¡Ups, me equivoqué papá, me equivoqué! (SERIE ¡UPS! nº 3) 195 . LA LLAMADA A KENET
76%

195 . LA LLAMADA A KENET

KENET:

Observaba a mi hermana Alessia acostada en la cama mientras mis padres la abrazaban y besaban con una sonrisa.

Me sentí bien que al fin la hubiéramos recuperado y no pretendía dejarla sola de nuevo.

Mi teléfono vibró en mi bolsillo y lo saqué de inmediato.

Era un número que no conocía, pero respondí.

—¿Kenet…? —escuché un susurro.

—Sí, soy Kenet, oigo, hola. ¿Quién es? —pregunté, saliendo de la habitación—. Hable más alto, que no se escucha bien.

—Kenet, soy yo… —Un sollozo hizo que mi corazón se detuviera.

—¿Alessia? —inquirí, con esperanza.

—Sí, soy Alessia. Gracias por acordarte de mí. No tengo mucho tiempo para hablar. Van a tratar de engañarte con una que se hace pasar por mí, pero no lo es —habló muy rápido y bajo—. Por favor no aceptes a nadie que venga a verte diciendo que soy yo, aunque sea mi copia.

—¿Dónde estás, Alessia? —cuestioné de inmediato—. Dímelo para ir a recogerte ahora mismo. Ya sé que esa que vino haciéndose pasar por ti no lo es, no pudo engañarme.

—¿Katrina está contigo? —murmuró, alarmada—. Es muy peligrosa, cuídate de ella, es una mala persona.

—Lo sé, no te preocupes. La descubrimos y está encerrada, no va a poder escaparse —le expliqué, preocupado—. Ahora dime dónde estás para ir a ayudarte.

Mi corazón latía acelerado al escuchar la voz de la mujer que amaba. Pero me desesperaba escucharla decir que no sabía dónde estaba. Era un lugar oscuro y el teléfono se le había caído a un señor que la visitó. Tampoco sabía cuánto tiempo más iba a tener batería, ya que se le estaba acabando.

—No sé si lo hizo a propósito para que les diga dónde estoy y vengan a atraparlos —siguió diciendo, con la voz quebrada—. Buscaré la manera de volver a llamar. Tengo que apagarlo ahora para que no me descubran.

—¡No! ¡No lo apagues! —Le pedí, con una idea en mi cabeza—. Ponlo en silencio y escóndelo para que mi tía te encuentre. ¡Te voy a encontrar, Alessia, y te salvaré! Te lo juro. Eres mi novia, no te dejaré abandonada.

Tenía que hacerlo, debía salvar a mi novia.

Mientras la escuchaba, buscaba con la mirada a mi padre.

Ella seguía diciendo que me había llamado para avisarme que querían matarme los hermanos Rostall, hijos de Víctor, el esposo de Adelina Conti.

Su esposo Dimitrov era uno de ellos e iban a explotar mi casa.

—Son ellos los traidores, solo ellos. Mi primo Alexander no es malo, no lo mates —me pidió, entre lágrimas.

—¿Qué ves a tu alrededor, Alessia? —indagué, desesperado.

—Es muy oscuro, hay muchas celdas y se escucha a veces como que bajan aviones —explicó, en un susurro—. De la mitad para allá se ven muchas lucecitas rojas, creo que son bombas.

—¿Estás debajo de un aeropuerto? —exclamé, comenzando a sospechar algo que no quería ni pensar.

Era evidente que no podía distinguir dónde se encontraba. Con mi oído experto en escuchar sonidos, podía percibir muchos ruidos desconocidos. Pero ella tenía que colgar. Se detuvo un momento mientras escuchaba sus sollozos.

—Tengo que colgar, Kenet. Por si no te vuelvo a ver, quiero que sepas que nunca te engañé, que te amo de veras, te amo —dijo, con la voz quebrada—. Gracias, muchas gracias por fijarte en mí. Adiós.

—¡Alessia…, Alessia…, no cuelgues, no apagues el teléfono! ¡Alessia, también te amo…! —La llamaba a gritos, pero había colgado.

Comencé a pensar a toda velocidad. Llamé de inmediato a mi tía Lucila, le expliqué lo sucedido y le mandé el número, pidiéndole que encontrara ese teléfono antes de que se descargara. Mi tía me respondió que me avisaría cuando lo localizara.

Regresé a la habitación de mi hermana en busca de papá. Por suerte venía a mi encuentro.

—Me acaba de llamar Alessia. Ya avisé a la tía Lucy para que la localice. Pero hay algo más urgente, papá: van a explotar la casa —le dije de inmediato.

—¿Los hermanos Rostall? ¿Qué casa? —reclamó papá, con urgencia.

—¡La nuestra! —le dije, desesperado—. Ella no pudo hablar mucho. Está sonando tu teléfono, papá.

LUCILA:

Estaba enfrascada tratando de resolver todos los problemas que se me presentaban. Buscaba la ubicación del teléfono que me había dado Franco cuando me llamó mi sobrino Kenet para darme el mismo número. Para mi sorpresa lo encontré al momento. Me quedé con la mirada fija en la pantalla.

Todavía no podía creer el lugar donde lo había encontrado. ¡Era imposible! Mientras abría todo el circuito de cámaras de vigilancia inferior de la hacienda. ¿Cómo lograron burlar mi enorme defensa?

Llamé a Franco, que ya había entrado con los hombres en un helicóptero, y le pedí que viniera a verme inmediatamente dentro de la casa. Hicieron, pues precisamente se dirigían para acá.

—Damián, necesito que vengas urgente para la casa con todos los hombres en este instante —llamé a mi esposo, aterrada—. ¡Entren todos, Damián, todos!

—¿Qué es lo que pasa, Lucy? —inquirió, preocupado.

—Amor, no me preguntes y corre hacia adentro —le pedí, alarmada—. ¡Apúrense, Dami, vengan! Estoy bajando todas las paredes protectoras. Lleguen antes o no podré abrirlas. ¡Avancen, Damián, avancen, y entren todos!

Por suerte todos me obedecieron y corrieron hacia el interior de la casa. Apretaba a toda velocidad todos los mandos de las ventanas que protegían la casa. Todos los hombres entraron justo a tiempo y vinieron hacia mi despacho de mando.

—Ya llegamos. ¿Qué es lo que pasa, amor? —cuestionó Damián—. ¿Y esa cara de susto, Lucy? ¿Por qué convertiste la casa en un búnker?

—Mira lo que acabo de descubrir en las instalaciones inferiores —le mostré las imágenes en todas las pantallas—. ¡Tenemos que bajar a los refugios ahora mismo!

—¡Llama a Minetti, llámalo! —pidió Damián, igualmente alarmado—. Manda a los pilotos a levantar el vuelo.

—¡Esperen! Que no cunda el pánico. ¿Qué cosa es? —exclamó Franco, adelantándose y abriendo los ojos ante lo que veía en las pantallas de las cámaras de seguridad.

Se hizo un gran silencio al ver lo que teníamos debajo de nuestros pies. Luego Franco se giró lentamente hacia el Lobo, que le sostuvo la mirada sin entender. Y, para mi sorpresa, le apuntó con un arma mientras le mostraba lo que habíamos descubierto.

—¿Estás seguro de que no sabes nada de eso, Lobo? —inquirió Franco, con el arma en alto.

Le envié de inmediato todas las imágenes a Alessandro. Solo él en ese momento podía tomar la decisión de lo que debíamos hacer. A continuación, lo llamé.

—¿Dime, Lucy? —respondió de inmediato.

—Mira lo que te mandé y decide qué debemos hacer —le dije, mientras miraba a Franco apuntando al Lobo—. Dime qué hacemos.