ¡Yo soy el hijo del Capo di tutti i capi, el dragón negro número Uno! ¡No de…, no de…! —caminaba dando tumbos por el largo pasillo, hasta que tuvo que recostarse de la pared para no caer. Se agachó, tomándose la cabeza con las manos.
Unos pies se detuvieron delante de él. No miró, pero supo quién era.
Hasta que vio cómo se sentó en el piso a su lado.
No dijo nada, solo se quedó allí, acompañándolo en silencio.
No sabía por qué, pero al sentir ese calor a su lado, ese que nunca tuvo de un padre, comenzó a llorar.
Rufo le pasó la mano por los hombros y lo dejó.
Yo me quedé a cierta distancia, dándole su espacio.
—Perdóname por hablarte así sin esperar saber la realidad.
Si en verdad me llego a enterar de esto antes, te juro que hubiera hecho las cosas distintas, pero no puedo cambiar ahora por ti —comenzó a decir Rufino, con suma seriedad—.
Amo a mi pareja, es una bella persona que te amará a ti si lo dejas, y no me gusta decir mentiras.
Además, todavía no sabemos si eres mi hijo o no.
Quizás el parecido es solo una coincidencia.
Vamos a hacernos el examen los tres. Alessandro también se lo va a hacer.
Si resultas ser de alguno de nosotros, te reconoceremos.
Te daremos tu lugar, te lo prometo, si es eso lo que quieres.
—¡No sé si es lo que quiero ahora! ¡Ya no sé qué quiero!
—gritó, desesperado, girándose hacia Rufo—.
¡Pero si en verdad eres tan poderoso como acaba de decir el Capo, tienes que ayudarme a salvar a mi madre!
¡Tienes que hacerlo! ¡Tienes que salvarnos a todos!
¡Estamos en grave peligro si en verdad no soy el hijo de Minetti!
Me acerqué de inmediato al escucharlo. Rufo mantuvo la calma, aunque por dentro era evidente que sus emociones estaban al límite. Intentó tomar a Alexander por los hombros, pero el muchacho se apartó rápidamente, como si el contacto lo quemara.
—Lo haré, Alexander. Si tu madre corre peligro, la protegeremos. Pero necesito que entiendas algo —despejó su voz y esperó a que Alexander dejara de temblar lo suficiente como para prestarle atención—. Necesito que ahora vayas a hacerte el estudio para saber de quién eres hijo.
—Ahora no, solo quiero salvar a mi madre —dijo, limpiando sus lágrimas a manotazos—. Ya no sé si quiero saber quién es mi padre.
—No te voy a obligar, pero en verdad creo que es mejor que lo sepas —insistió Rufo, queriendo conocer la verdad. Después de todo, no tenía hijo, y que le apareciera uno así de pronto lo llenaba de felicidad. Podía verlo en su mirada.
Alexander alzó la cabeza y, por primera vez, pareció observar con atención a Rufo. Sus ojos estaban llenos de un miedo profundo que no se nos escapó. Después de todo, todas sus ilusiones se habían derrumbado con ese hecho. Me acerqué despacio y le pasé una mano por los hombros.
—Vamos, no te pongas así —traté de tranquilizarlo—. Deja que Rufo nos haga el análisis a los tres. ¿Y si resultas ser el mío? El parecido con Rufino puede ser solo coincidencia. ¿Qué dices? ¿Lo hacemos o no?