¡Ups, me equivoqué papá, me equivoqué! (SERIE ¡UPS! nº 3) 198 . EL ANILLO DEL DRAGÓN NEGRO
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198 . EL ANILLO DEL DRAGÓN NEGRO

GIANPIERO:

Junto a Acher, al fin aterrizamos en la finca donde mi padre tenía la casa de refugio.

Solo pude ver cómo los tenían rodeados, intentando explotar la entrada.

Al ver los aviones, corrieron a dispararles, pero nosotros respondimos con mucha eficacia.

Al parecer, los atacantes no esperaban que el Capo di tutti i capi enviara refuerzos para salvar a mi padre, el capo Cian.

Todos podían reconocer el casco que llevaba yo. ¡Era el del Uno! Corrieron a refugiarse para repelernos, pero la fuerza demoledora con que atacamos los derrotó muy rápido. Corrí a llamar a mi padre y, al escucharme, me abrió enseguida.

—¡Gian, hijo! ¿Cómo viniste? —Hablaba mientras me abrazaba—. Tenías que quedarte con el Capo.

—Papá, el propio Capo Mayor me mandó. Vamos, tenemos que enviarlos a ellos para Roma. Nosotros limpiaremos esto —dije, siguiendo las órdenes de Minetti—. ¿Quién crees que te atacó de esa manera? ¿Y los demás hombres nuestros?

—No sé nada, hijo. Alguien me llamó y nos dijo que corriéramos a refugiarnos, que habían atrapado a todos y la policía no dejaba acercarse a nadie —me informó mi padre, mientras le estrechaba la mano al pelirrojo—. Acher, gracias por venir en mi ayuda, hermano. Tus padres están bien, ve por ellos.

—Me alegro de que estés bien, Cian —respondió Acher—. Vamos a movernos, tenemos que ir con todo el que se atrevió a ir en tu contra.

Mi padre lo detuvo mientras explicaba que algo extraño estaba sucediendo. Sabía que podía haber algunos traidores, pero no todos. Sobre todo, aseguraba que ponía la mano en el fuego por sus hombres.

—Creo que alguien les está mandando mensajes erróneos —dijo al fin.

—¿Qué quieres decir? —inquirió Acher.

Papá se apresuró a mostrar un mensaje que había recibido su segundo.

A diferencia de los demás, no hizo caso y había venido de todas maneras a verificar.

Acher se quedó mirando el número que había enviado el mensaje, encontrándolo extraño.

Aseguró que lo había enviado su sobrina Lucila. Cian frunció el ceño, con desconfianza.

—Espera, Cian, no saques conclusiones erróneas —lo interrumpió Acher, al ver que iba a comenzar a decir disparates—. Deja que verifique algo.

Acher sacó su teléfono y llamó a Lucila hasta que ella respondió.

De inmediato le explicó lo que estaba sucediendo, para sorpresa de ella.

Podíamos escuchar la conversación entre ellos.

Aseguró que lo averiguaría al momento. Acher le aclaró que no creía que fueran tantos los traidores, sino que estaban recibiendo mensajes erróneos de su parte.

—Esperen un momento, no hagan nada —dijo Lucy, con firmeza—. Me parece que me han intervenido la computadora.

Todos guardamos silencio al escuchar eso. Era, en verdad, un gran peligro si lo que dijo era cierto. De pronto, Acher se giró hacia mí.

—Gian, ¿no te dio el Capo Mayor un teléfono con todos los contactos? —me recordó—. ¿Por qué no los llamamos y vemos si nuestra teoría es correcta?

Estuve de acuerdo y busqué el aparato en mi bolsillo. Enseguida saqué el teléfono que me había dado Minetti y llamé al primero de la lista. Al ver que era el número del Capo di tutti i capi, me respondió.

—Sí, mi Capo. ¿Están bien? —cuestionó, con urgencia.

—Hola, Donatello, soy Gianpiero, el hijo mayor del Capo Cian —me apresuré a presentarme—. Me envió el Capo di tutti i capi a ver qué estaba pasando, que ustedes no apoyaron a mi padre cuando lo atacaron.

—¿Qué? ¿Por qué dice eso? —reclamó el hombre, a toda voz—. ¡Él mismo nos mandó un mensaje para que no nos moviéramos de donde estábamos! ¿Qué pasa con Cian?

—Lo atacaron y nadie vino a ayudar —respondí, poniendo el altavoz.

—Te envío el mensaje que nos enviaron para que veas —dijo el hombre—. Dime a dónde hay que ir a ayudar a tu padre. ¿Está bien?

De inmediato le pasé el teléfono a Cian, que le explicó todo lo sucedido y le indicó dónde estaba el refugio.

El hombre prometió venir de inmediato. Lo mismo ocurrió con cada uno al que llamamos.

Todos decían lo mismo: que el Capo Mayor les había mandado quedarse donde estaban.

Al poco rato, todos estaban a nuestro lado.

Pude ver cómo mi padre respiró feliz al ver a todos sus hombres, que no lo habían traicionado.

—No vinimos por este mensaje, Cian. No entendemos qué pasó —se apresuraron a decir—. ¡Vaya, Gian, subiste de cargo, eh!

—¿Qué quieres decir? —indagó papá, sin entender a qué se referían, y yo tampoco.

—¿No me digas que no le has visto la insignia del dragón negro que trae tu hijo en la mano? —señaló uno de ellos—. ¿No sabes lo que eso significa, Cian?

Levanté la mano, mirando por primera vez la joya que me había puesto el Capo Mayor. Cian me miraba sorprendido y extrañado. Tomó mi mano y observó el símbolo con detenimiento. Aseguró que no tenía ni idea de lo que eso significaba.

—¿Y ese anillo, Gian? —murmuró al fin.

—Me lo dio el Capo Mayor —respondí, con la verdad—. Para que sus hombres fieles de reserva de aquí supieran que venía de su parte. No significa nada más.

—Veo que el Capo no te explicó nada. Dejaré que lo haga él —siguió diciendo un señor, con una sonrisa—. De todas maneras, felicidades, Gian.

Todos se quedaron mirando ese objeto en mi dedo.

Había un misterio en él que desconocía. Quizás su significado era mucho más del que yo le había atribuido.

Pero no era el momento de investigarlo. Ya me lo diría el jefe cuando llegara el momento.

Mi padre, que pocas veces dejaba entrever su desconcierto, no lograba apartar la mirada de la insignia.

—¿Seguro no sabes qué significa ese anillo, Gian? —inquirió papá, cruzándose de brazos—. ¿No me estarás ocultando algo?

—Deja de imaginar cosas, papá —dije, aunque en el fondo no conocía la respuesta correcta—. El Capo Mayor solo me lo dio para que me reconocieran. No hay ningún misterio.

El pelirrojo Acher, que había permanecido callado observando la conversación, se acercó y miró la joya con detenimiento. Luego dejó escapar una risa seca, como si por fin entendiera el juego.

—Capo Cian, creo que su hijo acaba de ser promocionado sin que nadie le pregunte si está de acuerdo —dijo, con una sonrisa burlona—. El anillo del dragón negro no es cualquier cosa. Es una declaración de lealtad absoluta.

—¡No es posible! —rugió mi padre, con evidente molestia—. Ya le dije lo que quería hacer con mi hijo. ¿Qué demonios está planeando el Capo Mayor? ¡Es mi heredero!

Por un momento me quedé mirando la insignia en mi dedo mientras un nudo se apretaba en mi garganta.

No quería creer lo que eso podría significar.

¿Me habría aceptado como su yerno? Mi padre respiró hondo, intentando calmar la furia que lo invadía.

Sabía que enfrentarse al Capo Mayor era una batalla perdida antes de empezarla.