199 . AL FIN A SALVO
LUCILA:
En casa de Minetti, después de hablar con mi tío Acher sobre los extraños mensajes enviados a todos los hombres del capo Cian en Milán, me dediqué a llamar a varios dragones que se suponía debían presentarse hoy aquí y no habían venido. Todo me llenó de sospechas.
—Señora Cavallieri, usted misma nos mandó un mensaje diciendo que no hacía falta que fuéramos ya —era la respuesta que recibía de cada uno de los que llamé—. Que todo estaba bajo control.
—¿Está seguro de que fui yo? —inquirí de nuevo.
—Ahí se lo reenvío y usted dirá —respondió el hombre—. ¿Pasa algo? ¿Debemos ir? ¿El Capo está bien? Las noticias…
—Son falsas. El Capo di tutti i capi está muy bien junto a su familia. No crean los falsos rumores —me apresuré a decir—. No hagan caso de mensajes. Si los necesitamos, los llamaré personalmente.
Volví a activar la neutralización de todas las comunicaciones a la finca y me enfoqué como loca en mis sistemas. No podía creer que hubieran logrado romper mis defensas. Luego de unos minutos, lo encontré.
—¡Lucy, deja eso y vamos! —me exigió Damián.
—No va a ser necesario, amor, espera un momento —dije, sin dejar de descifrar lo sucedido—. Quien quiera que hiciera eso, al parecer iba a activar todo desde un teléfono. En estos momentos no puede hacer nada.
—¿Qué quieres decir con eso? —Damián se detuvo y vino a mi lado de inmediato.
Pero antes de que le pudiera explicar, dos nombres saltaron en mi pantalla. No lo podía creer. Me puse de pie y los llamé.
—¡Laurent y Lucien, vengan en este instante! —Grité, sentándome de nuevo frente a mis terminales.
—Mamá, deja que te expliquemos —dijeron mis dos hijos, entrando por la puerta.
—¿Explicarle qué? —cuestionó su padre.
Miré a Damián mientras señalaba a mis hijos.
Ellos le habían dado entrada a varios hackers a mis equipos.
Habían estado impidiendo que mis mensajes llegaran a todos.
Suponía que por ello debían haber creado un punto ciego en las cámaras de seguridad de la finca y pudieron entrar en el sótano debajo de los campos de golf para colocar todos los explosivos.
—Ya activé el neutralizador de allá abajo y ahora el de la casa. Nadie puede comunicarse con nosotros, ni nosotros con ellos —expliqué, mientras mis manos volaban por el teclado.
—En serio, mamá, solo jugamos con unos amigos muy buenos —se disculpó Laurent.
—Ya veo. ¡Nunca más se atrevan a poner las manos en mis sistemas! —grité, fuera de control—. Vengan aquí y conéctense con ellos. Les freiré las suyas, que son las que no me dejan abrir allá abajo. ¡Ya sabía yo que algo extraño pasaba! ¡No es un virus, son ustedes!
Mis hijos Laurent y Lucien corrieron a hacer lo que les pedí, asustados.
Lo habían hecho a escondidas de mí. Pude ver que al momento se conectaban a sus cuentas.
Hice lo que había dicho, corté todo lo que habían hecho y de paso acabé con sus terminales.
Luego me giré hacia Franco, después de resolver lo que necesitábamos.
—Señor Franco, ya abrí las puertas de los calabozos debajo de los campos de golf y cerré las otras por donde entraban y salían —expliqué, mientras le mostraba en las pantallas todas las instalaciones—.
También cerré todos los compartimentos excepto el de su hija Alessia.
No sé cuántas trampas tenga. Eso le toca a usted averiguarlo, porque mis tíos no están aquí, ni Humberto, que son los especialistas en desactivar artefactos.
—Pero yo sí —dijo de pronto la esposa de Franco—. Soy especialista en desactivar explosivos. Vamos, Franco, vamos por nuestra hija.
—¡Mamá! —Filomena corrió a abrazarla, asustada. Annette la estrechó un instante y luego la separó con delicadeza.
—Tengo que hacerlo, Filo. Tengo que ir a salvar a tu hermana —insistió Annette.
—Yo iré con ustedes —intervino el Lobo—. Soy especialista en desarmar dispositivos.
—De acuerdo. Lucila, muéstranos por dónde entrar —pidió Franco, acercándose a las pantallas. Annette y el Lobo se acercaron—. Necesitamos saber cada detalle.
Les mostré en los equipos todas las instalaciones.
Luego les entregué unos aparatos que les ayudarían a detectar las cargas.
Franco se dirigió hacia los campos de golf y reunió a su pelotón.
Luego bajaron a donde Minetti tenía los recintos para esconder a todos los prisioneros.
Los seguí por las cámaras de seguridad. Podía escucharlos discutir entre ellos, porque muchos se habían quedado encerrados al cerrar yo todos los habitáculos. Lo hacían en ruso.
—¿Qué dicen? —indagó Franco, dirigiéndose al Lobo.
—Están asustados porque dicen que en cualquier momento Oleck accionará el mecanismo de las bombas y ellos no logran abrir los calabozos —respondió en perfecto italiano el Lobo.
—Vamos a eliminar a los que están afuera de ellas —ordenó Franco—. Luego desarmamos a los de adentro.
Así lo hicieron. La mayoría se encontraba en los primeros compartimentos y los que estaban dentro se rindieron fácilmente.
Luego pudimos ver cómo la señora Annette comenzó a desarmar todos los artefactos colocados, con ayuda del Lobo, hasta que al fin pudieron llegar a donde Alessia dormitaba.
Al parecer, la habían inyectado con algo.
—Alessia, hija, Alessia —corrió Franco al verla y la levantó. Estaba muy delgada—. Está inconsciente.
—Vamos a llevarla al hospital, Franco, se ve muy desnutrida —sugirió Annette—. Está enferma.
—Sí, vamos —dijo Franco, mientras salía rápidamente con su hija en brazos—. Tenemos que darnos mucha prisa.
La situación era increíble. Damián y yo seguíamos todo lo que hacían por las cámaras de seguridad. Respiramos aliviados al ver que habían desactivado cada carga. Todavía el cuerpo élite seguía revisando cada rincón del lugar. Tenían que asegurarse de que no se les escapara un solo explosivo.
—¿Qué hacemos con todos esos? —murmuró el Lobo, señalando a los prisioneros que estaban en los calabozos.
—Déjalos ahí —dijo Franco, mientras recorría el lugar con su hija en brazos—. Ahora tienes que atrapar a todos los desleales que trajiste.
—De acuerdo, lo haré —respondió el Lobo—. Creo que esos muchachos con los drones me pueden ayudar a atraparlos con esas mallas eléctricas.
—Buena idea. Y controla a tu hijo; creo que va por mal camino —le advirtió Franco.
El Lobo se giró a mirarlo y caminó a su lado mientras le cuestionaba qué había querido decir. Franco, antes de salir del sótano, se detuvo y lo miró fijamente.
—Tú lo sabes muy bien. La hija de Minetti tiene prometido —le dijo, muy serio.
—¿Ah, te refieres a eso? —dijo el Lobo, rascándose la cabeza con incomodidad—. Me haré cargo. Pero…, ¿en verdad la hija del Capo Mayor está prometida a Gianpiero? ¿Ese chico en verdad es el hijo mayor del capo Cian? ¿Se lo dará a Minetti? Es su heredero.