201 . NO HABLES MAL DE MI PROMETIDA
CIAN:
Después de arreglar todo en Milán, me senté con mi hijo en mi despacho. Estaba decidido a obligarlo a contraer matrimonio con la hija de Giuliano, que resultó ser inocente. Por suerte no nos había traicionado.
—Dime, papá, ¿qué es eso de lo que me quieres hablar? —preguntó, mirando su teléfono—. No tardes mucho, ya debo irme.
—¿Irte? ¿A dónde? —inquirí, intrigado.
—¿A dónde va a ser, papá? A Roma —dijo, con determinación, sosteniendo mi mirada—. El Capo solo me mandó a ayudarte, ahora debo regresar y devolver todo esto que me dio. Además, hay algo que necesito hablar con él urgente.
—Gian, sabes muy bien que quiero que te cases con la hija de Giuliano —le dije, sin vacilar—. Así que deja de querer escapar escudándote detrás del Capo Mayor.
—Papá, te dije que ya tengo a mi mujer perfecta —dijo, mirándome fijamente—. Te aseguro que te vas a asombrar de quién es.
—¡No aceptaré a nadie más que no sea la que yo escogí! —Di una palmada fuerte en la mesa—. ¡Ninguna bandolera de Roma será tu esposa! ¿Capisci?
Gianpiero apretó sus mandíbulas sin decir nada, mirándome fijamente. No quería perder a mi hijo. Sabía que Minetti me había insinuado que quizás se podría quedar con él en Roma, pero yo no quería eso. Para mi plan lo necesitaba aquí.
—Deberías cuidar lo que dices de mi prometida —dijo de pronto Gianpiero, muy serio—. Porque me casaré con ella con tu permiso. Eso te lo puedo asegurar.
—¡Jamás! ¿Me escuchas? ¡Jamás daré mi consentimiento! —aseguré, golpeando la mesa, iracundo—. ¿A dónde vas?
Gian se había puesto de pie ante un mensaje que le entró y percibí, por como recogía sus cosas, que se disponía a marchar. De pronto volteó el buró y, sin más, me dio un abrazo sin que pudiera hacer nada, al tiempo que me decía:
—Estarás de acuerdo con mi boda, y recuerda: cuida mucho lo que digas de mi novia, puede meterte en serios problemas. Adiós, papá.
—¡Gian… Gian…! —Lo llamé, viendo cómo se alejaba—. ¡No tienes mi permiso para comprometerte con nadie! ¿Me escuchas? ¡Con nadie! Ve a llevar eso a Minetti y regresa.
—Adiós, papá, te veo en Roma —se despidió desde la puerta, con una serenidad que me sorprendió.
—¿En Roma? ¿Qué voy a hacer yo en Roma? —reclamé, saliendo detrás de él, queriendo que me respondiera—. Gianpiero, ¿qué demonios pasa contigo? Gian, respóndeme. ¿Te dijo algo el Capo di tutti i capi sobre mí?
—Espera que hables con él —respondió, sin detenerse—. Adiós, y cuídate mucho, papá. Y no olvides mi consejo: no hables mal de mi novia con nadie.
Lo vi alejarse, colérico. Aunque el Capo Mayor me dijo que existía la posibilidad de que se quedara con él en Roma, la idea no me agradó.
Prefería que estuviera a mi lado para protegerlo y para que cumpliera con mi plan.
Él no quería asumir ese rol. Salí despacio hasta la terraza, solo para ver cómo el avión levantaba el vuelo.
Suspiré. Nunca pensé que me fuera a llevar la contraria en este asunto.
¿Quién sería esa mujer de la que hablaba, que lo había vuelto loco?
Tomé mi teléfono, decidido a averiguarlo con el Capo di tutti i capi, que me contestó enseguida.
—Dime, mi amigo, ¿todo bien? —cuestionó de inmediato.
—Por supuesto, mi Capo. Todo está muy bien, solo eran unos pocos los traidores que ya dejaron de respirar —pasé a informar de inmediato—. Recuperamos todas las armas, y Giuliano resultó no saber nada. Todo en orden. Ya mi Gian va de regreso con Acher y sus padres.
—Eso está muy bien —dijo Minetti, con alivio—. Ahora necesito que vengas el próximo fin de semana con toda tu familia a mi casa.
—¿A su casa? ¿Y eso para qué? —indagué, intrigado.
—Quiero que analicemos a fondo todo lo que pasó —respondió Minetti—. También necesito hablar contigo algo de gran confiabilidad. Tiene que ser en persona.
Estuve de acuerdo de inmediato, mientras recordaba lo que me había dicho Gian. No pregunté. Siempre que el Capo Mayor llamaba, no se hacían preguntas. Me citó para el próximo sábado en la mañana. Podía aterrizar con mi avión particular en su casa. Solo debía avisar a la hora que iba a llegar.
—¿Ahora dime para qué me llamaste? —murmuró, al terminar de darme todas las orientaciones.
—Bueno, mi Capo, es sobre el asunto de esa mujer que tiene Gianpiero en Roma —comencé a explicar—. ¿Pudo averiguar quién es?
—Sí. ¿Por qué? —Respondió, escuetamente.
Se hizo un silencio entre los dos. No quería parecer un padre irracional, pero me preocupaba mi hijo.
—¡No deje que Gian vaya más allá! Ya vio que Giuliano no es un traidor, entonces puedo seguir con mis planes —dije, con vehemencia—. Ese muchacho se me enfrentó y me acaba de decir que es el prometido de ella. ¡Eso no lo puedo permitir! ¡No aceptaré a ninguna mujerzuela de Roma!
—¡Cian…! —El grito del Capo Mayor me hizo detener en seco.
Era la primera vez que me gritaba de esa manera.
Algo en la voz de Minetti me hizo sentir un escalofrío recorrer toda mi columna vertebral, como si me estuviera introduciendo en un lugar muy peligroso.
Pocas veces había escuchado una amenaza velada del Capo di tutti i capi.
Estaba claro que esa forma de llamarme era una advertencia para que me detuviera, y lo hice.
¿Quién diablos sería la mujer que eligió Gianpiero?
—Cian, entonces te veo el sábado —me sacó de mis pensamientos la voz de Alessandro Minetti.
—Sí, mi Capo, allí estaré —respondí, sin insistir en lo que decía.
Colgué sin saber a qué atenerme. ¿Qué significaría el anillo del dragón negro que traía Gianpiero?
Donatello había dicho que era un honor. ¿A qué se estaría refiriendo?
La hija del Capo se había comprometido con el hijo del Lobo llamado Grigory, entonces no debería ser ella.
¿Qué otra mujer quedaba? ¿Sería Alexa, su hermana?
Pero ella era mucho mayor que mi hijo. No, ella no podía ser. ¿Entonces quién?