¡Ups, me equivoqué papá, me equivoqué! (SERIE ¡UPS! nº 3) 194 . LA LLAMADA DE AVISO
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194 . LA LLAMADA DE AVISO

EL LOBO:

Iba con Franco, Grigory y la escolta en un auto rumbo a la casa de Minetti. Al escuchar sonar mi teléfono, pensé que eran los míos. Lo levanté para escuchar la voz de una mujer.

—¿Es el señor Faddei Volkov, el Lobo? —inquirió en voz baja.

—Él mismo. ¿Quién habla? ¿Cómo sabes mi teléfono? —cuestioné, volviendo a mirar el número en la pantalla.

—Usted no me conoce, pero estoy de su parte —siguió diciendo la voz aguda y suave de una chica—. Su escolta son unos renegados al servicio de Oleck Rostall. Lo van a matar junto con los Minetti y toda su familia. Lo están esperando en la entrada de la casa.

—¿Quién habla? —insistí, molesto.

—Eso no tiene importancia —no me contestó, y agregó—. ¿Puedo pedirle un favor?

—Dilo, pero me reservo el derecho de otorgarlo o no. ¿Qué quieres? —indagué, sin saber qué creer.

Ya me parecía demasiado sospechoso que mi guardia me hubiera abandonado y que estuviera frente a la casa de Minetti. No sabía quién podría ser esa chica, pero no dejaba de ser inquietante. Puse atención a lo que iba a pedir y, para mi asombro, quería que le diera un recado a Francesco Rinaldi.

—¿Francesco Rinaldi? Va aquí conmigo, dáselo tú misma —Toqué a Franco por el hombro y le entregué el teléfono con el altavoz accionado para escuchar.

—Tío, soy yo, Alessia —se escuchó la voz de la joven, emocionada.

—¡Alessia, hija! ¿Dónde estás para ir por ti ahora mismo? ¡No soy tu tío, soy tu papá, hija, tu papá! —reaccionó de inmediato Franco—. ¿Dónde estás?

—¿En serio ya lo sabes? ¿No te engañó Katrina? —murmuró ella, emocionada.

—Sí, lo sé. Después hablamos. ¿Dónde estás para ir por ti ahora mismo? —insistió Franco.

Todos pusimos atención al escucharla. Pero la chica no sabía dónde estaba. Se oyó un ruido y se hizo un silencio incómodo. Cuando la volvimos a escuchar, hablaba muy bajo.

—Te volveré a llamar, papá, cuando sepa. Te lo juro —dijo, en un susurro—. Dile a Kenet Minetti que se cuide mucho, van a explotar su casa.

—¿Qué quieres decir con eso? ¡No cuelgues, hija! ¡Alessia…, Alessia…! —Le pidió Franco.

Franco se quedó mirando el teléfono en su mano, luego se giró hacia mí.

Mandé al chofer a detenerse. Llamé a mi gente, pero nadie me tomó la llamada.

No sabía qué pensar. Algo pasaba con ellos, pero me resistía a creer que fueran unos desleales.

A mi mente vino todo lo sucedido desde que el Capo Mayor me pidió que viniera.

Para empezar, cuando llegué al avión que debía traerme, no estaban los hombres que acostumbraba a traer conmigo.

Me dijeron que habían ido a realizar una misión que les habían mandado y los dejaron a ellos.

—¿Qué es, papá? —inquirió mi hijo Grigory.

—¿Conoces a esa chica que llamó, Franco? —pregunté, sin responderle a mi hijo, al que miré de manera desconfiada.

—Es mi hija menor desaparecida —contestó Franco, también pensativo—. ¿Por qué? ¿Qué te dijo?

—Que mi escolta me estaba esperando en la entrada de la casa de Minetti para matarme —le respondí con la verdad—. ¿Le crees?

Franco no replicó. Sacó su teléfono y llamó a su esposa Annette, quien le confirmó que era verdad, que todos los rusos estaban en la entrada esperando que Lucila los dejara pasar, pero que no les abría.

—Ponme con ella, Annette —pidió Franco de inmediato. Escuchamos cómo Annette la llamaba y le entregaba el teléfono.

—¿Dígame, señor Franco? ¿En qué puedo ayudarle? —preguntó Lucila.

—No les vaya a abrir a los hombres del Lobo —dijo de inmediato.

—De acuerdo. ¿Algo más? —aclaró ella, sin emitir juicio alguno.

—¿Existe una manera de rastrear un número de teléfono? —indagó Franco.

Lucila, sin dudarlo, le pidió el número.

Franco se lo dictó, con evidente preocupación.

A continuación, le pidió que indicara un lugar por el cual podríamos entrar a la propiedad sin pasar por la puerta principal.

Estábamos cerca y queríamos hacerlo sin ser detectados, para que después dejara entrar a los rusos y así atraparlos a todos.

—Mi gente dice que solo se puede por el aire, porque todas las puertas están cerradas —explicó Franco.

Se produjo un silencio que parecía alargarse más allá de lo tolerable, mientras todos escuchábamos el apremiante sonido de los dedos de Lucila al teclear.

Finalmente, suspiró al otro lado de la línea y nos indicó que no avanzáramos.

Enviaría un helicóptero para recogernos.

Nos advirtió, además, que había muchos enemigos rodeando la casa, ocultos en los arbustos y las sombras.

Nos detuvimos al escuchar la advertencia y descendimos del vehículo junto a los hombres. La luna llena iluminaba con timidez nuestros rostros, pero en las esquinas el bosque nos recordaba que no éramos más que presas en un campo abierto.

Caminé detrás de mi hijo Grigory. Lo veía inquieto, incómodo, y mi pecho se encogía con cada movimiento de su cuerpo.

Nada tenía sentido, nada encajaba. ¿Cómo era posible estar rodeado de tantos infiltrados sin haberlo advertido?

¿Y quién iba a creerme que yo no era uno de ellos?

Todo olía a una trampa perfectamente diseñada, y Minetti no era un tonto.

Si no lograba desarmarla, podía acabar bajo tierra antes de demostrar mi inocencia.

—¿Sabes algo de esto? —preguntó Franco, acercándose con pasos calculados.

—¡Te juro que no! —repliqué, y era la pura verdad lo que brotaba de mi garganta—.

Estoy tan asombrado como tú, Franco. Alguien quiere hacerme parecer un enemigo oculto para eliminarme.

Vine lo más rápido que pude cuando el Capo Mayor me llamó.

No pregunté mucho. Supuse que debía ejecutar la orden.

Ni siquiera cuestioné cuando llegué al aeropuerto y noté que mi escolta habitual no estaba.

Franco me observaba con el ceño fruncido. Lo sabía. Eran demasiadas casualidades, demasiados cabos sueltos para pasar desapercibidos. Y en nuestro mundo, la palabra "casualidad" solo era un eufemismo para algo que nunca existía.

—Pero esto… —dije, sacudiendo la cabeza con incredulidad—.

Esto, que ahora estén aquí frente a la casa del jefe, es una gran sorpresa para mí.

¡Yo le soy fiel a mi Capo! —grité, golpeándome el pecho con la mano abierta, como si aquel acto pudiera reafirmar mi lealtad—.

Daría mi vida por él, Franco, ¡lo sabes!

Franco me mantuvo la mirada en silencio durante unos segundos que parecieron eternos. Finalmente, inclinó la cabeza, concediéndome el beneficio de la duda, aunque sin renunciar a esa mueca de recelo.

—Te creo. Nadie te está acusando, pero entiendes que esta situación es delicada. Minetti confía en ti, y si él lo hace, yo también —admitió al fin, para mi alivio—. Pero ahora dime cómo vamos a solucionar esto. ¿De quién sospechas?

¿Qué podía decir? Me quedé en silencio, pasando los nombres por mi cabeza como cuentas de un rosario ennegrecido. Pero ninguno calzaba perfectamente en el cuadro que se formaba frente a mis ojos. Sin embargo, algo me quemaba por dentro que no podía ignorar.

Me giré, buscando con la mirada a mi hijo Grigory, que hasta ese momento se había mantenido en silencio, observando de lejos.

Finalmente lo encontré. Estaba de pie junto a uno de los hombres, sosteniendo mi mirada en una postura demasiado tensa, claramente evasiva.

¿O eran mis propios nervios los que le daban aquella aura sospechosa?