¡Ups, me equivoqué papá, me equivoqué! (SERIE ¡UPS! nº 3) 196 . EL PLAN DE LOS ROSTALL
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196 . EL PLAN DE LOS ROSTALL

ALEXANDER:

Aunque desde pequeño había superado a todos los hombres adultos de mi familia, muy pronto tuvieron que darme los peores castigos que podían por superarlos en todo.

Yo era, con creces, mucho más inteligente que todos y tenía la manía de analizarlo todo hasta el último detalle.

Cuando ellos creían que iban delante, yo ya había ido y regresado.

Por eso estaban convencidos de que era hijo de Alessandro Minetti.

—¡No es lo que crees, no te traicionamos! —bramó mi padrastro Dimitrov—. ¡Deja que te expliquemos!

—Muy bien —me detuve y giré para inquirir—. ¿Por qué marcaste a mi prima Alessia como tuya, Oleck?

—¿De qué hablas? ¡Yo no hice eso! —negó Oleck, sin mirarme.

—¡Llévenselos y no los suelten hasta que yo mismo vaya a sacarlos! —ordené a mis guardias—. ¡Ahora!

—No es lo que crees, Alexander, ¡no es eso! —vociferó Dimitrov, pero yo le di la espalda, aunque escuché.

—¡Te dije que no debíamos venir a este refugio! —me gritó Oleck, tratando de resistirse a los que le apuntaban con sus armas.

Por un momento tuve el instinto de levantar mi arma y acabar con estos dos desalmados. Pero tenía cosas más importantes que hacer. Lo primero era evitar que estos locos le volaran la casa a mi padre. Tenía que salvar a todos.

—Alexander no nos hará nada —dijo Dimitrov, bajando la voz, aunque ya no estaba seguro de nada.

Si al menos hubiera atrapado a mi madre Adelina podría haberlo chantajeado como antes, pero la había puesto fuera de su alcance—.

¡Te dije que debíamos traer a su prima Alessia! Así podríamos presionarlo con ella.

—Tiene que estar allá para que la encuentren cuando explote todo, como la única sobreviviente, insensato —rugió Oleck.

—¿Qué rayos siguen diciendo? —exclamé, angustiado, intentando localizar a mi prima—. ¡Enciérrenlos, no quiero verlos! Olenska, ¿sabes dónde tienen a Alessia estos desalmados?

Mi hermana Olenska se estremeció y retrocedió dos pasos, negando con la cabeza mientras juraba una y otra vez que no sabía nada de lo que ellos hablaban, asegurando que me lo hubiera dicho.

—¡Maldición, no coge bien la señal aquí abajo! —dije, con el corazón en la garganta, al ver que mi teléfono no se comunicaba—. La encontraré y si en verdad le han hecho algo, los mataré.

Comencé a recoger todas mis cosas, incluyendo mis armas, mientras mi mente trabajaba a toda velocidad. Luego me dirigí con la intención de ir a donde estaba mi madre para que me ayudara a contactar con mi padre.

—¡Espera! —bramó de pronto Oleck—. ¡No vayas a ir a esa casa, en breve volará todo por los aires!

—¿Qué significa eso? —cuestioné, deteniéndome para mirarlo.

—¿Te crees muy inteligente? ¿Crees que íbamos a dejar vivos a los otros Minetti para que te reconozcan?

—vociferó Oleck, tratando de soltarse de los hombres que lo mantenían sujeto—.

¡Los desapareceré de la faz de la tierra!

Si quieres morir con ellos, vete, ja, ja, ja…

¡A partir de hoy solo existirá una familia dominante en el mundo de la mafia y los dragones, los Rostall, ja, ja, ja… !

Regresé iracundo. Conocía demasiado bien a este criminal para que se me escapara el gesto que hacía para meter la mano en su bolsillo.

—¡Revísalos y quítales todo lo que tengan, empezando por los teléfonos! —ordené, con firmeza.

—No, no hagas eso, Alexander, ¡no hagas eso! —vociferaban ambos—. ¡Los mataré, los mataré!

Oleck luchó con todo para tratar de accionar algo en su teléfono, pero yo le di un tiro en la mano, haciendo que lo soltara. Tomé rápido el aparato y lo apagué, con el corazón acelerado, temiendo que hubiera logrado accionar algo.

—¡Maldito bastardo, te cortaré la cabeza, aunque sea lo último que haga! ¡Traidor, eres un maldito traidor! —me insultaron ambos, pero no les presté atención.

—¡Y no los pierdan de vista! —ordené, con firmeza.

Salí corriendo en busca de mi madre, que no se había enterado de nada y se mantenía como siempre, tejiendo, olvidada de todo en su habitación oculta que le había creado. Se asustó al verme con la cara llena de terror.

—Mamá, ¿tienes por casualidad el número de teléfono de mi papá? —indagué de inmediato.

—¿De Dimitrov? ¿No estaba contigo? —murmuró, como siempre, sin enterarse de lo sucedido.

—Él no es mi papá. Hablo de Alessandro Minetti. Mi verdadero padre —dije, fuera de mí.

Mamá se quedó mirándome con esa mirada vacía que de un tiempo acá tenía. Frunció el entrecejo y por un breve instante vi un destello de terror en sus ojos. Volvió a mirar el bordado mientras negaba con la cabeza, murmurando que no lo tenía. Unos pasos a mis espaldas me hicieron girar rápidamente.

—Yo lo tengo, Alexander —dijo el abuelo, que me había seguido—. ¿Para qué lo quieres? Está muerto, lo dice la televisión.

—¡Dámelo! —reclamé, con urgencia—. Hasta que no me asegure por mí mismo, no creeré que están muertos.

—Está bien, toma —me extendió el abuelo un papel con un número—. No sé si habrá cambiado.

Se lo arrebaté de las manos con urgencia. Lo marqué una y otra vez sin resultados, con el corazón en la garganta. Mi hermana Olenska se acercó, alarmada al ver mis ojos rojos, y me entregó otro número.

—Ese es el de Kenet —me lo extendió, con manos temblorosas—. Perdona, mi hermano. Yo no sabía que te iban a hacer eso, te lo juro.

Lo tomé sin decir nada y lo marqué enseguida. Para mi felicidad, lo sentí sonar varias veces hasta que escuché la voz clara y firme de Kenet.

—Hola, ¿eres tú, Alessia? —inquirió, con urgencia.

—¿Estás vivo? ¿Eres Kenet Minetti? —cuestioné, sin poder creerlo todavía.

—Sí. ¿Quién eres y cómo tienes mi número? —preguntó, fríamente, al ver que era un extraño.

—¿Puedo hablar con tu papá? —indagué, con el deseo de saber si estaba vivo—. ¿Están todos bien?

—¿Quién rayos eres? —reclamó de pronto—. ¿Para qué quieres hablar con mi padre?

Por un momento quise gritarle que era su hermano mayor y que me debía respeto. Pero me contuve. Tenía que lograr hablar con nuestro padre. Tomé aire al percatarme de que Kenet estaba tranquilo, lo que me indicaba que no le había sucedido nada a su familia.

—Tengo informaciones importantes que solo le daré a tu papá —dije, retomando mi tono frío—. Es sobre los ataques de hoy.

Kenet guardó silencio por unos instantes. Podía escuchar voces a su alrededor y, para mi sorpresa, lo escuché llamar.

—Espera…, ¡papá…, papá…!

Podía escuchar que se alejaba hasta entrar a un lugar y cerrar la puerta. Por fin, luego de una espera, escuché por primera vez en mi vida la voz de Alessandro Minetti.

—Minetti al habla. ¿Quién es? ¿Qué es eso que me quieres decir? —preguntó, con firmeza.