193 . EN CASA DE LOS MINETTI
FILOMENA:
Habíamos sido trasladados a la residencia de los Minetti. Los enemigos hicieron el intento de introducirse en ella, solo para explotar, o ser recibidos a tiros por las ametralladoras distribuidas por toda la propiedad. Mi madre Annette observaba a su alrededor, realmente sorprendida y admirada.
—Sí que es linda Alessia con su pelo rojo, ¿verdad, mamá? —dije, detenida frente a una foto de ella.
—Sí que lo es. En esa foto sí se ve la gran diferencia —opinó mi madre, mirando la enorme foto de Alessia en el centro de la pared—. ¿Cómo pudimos pensar que era tu hermana? No se parecen en nada.
—Hablando de la que dice que es mi hermana, mamá —me giré para verla—. ¿Cómo estará ella sola en el hospital?
—No está sola, tu papá está con ella —aclaró Annette.
—Oye, Ray dice que no se parece a la verdadera hermana mía, que no cree que sea ella —le dije, en voz baja—. ¿Y si le ponen nuestra cara y al final resulta que no es nada de nosotros?
Mi madre se quedó en silencio. Luego giró hacia la foto de Alessia, pensativa. Negó con la cabeza, diciendo que no creía que eso sucediera. Papá le había mandado a hacer una prueba de paternidad. Ya los resultados debían haber salido. Si salía negativo, no la iban a operar.
—Ya veo —dije, y salté sobresaltada ante unos ruidos—. ¿Qué fue eso?
—Son tiros y explosiones —dijo Bosco, entrando. Se había quedado afuera con Ray, observando el territorio—. Nos están atacando.
—¿Atacando? —inquirió mi madre.
Bosco asintió y vino hacia mí, abrazándome con cariño, diciéndome que no debía asustarme porque la casa de los Minetti parecía un fuerte.
—Vengan a ver cómo levantaron unas ametralladoras del piso y no dejaron entrar a nadie —tiró de mí por una mano hacia el exterior—. Y hay muchos aparatos volando por todas partes.
—¿En serio? —cuestioné, llena de curiosidad.
Todos salimos a un balcón y vimos a dos chicos que supimos después eran los primos de Alessia.
Se llamaban Laurent y Lucien. Ambos tenían unos mandos en sus manos y reían mientras disparaban a todo el que lograba pasar el campo minado.
Tal parecía que estaban jugando un videojuego, como algo que acostumbraban a hacer todos los días.
Los contemplaba con incredulidad mientras disparaban a personas como si se tratara de muñecos, hablando con mucha naturalidad del hecho.
En eso vimos a Damián, que entraba y los regañó.
—¡Les dije que no mataran a nadie, los queremos vivos! —Los chicos saltaron, estremecidos—. Solo atrápenlos con las mallas.
—Papá, solo necesitas a uno o dos, son muchos los traidores —protestó Laurent.
—No los maten o no vamos a poder escapar de la policía —les recordó el padre.
—Papá, que siempre lo hacemos —dijeron ellos al mismo tiempo.
Damián los miró sin estar realmente molesto. Apreté la mano de Bosco, con el corazón acelerado. Nunca antes había visto algo como eso. Miré a mi madre, que parecía que no le afectaba, lo mismo que a mi primo Ray.
—Dejen eso, mejor si los atrapo personalmente —dijo Damián.
—¿Podemos ayudar? —indagó Ray—. Mi tía Annette es teniente del ejército, era del pelotón de su esposo Franco, y a mí me entrenó él.
—Está bien, vamos —dijo Damián, sin más.
—¿Y nosotros qué hacemos? —murmuró Bosco.
—Quédense cuidando la casa —dijo mi madre, mirándome con el ceño fruncido, visiblemente preocupada—. Mejor díganles a esos chicos que les enseñen a usar esos aparatos.
—De acuerdo —respondió Bosco, entusiasmado, tirando de mí.
Suspiré, siguiendo a todos. Si esa iba a ser mi vida a partir de ahora, debía aprender. Damián se alejó, conversando con los demás.
—Me preocupa esta situación. Primero, no ha venido un solo dragón de los que se supone avisamos —lo escuché decir—. Solo los rusos que vinieron con el Lobo se aparecieron en la puerta, diciendo que los había mandado a ayudar.
—¿Y dónde están? —exclamó Ray.
—Detenidos en la puerta. Mi esposa Lucy no los dejó entrar, no les abrió por mucho que le dijera que necesitamos hombres —protestaba, mientras se detenían a mirar la situación por las pantallas de vigilancia—.
Solo tenemos la seguridad de la casa, muy pocos para lo que está sucediendo.
Esa esposa mía, cuando le da por no obedecer, me saca de mis casillas.
Miró a lo lejos, hacia el portón donde estaban todos apostados, esperando que les abrieran. Las rejas de entrada eran en verdad muy altas, y no solo estaban custodiadas por guardias, sino por drones con ametralladoras. Me sentía como si estuviéramos dentro de una película de ciencia ficción.
—Y para colmo, no he podido contactar con Minetti —Damián resopló, furioso.
—¿Por qué no los dejan entrar? —inquirió Ray.
—Mi mujer no los encuentra confiables —contestó Damián.
—¿Tu mujer es la que manda? —cuestionó Ray, burlonamente.
—Ray, no menosprecies a las mujeres —lo regañó mi madre, Annette.
Luego de hacer un rodeo por toda la cerca, atrapando o recogiendo a todos los que yacían en la misma, regresaron, desapareciéndolos a todos en el sótano. Mientras tanto, Lucila estaba hablando con los de la puerta, que la habían vuelto a llamar.
—Señora, esos rusos se están molestando porque dicen que los despreciamos. ¿Por qué no les abre? —indagó el guardia.
—No puedo. Ustedes no salgan de su cabina o los matarán, créanme —la escuché decir, y me estremecí—. Mi cuñado me dijo que no los dejara pasar. ¡No les abran la puerta!
—Pero, señora…
—¡Nada de peros! Saben muy bien que nunca me equivoco y que Alessandro tiene total confianza en Damián y en mí —aclaró ella, molesta—. No expondré la casa al peligro. No somos muchos. ¿Han llegado los demás dragones con el signo que te envié?
—Pues es raro, doña Lucy, no ha venido ninguno —respondió el guardia.
—¿Ninguno? —La vi guardar silencio, pensativa—. Sí, es muy raro.
—Ni uno solo ha venido, por eso le digo que deje entrar a los rusos —insistió el hombre—. Esto está feo. Siguen llegando enemigos.
—No ha venido ningún dragón, ¿eh? Ahí tienen la prueba. Algo raro está pasando para que no aparecieran —dijo ella, con firmeza—. No abran a nadie. No sabemos quiénes son esos rusos. El Lobo se mantiene con Alessandro. ¿Qué hacen ellos solos aquí, en vez de estar cuidando a su jefe?
—Tiene razón, doña Lucy —aceptó el hombre—. Descuide, no le abriremos a nadie.
Desde donde estaba, observaba a todos con admiración e incredulidad. La determinación y frialdad con que Lucila dirigía todo me hacía sentir que su vida siempre había sido así dentro de la mafia. Por eso no se asustaba y funcionaba como mi padre. En verdad, la vida en la mafia era aterradora.
Salté, aterrada, al escuchar un gran estruendo. Nos giramos hacia las cámaras para ver qué había sucedido, solo para ver cómo una de las camionetas llena de hombres armados que esperaban afuera aceleraba, dejando una línea de humo entre sus ruedas, amenazante.
—¡Maldición! —gritó Damián, corriendo hacia la consola de seguridad—. ¡Apunten a las ruedas! ¡No los dejen chocar contra la reja!