206 . UNA RETROSPECTIVA
ALESSANDRO:
Junto a Rufo, acabábamos de llegar al hospital cuando recibí el mensaje que me envió Alexander. Le había pedido que viniera a verme. Avanzamos hacia la dirección, dejando instrucciones a Humberto de que, en cuanto el chico llegara, lo llevara para allá.
—¿Ese chico en verdad te llamó papá? —inquirió Rufo.
—Sí, creo que lo convencieron de que es mi hijo —dije, mientras me sentaba—. Pero nunca estuve con su madre, que recuerde.
—Veamos qué sucede —dijo Rufo, girando la cabeza al ver que la puerta se abría, y a continuación exclamó—. Oh, no puede ser.
Alexander se detuvo en la puerta, observándonos a los dos.
Luego entró y me dio un gran abrazo, que le devolví mientras miraba a Rufo.
El chico, feliz, comenzó a explicarme por qué había hecho todo lo de los dragones, mientras me pedía perdón una y otra vez.
Lo escuchábamos sin saber qué decir. Estábamos realmente sorprendidos, sobre todo Rufo, que negaba con la cabeza.
—¡No puede ser verdad, Ale! ¡Nos protegimos aquella noche! —decía una y otra vez, sin dejar de contemplar a Alexander delante de nosotros.
—Rufo, acuérdate bien, que fue muy extraño todo —susurré a su lado.
Retrospectiva:
Caminábamos por el largo pasillo del club oscuro, iluminado con luces rojas. Ese día no estábamos muy entusiasmados. Al llegar a una habitación nos detuvimos, entramos y nos dejamos caer en el sillón, bebiendo unos tragos.
—Rufo, no me siento bien hoy —dije, cerrando los ojos.
—¿Qué tienes, Ale? —cuestionó enseguida, tomando mi pulso.
—No lo sé, es algo extraño —expliqué, respirando profundamente—. Me siento mareado desde que entramos.
—Yo también un poco. Creo que es ese extraño humo —dijo al fin, poniéndose de pie—. Toma, huele esto, se te va a pasar. ¿Quieres irte?
—Sí, vámonos a descansar —me puse de pie, decidido a retirarme.
Pero Rufo me detuvo, diciendo que le hacía falta estar con una mujer. Llevábamos un mes en la tundra rusa y necesitaba descargar. Sugirió que saliéramos un rato al balcón mientras nos traían la mujer que nos habían prometido. Mientras tanto, mandaríamos a que ventilaran la habitación.
—De acuerdo, yo también quería hoy sentir a una mujer —dije de inmediato—. Pero no me siento bien. Te digo que parece como si me hubieran drogado.
—Señorita, ventilen esta habitación. No queremos ningún afrodisíaco —le pidió Rufo a una de las empleadas—. Estaremos en el balcón. Avísenos cuando esté listo. Al parecer, como llevamos tanto tiempo respirando aire limpio, nuestros pulmones no resisten esto.
Salimos y nos sentamos a conversar en el balcón hasta que nos recuperamos. Acabábamos de regresar de Rusia, después de un mes persiguiendo al Oso, hasta que pudimos eliminarlo. No había vuelto a quedarme en la casa con mi abuelo, lo hacía en el apartamento que tenía en la ciudad o con Rufo.
—Tienes que volver a ejercer, Rufo —le pedí, muy serio.
—Todavía no, Ale, estoy lleno de furia —respondió, con sinceridad—. Solo lo haré si te quedas aquí en la ciudad conmigo. Asumiré el cargo de director que quiere tu abuelo en ese hospital que intenta regalarme.
—Asúmelo, me quedaré —dije, sintiendo que mi furia por la pérdida de mi esposa e hijo eran más manejables—. Solo iremos de cacería los fines de semana.
—Está bien —aceptó, poniéndose de pie—. Vamos ahora, mira, nos están haciendo señas.
Al introducirnos en la habitación, estaba realmente oscura. Había varias mujeres en la cama. Nos dimos un trago y nos alistamos para empezar. Pero de pronto Rufo se quedó fijando la vista en una de las mujeres, moviendo la cabeza.
—¿Qué pasa, Rufo? —indagué, al verlo congelado.
—Esa de ahí se parece a Adelina Conti —me señaló a una en medio de la cama.
—¿Quién es esa? —murmuré, mientras me quitaba la ropa.
—¡Tú ex prometida! —me recordó, para mi sorpresa.
No pude dejar de soltar una carcajada. No recordaba a Adelina Conti, en verdad nunca la miré. Pero él había sido el que hizo todo el arreglo de mi matrimonio y contrato con ella. Para mí era solo un arreglo para complacer a mi abuelo enfermo. Nunca me fijé en ella de verdad.
—¿Qué va a hacer aquí, Rufo? Debe ser una que se le parece —dije, pues ese era un lugar para otro tipo de mujeres, no para una niña mimada rica—. ¿Te gusta? ¿La compartimos?
—Sí, me gusta la condenada —dijo, quitando su ropa—. Cuando te cases, ¿la compartiremos?
—Si quieres la puedes coger para ti, no me interesa —dije, con desgana.
—Veremos si me gusta. ¿Empiezas tú o yo? —cuestionó, aunque podía ver que en verdad le gustaba—. Parece estar muy borracha.
—Empieza tú, yo voy con la pelirroja aquella, me gusta más —dije, mientras me dirigía al otro lado de la cama. Después de todo, nunca me había interesado en ella, ni pensaba hacerlo.
Y así inició una noche que nos pareció interminable, porque ambos nos sentíamos todo el tiempo muy mareados.
Para ser honesto, ninguno de los dos recordamos más de esa noche, pues tuvimos la sensación de que ambos perdimos el conocimiento.
Al recuperarnos, no teníamos preservativos y seguíamos con una mujer entre los dos.
—¿Qué diablos pasó? —pregunté, poniéndome de pie.
—No lo sé. A lo mejor nos pasó factura el cansancio y nos dormimos —respondió Rufo, mientras me seguía fuera—.
Por si acaso, mandaremos a Humberto a vigilar a todas las mujeres que estuvieron con nosotros hoy.
No queremos dejar hijos regados. Y nos realizaremos una prueba, no vaya a ser que hayamos contraído alguna enfermedad.
—De acuerdo, hazte cargo de eso —respondí, saliendo—. Vamos.
Fin de la retrospectiva.
Alexander dejó de abrazarme cuando sintió que me había quedado paralizado y que nuestras miradas seguían clavadas en él, cargadas de estupor.
Estaba justo frente a mí, con las manos sudorosas y los ojos vidriosos, llenos de esperanza.
Podía notar que luchaba con el miedo, como si cada palabra fuera una batalla en su garganta.
—¿Qué es lo que pasa? —inquirió Alexander, sin entender el silencio entre nosotros y cómo lo observábamos—. ¡Yo soy tu hijo, me lo dijo mamá! Dijiste que te ibas a hacer todas las pruebas para ver si es verdad.
—Y las vamos a hacer, hijo —me apresuré a decir, mientras le colocaba una mano en el hombro—. Ahora mismo. Pero no es eso. Quiero que mires esta foto y me digas a quién se parece.
—¡A mí! —exclamó Alexander—. ¿Eres tú de joven?
El silencio volvió a instalarse en la habitación mientras Rufo y yo intercambiamos una mirada de incredulidad.
No necesitábamos esa prueba. Alexander era casi la copia de su padre.
Buscamos en su rostro alguna característica que nos diera claridad, pero seguíamos atónitos ante la visión del chico.
No era un muchacho que pareciera fruto de una mentira.
En sus ojos había una inocencia que me resultaba extrañamente familiar.
—¿Qué sucede, papá? ¿Por qué me contemplan así? —murmuró Alexander, con voz temblorosa—. ¿No me vas a reconocer como tu hijo?