200 . AL FIN LO LOGRÉ
ALEXANDER:
Después de hablar con mi padre, estaba muy feliz. Minetti me había prometido hacer las pruebas de paternidad y reconocerme si era su hijo. Por lo que me dediqué a hacer un gran trabajo de limpieza para que se sintiera orgulloso de su hijo mayor.
Por fin iba a dejar de ser un bastardo al que quienes me rodeaban pretendían utilizar. Dejaría de tener miedo porque lo tendría a él y a todos sus hombres para defendernos a mi madre y a mí. Y hasta la tonta de mi media hermana Olenska la podría sacar de esa vida en que la utilizaban.
Había logrado apresar a una gran cantidad de asesinos que Oleck había traído con él.
Mi hermana me había ayudado dándome mucha información sobre dónde habían estado visitando ese día.
Ahora ella estaba aterrada ante la mirada que le dedicaba cuando la interrogué.
Cuando finalmente creí que había limpiado todo, le mandé un mensaje a Minetti.
—Todo limpio, papá. ¿Puedo ir a verte ahora? —inquirí, con el corazón saltando acelerado.
—Ven, estoy en el hospital —fue la respuesta que recibí, y me puse eufórico—. Ven directo a la dirección. Te estaremos esperando.
—Voy enseguida, papá, y muchas gracias por no rechazarme —contesté, todavía sin poder creer que había sido tan fácil hablar con él—. No te vayas, en diez minutos estaré allá.
—No me iré, pero cuídate. Hay muchos de mis enemigos fuera —me dijo, y algo en mi corazón casi me hizo llorar—. Te estaré esperando.
Corrí a bañarme y a vestirme lo mejor que podía.
Mi padre, al que la gente me había dicho que jamás me iba a reconocer, me estaba esperando.
No tenía miedo, a pesar de que toda mi vida me habían dicho que haría lo contrario.
Canturreaba feliz debajo de la ducha cuando mi madre entró y se quedó mirándome en silencio.
—¿Qué es, mamá? —cuestioné, sintiéndome un poco incómodo. Ya era un hombre, no me agradaba para nada que mi madre me viera desnudo.
—¿Vas a verlo, verdad? —murmuró de pronto—. ¿Minetti te dijo que fueras?
Descorrí la cortina, escondiendo mi cuerpo detrás de ella. Saqué la cabeza para mirarla fijamente. Su rostro estaba tenso. Hacía mucho tiempo que ella no entraba en mi habitación y mucho menos intentaba entablar una conversación conmigo de forma normal.
—Sí, me pidió que fuera. No te preocupes, le pediré que se disculpe por lo que te hizo —me apresuré a decirle—. Ya verás, mamá, a partir de ahora no vas a sufrir en manos de Dimitrov. Mi padre nos librará de ellos. No vamos a tener que vivir más con miedo.
Mamá no dijo nada de inmediato. Se quedó observándome con esa expresión vacía que hacía mucho había aprendido a conocer.
Por un momento miró sus pies, como si quisiera decirme algo, pero no se decidiera.
Cuando levantó la cabeza, me quedé paralizado.
Sus ojos estaban rojos, como si aguantara el llanto.
—¿Qué es, mamá? —indagué, con un miedo creciente en mi pecho—. ¿Quieres que le diga algo de tu parte a mi padre?
Negó con la cabeza, pero no se iba. Permanecía de pie en la puerta del baño, con su cara pálida y la mirada clavada en mí. Sus labios se movían, pero de su boca no salía una sola palabra.
—¿Mamá, qué sucede? —inquirí, con preocupación.
—Hijo, no me odies —murmuró de pronto, apenas audible.
—¿Por qué iba a odiarte, mamá? —pregunté, sintiendo que me ocultaba algo.
Ella no dijo nada. Dio la vuelta, salió en silencio y volvió a su sillón, donde seguía en su mundo.
No insistí. Mamá hacía mucho que no era ella.
Vivía en un mundo de enajenación que ni los psicólogos a los que la había llevado lograron sacarla.
Su universo solo era bordar y tararear una nana.
No participaba de conversaciones ni en nada de la vida cotidiana.
Había logrado apartarla de Dimitrov y esconderla en este refugio para que no la utilizara más. No conocía toda su historia porque mi abuelo nunca quiso contármela del todo. Pero sí sabía que había pasado por mucho, como yo. No le pregunté nada más, porque sabía que sería inútil.
Al terminar de bañarme y vestirme, salí. La besé en la frente, mandé a encerrar a mi hermana Olenska para que no liberara a los traidores, y luego escogí a mis hombres más leales. Me dirigí hacia el hospital, seguro de que a partir de hoy mi vida iba a dar un cambio para mejor.
¡Por fin podía presentarme ante mi padre, orgulloso de haberlo ayudado!
No era para ir en contra de él como les había hecho creer a quienes me rodeaban, sino para ganar méritos delante del Capo di tutti i capi al ayudarlo a desenmascarar a los desleales.
Sobre todo, quería entregarle a los verdaderos autores del asesinato de mi hermanito Alessandro y de su primera esposa, Celia.
¡Ese era mi verdadero plan, del cual nadie había sospechado!
Ese día le exigiría que le pidiera perdón a mi pobre madre, ya que cada uno me había dicho que todos sus males habían comenzado porque Minetti la metió en un club de recreo para sus mafiosos cuando estaba embarazada de mí.
Quería que mi padre viera que, a pesar de no haberme criado a su lado, yo, su hijo mayor, era su viva imagen y tenía sus mismos principios.
Logrando con ello superar a mi hermano menor, Kenet.
Le exigiría que me eligiera con orgullo como su primogénito.
Y ahora podría hacerlo. Lo había logrado después de tanto esfuerzo y sufrimiento. Alessandro Minetti no podía negarme.
Mis hombres marchaban en perfecto silencio, conscientes de que había mucho en juego.
Estaban emocionados al saber que el Capo Mayor me había aceptado como su hijo.
Pertenecer a la gran organización mafiosa más poderosa del mundo era el sueño de muchos.
Sobre todo, de ellos, que ya soñaban con ser mi cuerpo élite como esperaban.
Mis pensamientos eran un torbellino. No podía negar que estaba nervioso. ¿Y si por casualidad no era su hijo? No, eso no podía suceder. Yo era Alexander Minetti, solo me faltaba su reconocimiento. Esa prueba tenía que dar positiva.
Finalmente llegamos al hospital. Me detuve, observando la gran estructura blanca. Mi corazón saltaba acelerado. Respiré profundamente mientras la brisa helada de la noche golpeaba mi rostro. Por fin iba a poder desmantelar el misterio enterrado por años en los cimientos de nuestra familia.
—Quiero que vigilen todos los accesos —ordené, con firmeza—. Entraré solo. Ustedes esperen aquí.
Caminé con paso firme por los pasillos fríos, con una especie de alegoría de mi propio laberinto interno. Cada paso me acercaba más a la verdad, pero también me sobrecogía el temor de lo que estaba a punto de encontrar.