192 . EN EL HOSPITAL
ALESSANDRO:
Mi mano, que había sostenido hasta entonces el celular con serenidad, se tensó.
Sentí un calor trepándome por la nuca, un calor que nada tenía que ver con el sol que todavía caía tibio sobre el asfalto.
Cerré los ojos y pasé una mano por mi frente.
Me estaban atacando por todos los frentes y, aunque estaba preparado, me habían sorprendido.
Había confiado en que Damián y Lucila mantuvieran mi casa segura, y ahora había problemas que ellos no podían solucionar.
—No es eso, Ale —se apresuró a aclarar Lucy—. Toda la escolta rusa que trajo el Lobo vino sola y no los he dejado entrar. ¿Qué opinas? Están furiosos allá afuera, diciendo que los mandaron a ayudar.
—¿Se aparecieron en la casa sin el Lobo? —pregunté, con recelo.
—Sí, desde que ustedes estaban apagando el refugio —respondió mi cuñada.
—¡No los dejes entrar por ningún motivo! ¿Capisci? ¡No me importa si son su escolta, ya sabes mi ley, solo entra el que sabemos hasta de qué lado duerme! —ordené, con firmeza—. Que esperen al Lobo afuera, ya va para allá. Aun así, ¡no los dejes entrar a ellos!
—De acuerdo, Ale —respondió Lucy, aliviada—. ¿Alessia está bien?
—Solo tiene una herida aparatosa en la cabeza —contesté de inmediato—. Rufo dice que no es serio, no se le partió el hueso. La están operando ahora.
—¡Qué bueno, Ale! —exclamó, feliz por su sobrina—. Ya subí todo a internet. Puse que había sido una explosión de los tanques de combustible, que toda la familia está bien.
—Gracias, Lucy, y sigue protegiendo la casa —ordené, sintiendo un gran alivio al saber que ese frente estaba seguro.
Mientras caminaba hacia el hospital, todavía sonreía pensando en Gianpiero. En cuanto regresara, arreglaría ese asunto. No podía perder un yerno como ese. Al llegar a la habitación, vi que Alessia estaba dormida, por lo que me quedé afuera analizando la situación.
ALESSIA:
Cuando me desperté, me di cuenta de que estaba en el hospital. A mi lado, mi madre dormía, y más allá, mi hermano. Giré la cabeza buscando a Gian. ¿Estaría soñando? Me dolía terriblemente, así que me moví al tiempo que me la palpaba. Estaba vendada. Mamá me sintió y se despertó.
—¿Estás bien, Ale? ¿Te duele mucho? —preguntó con los ojos rojos de llorar.
—Un poco, ¿puedes darme algo para el dolor? —inquirí, a mi vez.
—No, querida, no puedes tomar nada por ahora. Es un gran golpe en tu cabeza. Aunque todas las pruebas dieron bien, hay que esperar setenta y dos horas —me explicaba, mientras me acariciaba la mano con cariño—. Te tuvimos que poner sangre, perdiste mucha. ¿Quieres ir al baño?
—Sí, ¿me ayudas? —dije, con un suspiro—. ¿Puedo bañarme?
—Sí, te traje ropa —respondió mamá, poniéndose de pie—. Kenet, ven a ayudar a tu hermana. Por suerte, aunque la herida fue aparatosa, no te hizo daño cerebral. Solo fue en la piel, no se te partió el hueso.
—¡Ale, al fin despertaste! —mi hermano se despertó, alarmado—. No dejas de darme sustos estos días.
Kenet vino corriendo a abrazarme. Pude ver en su expresión cuánto había temido perderme.
—¡Suéltame, que me estoy orinando! —le dije, pero lo abracé feliz también. Adoraba a mi hermano—. Estoy bien, dale, ayúdame a ir al baño. ¿Y papá, dónde está?
—Está allá afuera, ahora le voy a avisar en lo que te bañas —contestó mi hermano, sonriente—. A ver si dejas de darme sustos. ¿Qué hacías en la pista de carreras sin mí? Me debes una motocicleta.
Lo miré mientras me ayudaba a sentarme con suavidad.
Estaba un poco mareada y me quedé abrazada a él un rato más antes de decidirme a ponerme de pie.
Quería cargarme, pero mamá no lo dejó. Dijo que tenía que moverme despacio por mí misma.
Aunque mi hermano hizo oídos sordos, me cargó en peso y me llevó despacio rumbo al baño.
—¿Qué pasó con las motocicletas? —musité, mientras me bajaba suavemente sin soltarme.
—Las explotaron junto con la casa —contestó, como siempre—. Debiste dejarlas fuera de la casa.
—¿Tía y Matías están bien? —cuestioné, sabiendo que lo que decía era para distraerme de lo sucedido.
—Sí —intervino mamá, junto a mí en el baño—. Ven, deja que te ayude. Kenet, ve por tu padre.
Mi hermano salió del baño antes de que mi mamá me desvistiera.
El agua de la ducha estaba tibia, fue agradable el contacto con mi piel.
Mi madre me sostenía por el brazo con cuidado, con una delicadeza que me conmovió.
La abracé sin importarme que estaba mojada.
En verdad había extrañado demasiado a mi madre.
—Gracias, mamá —susurré, soltándola—. Estoy bien, deja de estar asustada.
—Gracias a Dios que estás bien, Alessia, me vas a matar del susto —dijo, mientras me envolvía la cabeza con una toalla—. No puede mojarse.
—¿Papá no está molesto? —musité, casi en un murmullo.
—Estaba tan asustado como yo —dijo ella, mientras pasaba el jabón por mi cuerpo como si fuera su niña pequeña—. Espero que no vuelva a meterte en esas misiones peligrosas.
—Mamá... —la llamé, en voz baja. Levanté mi rostro a pesar del dolor en mi cuello y la miré directamente a los ojos—. ¿Tú lo viste? ¿Está bien?
Mamá no contestó. Su mirada se desvió hacia la puerta del baño. Sabía que mi hermano había ido por mi padre. No insistí, sabía que debía tener paciencia. Quería salir corriendo a buscar a Gian, asegurarme de que no había sido una alucinación. Pero apenas podía mantenerme en pie.
El sonido de pasos apresurados y las voces nos dijeron que mi hermano había llegado con mi padre. Me apresuré a terminar el baño, deseaba mucho verlo. Al salir me estaba esperando con los brazos abiertos. Me dejé atrapar, feliz, mientras me llenaba de besos.
—Lo hiciste bien, linda, muy bien —repitió una y otra vez.
—¿No estás molesto? —inquirí, sin soltarme.
—No, nada de eso. Todo era parte del plan —contestó, inclinándose para tomarme en sus brazos mientras mi mamá llevaba el suero—. Ven, acuéstate, debes descansar. Rufo dice que no es nada serio, pero debes guardar reposo porque perdiste mucha sangre.
—Gracias, papá. Sí, estoy algo mareada —estuve de acuerdo, pero seguí aferrada a él. A pesar de que me había acostado, no se apartó—. ¿Cómo me encontraste?
—Por la señal del dispositivo que me mandaste.
Ahora no puedo conversar mucho, debo ir a seguir resolviendo todos los problemas que tengo.
Quédate con tu madre, descansa, que cuando todo esté listo te llevaré para la casa —me volvió a besar y se giró hacia mamá—.
Lily, no se muevan de esta habitación a no ser que mande por ustedes.
Dejé unos hombres allá afuera para que los cuiden, y ya sabes, a esta área no entra nadie.
—Está bien, Ale, vete y cuídate mucho, yo la cuido —respondió mamá.
—Papá… —lo llamé. Quería preguntarle por Grigory, o Gianpiero. Ya no sabía quién de los dos era, pero por su mirada supe que no era el momento—. Cuídate.
Papá regresó a mi lado y me abrazó un largo rato. Luego besó mi frente con cariño, diciendo que todo estaba bien. Por un momento pensé ver en su mirada que sabía lo que quería preguntar, pero solo fue un instante. ¿Qué había sucedido con Gian?