202 . DE RODILLAS FRENTE A MI SUEGRO
GIANPIERO:
Después de despedirme de mi padre, el capo Cian, tomé el avión rumbo a Roma. Al llegar estaba deseoso de ir a ver a Alessia. Lo primero que hice fue presentarme frente al Capo Mayor Minetti en su despacho, para entregarle todas las cosas.
—Todo resuelto en Milán, mi Capo —dije, entregando todo lo que me había dado antes de irme—. Al final, todo era más ruido que otra cosa, debido a los falsos mensajes.
—Ya mi cuñada Lucila está trabajando en eso —dijo, muy serio, sin dejar de mirarme fijamente—. Pero ya di la orden a todos de llamar aunque les manden un mensaje.
—Buena idea. Por poco matamos a todos los aliados —dije, muy complacido con las previsiones del Capo.
Minetti me miraba con el ceño fruncido. Me preguntaba si ya mi padre había hablado con él. Para mi sorpresa, lo escuché decir que lo había hecho muy bien. Me apresuré a agradecer su cumplido.
—¿Ahora dígame cómo está mi prometida? —inquirí, sin poder aguantarme más.
—¿Tu prometida? —cuestionó Minetti, muy serio, haciendo que no sabía de qué hablaba. Pero no iba a retroceder.
—¡No me venga con eso, mi Capo! —exploté, sin poder contenerme—. ¡Sabe muy bien que le hablo de su hija Alessia!
El Capo Mayor soltó una estruendosa carcajada. Podía ver que disfrutaba con mi situación. Pero no me importaba. Hoy tenía que ver a Alessia costara lo que costara. No iba a retroceder.
—Muchacho del demonio. ¡Ella está bien en el hospital! —dijo, sin dejar de reír—. No la he traído porque mi esposa Lilian quiere asegurarse de que no le afectó nada el golpe en su cabeza. Pero no puedes ir a verla todavía.
—¿Por qué no? —reclamé, molesto y desesperado—. Hace dos días que no la veo y le prometí estar a su lado cuando despertara. ¡Iré ahora mismo!
Me puse de pie, decidido, ante la sonrisa de Minetti, que al parecer disfrutaba que lo enfrentara sin miedo o jugaba conmigo.
No como todos sus hombres, que lo trataban con absoluto respeto y no le llevaban la contraria.
Podía ver que le gustaba muchísimo tener un yerno como yo y disfrutaba de verme oponerme.
—Espérate, siéntate, tenemos que hablar —dijo, dejando de reír.
—¿De qué? Ya le dije todo, mi Capo —respondí, hundiéndome en la silla—. No me vaya a mandar a hacer otra cosa lejos de ella porque no voy a ir.
—Gian, me estás faltando el respeto —me advirtió, con un tono más serio—. ¡Soy tu Capo!
—¡Y usted a mí también me lo está faltando, mi Capo! ¡No me deja ir a ver a mi Alessia! Volví como se lo prometí —estaba realmente frustrado—. ¿A qué no le dijo lo que le dejé dicho a ella? ¿Y por qué no me dejó decirle a papá que era su hija mi prometida?
Minetti se reía en mi cara a todo dar. No podía creer que fuera verdad lo que le dijo mi padre Cian: que lo había enfrentado por Alessia y que hacía lo que quería.
Comprobaba que tenía carácter. Le parecía verse a sí mismo cuando se enfrentaba a su abuelo, en el tiempo en que estaba empeñado en casarse con su primera esposa Celia.
Por eso sabía que yo no iba a ceder, como él tampoco lo había hecho en ese tiempo.
—Siéntate, deja que te explique lo que empecé a hacer con mi hija —dijo finalmente, más serio—. Por eso te pido que no vayas a verla ahora.
—Lo siento, mi Capo, no estoy de acuerdo —me negué, con firmeza—. Iré ahora mismo a estar a su lado, me dé usted permiso o no. Y no es que le esté faltando el respeto. ¡Es que me muero por verla!
—Gian, deja que haga las cosas a mi modo —dijo, más condescendiente—. Escúchame primero.
—¿Por qué no acaba de decirle que soy su prometido? —indagué, cada vez más frustrado con mi suegro—. Alessia me lo dijo: que usted la había comprometido conmigo. ¿O no es cierto?
—Sí, lo hice, pero era una prueba —me respondió, para mi sorpresa.
Me quedé en silencio, mirando fijamente al padre de la mujer que amaba. Mi corazón saltaba acelerado al escuchar que el compromiso era una prueba. Pero yo no lo iba a permitir. Alessia era mi prometida. Por eso me llené de valor y le hablé con el corazón.
—Mi Capo, ¿no le he demostrado lo suficiente que soy el hombre que le conviene a su hija? —murmuré, con firmeza—. Le prometo que la haré feliz. Ambos nos enamoramos sin saber quiénes éramos. Créame cuando le digo que ella es mi mujer y yo soy su hombre.
—¿Cómo puedes afirmar eso si solo estuvieron viéndose un mes y dos días? —cuestionó, seriamente.
—¿A usted le llevó más que eso darse cuenta de que su esposa era su mujer perfecta? —Lo increpé, a cambio.
Alessandro Minetti se quedó mirándome fijamente mientras apretaba las mandíbulas.
Cruzó los brazos sobre su pecho y resopló, sin dejar de estudiarme.
Me erguí sin bajar mi mirada ni mi cabeza.
Sí, era mi Capo Mayor, también era mi suegro.
Pero yo era el hombre que amaba a su hija más que a nada en el mundo y estaba decidido a todo por ella.
—No, pero es distinto —respondió al fin.
—¿Por qué? No, mi Capo, es lo mismo. Alessia me eligió a mí, me aceptó sin saber quién soy.
Por favor, no me demore más y déjeme encontrarme con ella —esta vez comencé a rogarle, sin vergüenza—.
Fíjese que he respetado y cumplido todo este tiempo lo que me pidió: no decirle quién soy.
Estuve a nada en el túnel de confesarle la verdad, pero por respeto a usted no lo hice.
¿Es que quiere que me arrodille y le ruegue por negarme cuando usted me lo pidió? ¿Es eso? Pues ya está.
Y sin más, me arrodillé delante de Minetti, que estaba realmente divertido.
Cuando Franco le contó que lo había enfrentado sin miedo, no lo creyó del todo.
Siempre los novios le temen a los suegros, pero yo lo miraba desafiante.
Para su satisfacción, hacía todo sin pedírselo, solo porque quería que me dejara estar a su lado. ¡Sí que estaba enamorado!
Me mantuve de rodillas a sus pies. Podía ver que la mente de mi suegro maquinaba sin decir nada.
No sabía que su esposa, a la que le prohibió como a todos decirle quién era yo, le había dicho que Alessia también me amaba con locura.
¿Pero sería correcto dejar que formáramos una relación tan seria?
¿No sería mejor que nos conociéramos siendo novios, no prometidos?
¿Cómo nos lo impedía ahora si fue él quien le dijo a su hija que la había comprometido conmigo?
—Mi Capo, por favor, deje que sea el prometido y futuro esposo de su hija Alessia. Le juro que la protegeré con mi vida, pero sobre todo la haré feliz. Por favor, déjeme ir a estar a su lado —le rogué, de rodillas.
—De acuerdo —cedió al fin—. Con una condición.
—¡La que sea! —contesté, feliz, poniéndome de pie de un salto—. Pida, que yo obedeceré con tal de que me deje encontrarme con ella. ¿Qué es?