204 . ENFRENTAMIENTO EN EL HOSPITAL
ALESSIA:
Llevaba varios días en el hospital y estaba muy impaciente. Mi hermano Kenet había desaparecido sin que me diera tiempo de preguntarle nada. Mi padre tampoco había vuelto. Todo el mundo me visitaba menos ellos. Mi madre Lilian me observaba intranquila y sonrió, haciéndose la que no sabía nada.
—Va a venir. Dijo que le avisaran cuando pudieras recibir visitas —me dijo, al recibir un mensaje que le informaba que Gian iba a venir a visitarme—. Tuvo que ir a resolver algo de su familia, pero ya regresó.
—¿Quién? —inquirí, todavía sin saber que hablaba de Gian.
—El chico que estaba contigo allá abajo. Está bien. ¡Ah…, creo que vino! —dijo, al ver otro mensaje que recibió—. Espera, voy por él. Parece que no lo dejan entrar.
Me acomodé rápido el cabello y miré hacia la puerta.
La sonrisa se me congeló cuando, después de unos minutos de espera, vi entrar a Grigory con un enorme ramo de flores.
Miré detrás de él para ver si venía Gian, pero nada.
¡Mi mamá no podía estarse refiriendo a él!
¿Soñaría todo y sería Grigory quien estuvo conmigo todo el tiempo? ¡No, era Gian, mi Gian!
—Hola, Alessia, ¿cómo estás? —habló Grigory en un extraño italiano, con una amplia sonrisa y su mirada brillosa.
Lo miré sin poder creer que era él quien había venido a visitarme. Para mi sorpresa, intentó besarme, pero yo se lo impedí, deteniéndolo con la mano.
—¿Qué crees que haces? —cuestioné, furiosa.
—Saludarte, linda —respondió, un poco incómodo—. ¿Estás molesta porque no vine antes? No dejaban entrar a nadie, ni siquiera a mí. Discúlpame por no haber estado cuando te despertaste. ¿Cómo te sientes?
Lo miré atónita, sin poder creer que lo hubieran dejado entrar.
¿En qué estaba pensando mi mamá? ¿Es que acaso todos se creyeron que era a él a quien había aceptado en el club?
Había visto montones de veces el video de la proposición.
Recordaba muy bien lo que me dijera Gian: había sido a mi novio a quien acepté, no al ruso Grigory, que ahora se me hacía más insoportable de como lo recordaba de niña.
No obstante, me obligué a ser cortés porque se tomó la molestia de venir a verme.
—Hola, Grigory. Estoy bien, gracias por las flores.
—Las flores no vienen solas —aclaró, sonriente, señalándome una cajita dentro de ellas, que miré sin tomarla—. No te lo di aquella noche en que te pedí casarte conmigo, por eso te lo doy ahora. Espero que te sirva.
Abrió la caja, dejando ver un hermoso anillo de compromiso, que observé, incrédula. Estaba lista para aclararle todo a Grigory cuando una voz que me hizo sonreír de oreja a oreja se escuchó detrás:
—¿Qué haces, Grigory, regalándole un anillo de compromiso a mi prometida?
A esa voz, Grigory giró muy rápido y observó a Gian como si no lo pudiera creer. No sabía que había dado expresas órdenes a sus guardias de seguridad para que le impidieran la entrada. ¿Cómo había logrado burlarlos?
Yo lo miraba sin poder creer que hubiera venido.
Por mucho que intentaba mantener mi expresión, mis labios se curvaban en una sonrisa.
Gian avanzaba con paso firme, sonriendo con tremenda expresión de felicidad en su rostro.
Mi alegría era tan grande que pensé que todos podían escuchar cómo saltaba mi corazón.
Observaba cómo Grigory intentaba impedirle el paso hacia mí.
Pero Gian, sin más, apartó al ruso de un empujón.
Grigory, sorprendido, no supo cómo reaccionar.
No podía apartar la mirada de mi novio. Era en verdad muy apuesto.
Había algo magnético en él, un carisma y belleza clásica que me atrapaba.
Llevaba un pantalón de mezclilla desgastado en los puntos justos, que caía con la medida exacta sobre sus caderas y acentuaba sus piernas.
La camisa, entallada y de un tono que complementaba su piel ligeramente bronceada, tensaba sutilmente sobre sus bíceps y su espalda, invitando a la vista a recorrer cada línea.
Era la personificación del galán italiano, la justa medida del arte de la elegancia sin esfuerzo, y su mirada oscura no se apartaba de mí.
—¡Gian! ¡Al fin regresaste! —exclamé, eufórica, sin poder apartar la mirada de mi apuesto novio.
—Hola, amor, discúlpame la demora —dijo, mientras se acercaba.
Gian se aproximó sin apartar su sonrisa brillosa. Extendí mis brazos y lo estreché feliz, llenándolo de besos, siendo correspondida con el mismo entusiasmo. Todo sucedió ante los ojos furiosos de Grigory, que reaccionó y tiró de Gian para alejarlo de mí.
—¿Qué diablos creen que hacen? ¡Alessia, eres mi prometida! —Gritó, rojo de furia—. Me dijiste que sí delante del mundo entero y no dejaré que te burles en mi cara. ¡Aléjate de ese hombre ahora mismo o atente a las consecuencias! ¡Eres la mía y no te liberaré de esa promesa!
Nos ignoramos por completo, perdidos el uno en el otro como si el mundo hubiera dejado de existir. Gian me tomó el rostro y me miró intensamente mientras sonreía, y me besó profundamente, hasta que un nuevo tirón que me dio Grigory por el brazo nos hizo separar.
—¡Qué demonios! —Rugió Gian, enfrentando al ruso—. Alessia es mi novia.
Dio dos pasos hacia él, amenazante, haciendo que Grigory retrocediera. Lo observó fijamente mientras avanzaba sin detenerse. Luego sacó un teléfono de su bolsillo.
—Ya que crees que ella te dijo que sí a ti delante del mundo —comenzó a hablar, al tiempo que buscaba algo en su teléfono—. Déjame sacarte de tu confusión, Grigory.
No entendía lo que hacía, pero no intervine. Me gustaba mucho ver a mi novio defenderme así. Luego supe lo que pretendía y me enderecé en la cama. Puso el video con la respuesta de la proposición bien alto, donde se escuchaba claramente su nombre.
—Sí, Gian… —era mi voz.
—¿Escuchaste? ¿Necesitas escucharlo otra vez? —murmuró, burlonamente, y volvió a poner la respuesta.
—Sí, Gian, acepto ser tu esposa —me sonrojé al verme y escucharme en ese video. Estaba complacida de que tuviera esa prueba.
—¡Eso no significa nada! —gritó Grigory—. ¡El Capo Minetti ya me aceptó como su prometido! ¡No puedes hacer nada!
—¿Qué quieres decir con eso? —reclamé, asustada—. ¡Es mentira! ¡Papá no pudo hacer eso! ¡Ya estoy comprometida y no es contigo!
—¡Pues lo hizo! —afirmó, victorioso—. El Capo me aceptó como tu prometido, Alessia. ¿Lo escuchaste? Eres la mía, así que ve haciéndote a la idea. ¡Soy yo ese prometido! ¡Suelta a ese hombre ahora mismo porque a partir de hoy y para toda tu vida serás mi mujer! ¡Mía!
—¡Si vuelves a decir que mi mujer es tuya, se me va a olvidar que eres hijo del Lobo y te meteré un tiro en la frente! —amenazó Gian, sacando un arma y colocándola entre ceja y ceja de Grigory—. ¿Ves esto en mi mano? Sabes lo que es. Estoy muy seguro de que lo sabes muy bien.
Miré cómo Gian levantaba su mano, mostrando el anillo del dragón negro. Grigory abrió y cerró la boca varias veces porque lo reconoció. Y sin más, giró y se marchó, maldiciendo en ruso.
—Gian, ¿qué significa ese anillo? —inquirí, sin entender.