205 . SECRETOS Y ÓRDENES
ALESSIA:
Gian respiró profundamente, luchando con sus emociones.
No quitaba la mirada de él, observando cómo luchaba por mantener la compostura.
Giró con los ojos entrecerrados y por un instante fugaz vi rabia, pero también determinación.
Aunque no conocía a la perfección el ruso, claramente entendí las amenazas de Grigory: iba a eliminarlo porque yo era suya.
—Gian, ¿quién te dio ese anillo y qué significa? —indagué, intrigada.
—Eso, vida mía, te lo tengo que explicar después —dijo, regresando a mi lado—. Ahora deja que te vea. ¿Estás bien? ¿Te duele algo?
Me dejé revisar con emoción. Podía ver la preocupación en su expresión y cómo tocaba mi cabeza con suma delicadeza. Luego me acarició con suavidad.
—Estoy bien, me duele todavía un poco. ¿Dónde fuiste? —inquirí de inmediato—. He estado muy asustada sin saber si era verdad que eras tú, o ese odioso ruso quien estuvo todo este tiempo conmigo en el refugio.
—¿Cómo así? —cuestionó, haciéndose el ofendido—. No soy tan desagradable para que me confundas. ¿O sí?
—¡No, no quise decir eso! —me apresuré a aclarar—. Tú eres más guapo hasta disfrazado de él. ¿En serio no me vas a decir qué significa ese anillo? ¿Hablaste con mi papá? ¿Quién eres, Gian?
—Tu prometido. Te lo dije desde que despertaste: soy tu prometido, Alessia Minetti. Creo que si piensas un poco, tú sola vas a encontrar la respuesta. ¡Soy tu prometido, el único que tienes! —respondió, mirándome fijamente.
No sabía que tenía la esperanza de que yo descubriera que era en verdad el prometido que me había buscado papá, el hijo mayor de Cian. Pero yo no tenía idea y todas sus esperanzas se fueron al traste cuando me oyó decir, muy seria:
—Gian, yo sé que te dije que sí en aquel club.
También te expliqué que papá ya me tiene prometida al hijo mayor de Cian de Milán —expliqué, con seriedad—.
Así que primero tenemos que arreglar eso.
No sé si lo sabes, pero mi papá quiere a ese capo como si fueran hermanos.
No es nada fácil que desista de casarme con su hijo.
No me dijo nada, pero pude ver primero una mueca y luego una sonrisa amplia. No entendía sus cambios de expresión, pero esa conversación era muy seria para mí. Me tomó las manos con cariño, tirando de mí suavemente hasta rozar mis labios.
—Bueno, entonces hablaremos con él al respecto —dijo, con un suspiro, al ver que yo no me había dado por enterada—.
Ahora deja que te bese, amor. Te extrañé mucho.
Espera, deja cerrar la puerta; no quiero visitas no deseadas.
Quiero acariciarte hasta el cansancio sin que me interrumpan.
Eres mi novia y ya se me ha olvidado cuándo fue la última vez que te besé como me gusta.
—Ji, ji, ji…, yo también quiero que me beses, ven aquí —me sonrojé y cubrí mi rostro con ambas manos.
No podía respirar ante sus labios sobre los míos, mientras sentía cómo su mano bajaba con una lentitud aterradora por mi espalda, hasta más allá de mi cintura.
Quería detenerlo, pero el placer hacía que todo mi cuerpo se calentara y me estremeciera como nunca antes me había sucedido.
Por fin me llené de valor y lo retuve al tiempo que trataba de escapar.
—Gian… —lo llamé, soltándome un instante.
Los labios de Gian no me dejaban, bajaban en una caricia por la piel de mi barbilla, que parecía recobrar vida, estaba muy sensible.
Gemí, apretándome más a su cuerpo, percatándome de lo excitado que estaba el hombre que amaba, que no dejaba de devorarme con ansias locas.
Parecía estar saboreándome, como si hubiera estado muriendo de hambre y yo fuera su comida.
Traté de alejarme, de escapar, pero él siguió despacio recorriendo con lentitud y maestría mi cuello, arrancándome, sin que pudiera evitarlo, gemidos de placer.
—Gian, espera…, mamá… —le recordé.
—Susss, déjame, amor. Déjame saborearte, por favor —susurró, sin detenerse—. No sabes cuánto te he extrañado y deseado hacer esto. Te amo, linda, te amo.
—Yo también te amo, Gian —respondí, alejándolo de mí—. Detente, debemos hablar. Además…, recuerda mi herida…
—¿Te duele? —reaccionó enseguida, mirándome preocupado.
—Un poco, y eso que me haces —sentí cómo mi rostro se ruborizaba—. ¡Me sube la presión y me duele más la cabeza!
Al fin logré salir de sus brazos, toda acalorada, sintiendo vergüenza ante la mirada que me daba y la sonrisa que tenía en su boca. Me alejé, viendo cómo él, con pasos lentos como un felino depredador, me perseguía sin dejar de devorarme con sus ojos.
—¿No te gusta lo que te hago, bella? —preguntó Gian, llegando a donde yo ya no podía retroceder, atrapándome por la cintura y volviendo a su tarea de rozar mi cuello.
—¡No es eso! —me escapé de nuevo—. ¡Me gusta mucho! Me lo harás cuando esté bien. Ahora vamos a ponernos de acuerdo de cómo enfrentar a papá. Te prometí que no iba a dejar que me casara con el hijo mayor del Capo Cian.
—¿No? —murmuró Gian, sonriendo, tratando de volver a atraparme. Yo me subí en la cama—. ¿No te has preguntado quién es ese hijo del Capo Cian? A lo mejor te sorprendes.
—Sí, pero por mucho que busco en internet, no he encontrado nada —dije, con seriedad, tratando de que se concentrara—. Es todo un misterio los hijos del Capo Cian.
—¿De veras? ¿No encontraste ni una sola fotografía? —Se detuvo y sacó su teléfono, poniéndose a buscar—. Vamos a ver.
Respiré aliviada y caminé hasta sentarme en la cama. Pude ver una expresión de asombro en su gesto. No sabía que era porque estaba mirando que todas sus cuentas y las de su hermano en las redes sociales habían desaparecido. Estaba pensando que el Capo Mayor quería mantener a su hija en la oscuridad.
—¡No aparece nada de él, es un misterio! —repetí, preocupada—. Mamá dice que es un gran chico y muy bien parecido. Pero no he podido encontrar nada. Mi tía Lucy me prometió ayudarme cuando regrese.
—¡Vaya, es verdad lo que dices! ¡No se sabe quién es! —dijo, guardando el aparato.
Se quedó mirándome fijamente. Por un momento pensé que quería decirme algo.
No podía imaginar que Gian se moría por decirme la verdad, pero mi padre, con ese lío de querer ver si en verdad estaba decidida a no casarme con el hijo de Cian por él, lo detuvo.
Tampoco que él también quería saber hasta dónde lo defendería yo frente al Capo di tutti i capi, o cedería ante él.
Además, tenía un asunto que arreglar con cierto ruso que lo quería eliminar y, si me lo decía en ese momento, estaba seguro de que no lo dejaría moverse de mi lado. Por ahora, tenía la excusa de que no era aceptado por el Capo, y tenía que irse por eso. Así que se quedó callado.
—Pero, Gian, no me has dicho quién eres tú en realidad —volví al tema, queriendo estar preparada para enfrentar a papá—. ¿Tu familia crees que me acepte cuando sepa quién es mi papá?