¡Ups, me equivoqué papá, me equivoqué! (SERIE ¡UPS! nº 3) 197 . EL AVISO
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197 . EL AVISO

ALESSANDRO:

Me quedé mirando a mi hijo, que se había quedado de pie frente a mi buró mientras escuchaba la llamada en su teléfono que me había dado. Había preguntado por quién me estaba llamando, intrigado. Pero estaban sucediendo demasiadas cosas como para no prestar atención.

—Sé que no sabes de mi existencia —comenzó a hablar un joven que me pareció conmovido—. Pero soy tu hijo mayor, Alexander.

—¿Qué? ¿Mi hijo? —Me quedé de una pieza.

No dije nada. Puse el teléfono en altavoz encima de mi buró para que mi hijo también lo escuchara.

—Sí, me tuviste con tu ex prometida Adelina Conti —siguió diciendo el joven.

—Ah, entiendo —dije, recordando lo que me había dicho Rufo—. Es verdad, no sabía de tu existencia. ¿Por qué no vienes y vemos si es cierto eso?

—Ahora no puedo, papá. Solo te llamo para avisarte que los hijos de Víctor Rostall, el primer dragón de fuego, van a arrasar con todo en tu casa —no lo interrumpí, aunque me había chocado que me llamara papá—.

Oleck y Dimitrov explotarán cada cosa que tienes en ese lugar.

¡Tienen que salir de ahí o morirán todos!

Yo les quité el teléfono, pero no sé si lograron encender las bombas de tiempo. ¡Tienen que irse ahora mismo!

—¿Y cómo sabes eso? —inquirí, manteniendo la calma.

Era evidente que estaba muy nervioso. Su voz temblaba mientras seguía explicando que lo había escuchado de sus propios labios. No estaba seguro, pero creía que Oleck había accionado algo, no sabía si eran las bombas de tiempo.

—Por favor, papá, evacúen todo. Yo los encerré a los dos —siguió pidiendo, con la voz quebrada.

—¿Tienes a los Rostall presos? —cuestioné, con la misma calma. Tenía que sacarle toda la información que pudiera.

—Sí. ¿Alessia está bien? —murmuró, y me convencí de que en verdad estaba convencido de que era mi hijo.

—Sí, todos estamos bien —hice un silencio en el que solo se escucharon las respiraciones, hasta que hablé—. Alexander, gracias por avisarme, pero creo que estás en serio peligro tú y tu madre. ¿Puedes venir a estar conmigo?

—No lo estoy, papá, descuida. Te ayudaré a resolver toda esta revuelta. Nunca quise esto, papá, te lo juro —dijo, visiblemente afectado al escuchar que quería protegerlo—. Lo único que quería era que me reconocieras y le pidieras perdón a mamá por lo que le hiciste.

Guardé silencio. No entendía qué quería decir con eso, pero no era el momento de averiguarlo. Había demasiadas cosas por resolver.

—Alexander, descuida. Si en verdad eres mi hijo, te reconoceré, aunque debo ser honesto contigo: no creo que lo seas —aclaré, sin vacilar—. Pero estoy dispuesto a hacerme todas las pruebas para demostrárselo.

—¡Gracias, papá! Muchas gracias —dijo, con la voz quebrada—. Yo sé que lo eres. Te volveré a llamar, o puedes llamarme a este número.

—De acuerdo, y no hagas locuras —lo aconsejé, al darme cuenta de que este chico no parecía ser un enemigo—. Si necesitas mi ayuda, llámame. ¿Capisci?

—Sí, sí, papá, descuida. Lo haré. Cuidaré a mamá también —contestó, con voz temblorosa—. No te defraudaré, papá, te lo juro.

Colgué la llamada con un extraño peso en el pecho. Le devolví el teléfono a mi hijo, que me observaba a la espera de que le aclarara lo que había escuchado.

—Guarda ese número y envíalo a mi teléfono —le pedí, muy serio—. Sí que ese chico se cree que soy su papá.

—¿Quién es, papá? —indagó Kenet—. Parecía muy seguro de ser tu hijo. ¿No lo es?

—No lo es, pero me haré todas las pruebas para demostrárselo. Es Alexander, el hijo de mi ex, Adelina Conti —expliqué, con serenidad—. Y en verdad lo decía emocionado. Puede que, después de todo, no sea tan malo que se crea mi hijo.

—¿Y estás seguro de que no lo es? —inquirió mi hijo—. No me molestaría tener un hermano mayor.

—No, hijo, estoy seguro. Pero lo comprobaré —aseguré, con determinación, y cambié de tema—. Dejemos eso ahora. Mira esas imágenes que me mandó tu tía Lucy. Dime si estoy equivocado. ¿A quién se te parece? No se ve bien, pero su silueta y todo lo demás.

—¡Es mi hermana! —exclamó Kenet.

—Solo que tu hermana está en esa habitación —dije, mirando a mi hijo, que no dejaba de observar las imágenes—. ¿Entonces quién nos queda?

—¡Es mi Alessia, papá! ¡La tienen en las mazmorras debajo del campo de golf y la pista de aterrizaje que van a explotar de nuestra casa! —exclamó, poniéndose de pie de un salto—. ¡Tenemos que ir a salvarla! ¡Tenemos que ir!

Lo detuve al ver que quería salir corriendo para regresar a nuestra casa y salvar a su novia. Llamé a Franco, que atendió la llamada enseguida. La situación era, en realidad, muy seria y peligrosa.

—¿Ya Lucy puso el neutralizador? —pregunté de inmediato—. ¿Viste las imágenes?

—Sí, solo funciona este teléfono. Esto está muy feo, Alessandro.

Dice tu cuñada Lucy que no saben cómo pudieron entrar allá abajo —me explicaba, con paciencia—.

El caso es que entraron, y ahora mismo estamos sobre un polvorín a punto de explotar.

Lo mejor es irnos, no bajar al refugio como quiere tu cuñada.

Las mujeres y tu abuelo pueden irse en el helicóptero, los hombres con los autos. Yo me encargo de los rusos.

—Estoy de acuerdo. Que no bajen al refugio. Dile a Damián que lo arregle —dije, con seguridad—. Ya envié otros helicópteros. Pero ¿te fijaste bien en las celdas?

—¿En las celdas? ¿Qué quieres que vea? —reclamó Franco.

Guardé silencio, a la espera de que caminara hacia la habitación de mando de seguridad, y pude escuchar cómo le pedía a mi cuñada que le pusiera las imágenes que me envió.

—Fíjate en la silueta que hay en la última, cerca de la pista de aterrizaje. Es muy borrosa —le dije, al escuchar que no se distinguía bien—. Pero a mi hija la reconozco donde quiera que la metan. Solo que la mía está aquí. ¿Quién es la otra que tiene su figura?

—¡Alexcía! —exclamó Franco.

—Exacto. Ahora depende de ti lo que vas a hacer, mi amigo —le dije, sabiendo cómo se sentía—. Tienes todo mi apoyo.

Franco guardó silencio durante unos segundos. Podía entender que estaba procesando lo que acababa de ver. Yo me había encontrado en su lugar y sabía exactamente lo que estaba sintiendo.

—Esto no puede estar pasando —murmuró Franco, más para él que para mí.

—Franco —insistí, intentando devolverlo al presente—. No hay tiempo para pensar. Toma la decisión ahora. Mi cuñada domina todo eso. Evacúa a los civiles y hazte cargo del rescate de tu hija y la neutralización de las bombas. Confío en ti, Franco. Nadie mejor que tú para salvar a mi gente y mi casa.

—¡Dalo por hecho, Alessandro! —contestó, con determinación.

Por un momento sentí cierta molestia porque no me decía "mi Capo". Pero me aguanté. Era un coronel que había enfrentado situaciones mucho peores que esta. Todo su pelotón estaba en mi casa. No podían salirse con la suya. Mi casa no podía explotar y nadie mejor que él para impedirlo.