203 . LA CONDICIÓN DEL CAPO
GIANPIERO:
El Capo di tutti i capi Alessandro Minetti esbozó una sonrisa ladeada, esa que tanto temor sembraba en el corazón de sus asociados, pero que en mí significaba casi una amenaza.
No me importaba. Estaba decidido a todo porque me permitiera ser su yerno.
Chasqueó la lengua, haciendo que algo dentro de mí se encogiera con una presión invisible.
—No puedes decirle que eres su prometido —me pidió, para mi asombro—. Y mucho menos que eres el hijo mayor del capo Cian.
—¿Por qué eso otra vez, mi Capo? ¡Soy el prometido y futuro esposo de su hija!
Porque yo jamás voy a dejar ir a Alessia.
¡Es mía, de nadie más! Así que no veo el motivo de esconderlo de todos —protesté, con determinación—.
Más con ese ruso Grigory rondando todo el tiempo.
De seguro, en la primera oportunidad que tenga va a querer obligar a Alessia a cumplir la palabra de compromiso que me dio a mí en el club.
—Bueno, demuéstrale a Grigory que fue a ti a quien ella aceptó.
Se ve claro en el video. También, toma, quédate con ese anillo que te hace mi hombre de confianza y el elegido para Alessia —dijo, para mi sorpresa, tendiéndome el anillo—.
¡Pero tienes prohibido decirle que eres su prometido!
¿Capisci? A no ser que tengas miedo de que ella, en verdad, me obedezca y se case con el hijo mayor de Cian, no contigo. Ja, ja, ja…
—¡Mi Capo! ¿Se divierte con nosotros? —inquirí, iracundo.
No podía comprender cuál era el empeño de Alessandro en ponernos a prueba a Alessia y a mí. Ya le había demostrado que era un digno yerno. Pero podía ver que no iba a ceder. Me dejé caer abatido en la silla nuevamente, pensando en una manera de convencerlo de que hiciera público nuestro compromiso.
—No es eso —dejó de reír Minetti, al ver la cara seria que tenía—. Es que empecé a darle una lección a mi hija y quiero ver si la aprendió. De todas maneras, tú dices que ella te ama. ¿A qué le tienes miedo?
Ahí estaba de nuevo ese tono de burla que tanto me enfurecía. Algo dentro de mí casi explotaba de tanta frustración. Pero tenía que aguantarme. No solo porque era el Capo di tutti i capi, sino porque quería ganarme ese respeto.
—¡No le tengo miedo a nada! —protesté, con firmeza—. Yo sé que Alessia me ama como yo a ella.
Minetti me miró fijamente, levantando una ceja. Podía ver que me estaba probando una vez más. No podía ceder, pero tampoco negarme a lo que se le ocurriera. Tomé aire mientras apretaba las mandíbulas y decidí rendirme por esa vez.
—Está bien, acepto. Usted verá que su hija lo enfrenta por mí —aseguré, con pasión—. No tengo miedo de eso.
—Si tú lo dices —respondió, en un tono que me hizo dudar.
Después de todo, él conocía a su hija mejor que yo. Aunque ella había dicho que me amaba, si su padre la ponía a elegir, no estaba seguro de que me eligiera. Pero, aun así, no cedí.
—Usted verá que tengo razón —dije, testarudamente, con los dientes apretados.
—Veremos… —dijo, con una sonrisa—. La próxima semana cité a tu familia para que venga a hablar del compromiso. Así que nos convenceremos ambos de si en verdad ella te ama tanto y se niega a comprometerse con el hijo mayor de Cian.
Alessandro soltó de nuevo una carcajada bajo mi mirada de rabia. Ahora que me había dicho lo que pretendía hacer, me sentía indignado y profundamente frustrado. Pero, al menos, me había aceptado. Había dicho que hablaría con mis padres.
—Está bien, no tengo nada que perder. Si me acepta obedeciéndolo a usted como el hijo de Cian, no me importa, no la amaré menos por eso —acepté, entendiendo la trampa que le estaba tendiendo a la mujer que amaba—.
Y si se enfrenta a usted por mí, la amaré más, que va a ser lo que pasará, ya lo verá.
Conozco a mi Alessia, no dejará que la case con el hijo mayor de Cian, es decir, yo.
—Eso lo veremos. Vete a verla —siguió retándome—. Está en el área privada del hospital. Toma, ese es el número de mi esposa, la doctora Lilian. Llámala para que te abran y te dejen pasar.
—Gracias, mi Capo —me puse feliz ante eso—. Muchas gracias. Y ya verá, su hija no se doblegará ante usted.
Salí de la oficina del Capo con un nudo en la garganta.
Mi corazón latía al límite por el miedo y la duda de que mi Alessia cediera ante la presión de su padre y me rechazara.
La puerta se cerró tras de mí con un golpe seco, pero el eco de las risas de Minetti aún resonaba en mi mente.
Caminé por el pasillo amplio y silencioso de la residencia Minetti hasta llegar al exterior.
La noche era densa, un manto oscuro roto solo por las pocas luces de los faroles.
La duda comenzó a crecer en mi pecho mientras me dirigía al auto donde me esperaba un pequeño grupo de guardias de seguridad.
Después de todo, no le había confesado quién era, y eso me pesaba.
Solo porque le di mi palabra a Minetti de no hacerlo.
Ahora me arrepentía. Si hubiera confesado quién era en aquel momento en el refugio, él no tendría forma de someterme a más pruebas.
—¿A dónde vas, Gianpiero? —preguntó uno de los hombres de seguridad que me había asignado Alessandro.
—Vamos al hospital de los Minetti —respondí, mientras me introducía en el auto.
Los demás no preguntaron más. Salimos raudos mientras yo escribía el número de la doctora Lilian en mi teléfono para tenerlo listo al llegar.
El viaje me parecía eterno. Las luces de Roma pasaban a toda velocidad por nuestro lado.
El suave ronroneo del motor retumbaba en mis pensamientos.
No podía apartar de mi cabeza el rostro de Alessia: sus lágrimas, la mezcla de dolor y amor en su mirada.
Había jurado protegerla siempre, pero ¿cómo podía asegurarle que no habría más mentiras, más secretos, más sombras entre nosotros?
¿Me creería si le decía que ese silencio lo había mantenido por mandato de su padre, y que lo había aceptado porque la amaba profundamente?
Cada semáforo en rojo me parecía una advertencia.
Un recordatorio de que todavía tenía un largo camino por recorrer en mi relación con la mujer que amaba.
Al llegar al hospital, la fachada iluminada y los guardias armados en la entrada me devolvieron bruscamente al mundo real.
El Capo era un hombre precavido y no dejaba cabos sueltos.
Di un paso fuera del auto, con el corazón acelerado ante el inminente encuentro con mi prometida. Lo peor era que tenía que seguir callando la verdad, lo cual me frustraba sin remedio. ¿Qué iba a suceder cuando ella supiera todo?